martes, 28 de abril de 2020

#19 Giotto: Capilla de los Scrovegni

«Lamentación por el Cristo muerto»
200 cm x 185 cm
Capilla de los Scrovegni, Padua
[Dominio público] vía Wikimedia Commons



Ubicación: Padua (Véneto, Italia)
Fecha: 1303-1305
Estilo: Arte gótico


El iniciador de la pintura moderna


En este repaso de la historia de la pintura, empiezo ya con obras más conocidas, y con el que puede considerarse el primero de los grandes maestros.

La imagen que encabeza este artículo es una de las diferentes escenas que cubren toda la capilla de los Scrovegni, en Padua. Es una capillita de un palacio que ya no existe. Para darle tronío, Enrico Scrovegni, un banquero con posibles de principios del siglo XIV, llamó al que era el mejor artista de su tiempo, el florentino Giotto di Bondone (h. 1266-1337), quien además de en la Toscana había trabajado en Roma, Asís, e igualmente San Antonio de Padua; más tarde iría también a Nápoles, en fin, viajero como era propio de un artista de la época, que uno va donde encuentra trabajo.

Allá que se fue Giotto con su taller, o sea, no penséis que él solo cubría de frescos las paredes, no; esto es obra colectiva. Lo normal es que el maestro del taller se reservara, además del diseño general, las partes más delicadas como las caras o las manos. Eso no quita un ápice de personalidad y originalidad a la obra.

Si nos fijamos en esta escena, podemos ver muchos méritos por lo que Giotto ha pasado a la historia. Vemos tratado un tema habitual en el arte religioso: el lamento por el Cristo muerto. Se trata del momento en que José de Arimatea, junto a Nicodemo, y después de haber pedido permiso a los romanos, desciende el cadáver de Jesucristo de la cruz. Con el muerto allí, todos sus conocidos se lamentan: tenemos a la Virgen, María Magdalena, el apóstol Juan…

Lo que más llama la atención es la expresividad de los personajes. Se ve cómo están tristes, o en shock, o airados y cabreados por esa muerte. Y eso tanto la gente que rodea el cadáver –ese Juan con los brazos abiertos–, como los ángeles del cielo, con gestos diferentes de tristeza o desesperación.
 
Detalle de un ángel desesperado
Esa expresividad es algo propio del arte gótico. El románico era más hierático, expresaba menos los sentimientos. Seguí el modelo de la pintura potente de la época, que era la del imperio, o sea, el bizantino. Creaba imágenes majestuosas, pero contenidas, serenas, sin relacionarse amorosamente la Virgen con el niño, examinan impávidos al espectador. Tu típico pantocrátor románico es así.

Hay más diferencias frente a esas imágenes bizantinas, y es el fondo. Hasta entonces, se usaban fondos monocromos. Aquí Giotto hace una cosa maravillosa y es que pinta un fondo, crea un mundo más allá de las figuras: casas y paisajes, en vez de dorado. Si nos fijamos bien en la imagen, Jesucristo muerto está en primer plano y lo rodean personajes, y luego detrás pone una ladera como de montaña, con un árbol, y en el fondo, esa forma de estar dividido el azul del cielo acaba pareciendo al perfil de otras montañas. Con ello se da sensación de profundidad, y de que la naturaleza está allí.

Este amor por la naturaleza enlaza con la sensibilidad franciscana de la época, ese amor a los animalitos y al paisaje como una obra más del Creador. Me recuerda la anécdota de cómo fue descubierto Giotto. Se cuenta que su maestro Cimabué lo conoció como niño pastor en plena naturaleza, dibujando sobre el suelo. Puedo imaginar al crío Giotto, durante años a la intemperie, mirando la naturaleza, las hierbas, los árboles… Y creyó que todo ese mundo que lo rodeaba merecía estar reflejado en su obra.

Lo vemos con nuestros ojos modernos y no nos parece tan realista. Pero para aquella época era algo absolutamente novedoso. Cuando Vasari escribió sus Vidas de artistas, en que aplaudía la forma en que los florentinos pretendieron recuperar el pasado clásico (abominando del gótico, que él veía como algo bárbaro), de los primeros que menciona es a Giotto, de quien dice:

Después de haber estado la norma y el dibujo de la buena pintura tantos años enterrados debido a los desastres de la guerra, él solo, aunque formado entre artistas ineptos, resucitó con don celestial lo que se había extraviado y lo condujo a lo que consideramos la buena forma.

