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domingo, 27 de septiembre de 2026

#51 Fanny y Alexander

 



Fanny och Alexander

Año: 1982

País: Suecia

Dirección: Ingmar Bergman

Música: Daniel Bell

 

Aquí mi familia, aquí mis obsesiones

 

«Más que una obra maestra, una obra de arte» (Juan Miguel Lamed dixit).

Ya he comentado aquí que Ingmar Bergman es uno de mis directores de cine favoritos ever. Algunas de sus películas, las que sonaban más rompedoras (Persona, por ejemplo), creo que no han envejecido tan bien como otras más sinceras y personales, en las que trata sus obsesiones, que son las de muchos humanos, como El séptimo sello o Fresas salvajes, de las que ya he hablado aquí.

O la que os traigo hoy, su última obra para la gran pantalla, Fanny y Alexander. Aparecen muchas de sus obsesiones personales, basándose en algunos elementos autobiográficos, como el teatro, la religión, la infancia, las familias o las relaciones hombre-mujer.

La puedes ver en dos formatos, el largo