Es obvio que Vasari lo situaba ya en el primer renacimiento, por eso no os extrañe verlo así en más de un libro de Historia del Arte. Por cierto que se cree que Vasari no llegó a ver esta capilla de los Scrovegni, que hoy en día se considera obra maestra de Giotto, puesto que solo la menciona de pasada: «llegó a hacer también en la iglesia de la Arena una Gloria Mundana, que le dio gran fama».

A la capilla de los Scrovegni se le llamaba de la Arena porque se construyó donde originariamente hubo una arena romana. Giotto cubrió paredes y techos con escenas de la Vida de la Virgen y otras de la Vida de Jesucristo, un Juicio Final y hasta una serie de alegorías sobre el Vicio y la Virtud, en grisalla monocroma. Todo ello seguía un serio programa teológico, al parecer de inspiración agustiniana. Merece la pena echarle una ojeada a esta cucada de capilla.
 
Capilla fotografiada por © José Luiz Bernardes Ribeiro (2016)
CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

A pesar de hay quien considera a Giotto como el primer renacentista, lo cierto es que habitualmente se le incluye dentro de una fase de la pintura gótica, en concreto el «estilo italo-gótico» que se desarrolló en los siglos XIII y XIV (Ducento y Trecento).

En ese momento los pintores italianos realizaron grandísimos avances frente al arte bizantino, que ya digo que era el arte fetén desde hacía siglos, con hallazgos que fueron desarrollándose y difundiéndose por toda Europa: 

* la perspectiva y sensación de profundidad, 
* la expresión de los sentimientos a través de gestos o actitudes de los personajes,
* la representación más realista del cuerpo humano, de los edificios o de los paisajes
* las luces y las sombras, junto al colorido más amplio.

Y aunque el primer pintor diferente, original, fue este florentino Giotto, también ha de mencionarse a su maestro, Cimabue, y a Cavallini. Ya iremos viendo otros autores y otros lugares (Siena, Roma, Venecia, Padua, Ferrara…) donde vieron la luz tantísimas obras que están en nuestros libros de arte. Y de las que solo puedo traer aquí una minoría.

Giotto se me antoja una rara avis, parece que muchas cosas se crearon con él y no tuvieron una continuidad inmediata. Su sensibilidad me parece que enlaza más con los pintores de dos generaciones posteriores –ya renacentistas– que la inmediata en la que seguimos viendo esos fondos dorados tan bizantinos.

Si vais de viaje a Italia, hay destinos que parecen inevitables: Florencia, Roma y Venecia. Pero hay muchísimos otros sitios alucinantes, como Padua, Ferrara, Nápoles o Palermo. También te los vas a encontrar llenos de turistas, claro, pero seguramente no tantos por metro cuadrado como los Museos Vaticanos, por poner un ejemplo.

Para saber más, tenéis el artículo de la Wikipedia sobre esta Lamentación en concreto y sobre la Capilla de los Scrovegni, en general.

Os pongo otras poquitas imágenes archiconocidas de esta capilla:

La huida a Egipto


La matanza de los inocentes
(c) José Luiz Bernardes Ribeiro
El beso de Judas


       Pero vamos, que de un gran maestro como Giotto existen numerosas obras muy conocidas. Por no abrumaros y que esto no se me haga interminable, incluiré solo tres más. 
La donación de la capa, 1297-1299
Fresco, 270 x 230 cm
Iglesia superior, basílica de San Francisco, Asís
San Francisco recibiendo los estigmas, h. 1297-1299
Temple y oro sobre madera de álamo, 313 x 163 cm
Museo del Louvre, París

La madona de Ognissanti, h. 1310
Temple sobre madera, 325 x 204 cm
Galería de los Uffizi, Florencia

        

Por cierto, que la obra de Vasari es siempre interesante de ver. La versión que yo tengo es la antología de Tecnos / Alianza, en reimpresión de 2006. La traducción, estudio, selección y traducción la hicieron María-Teresa Méndez Baiges y Juan-María Montijano García.

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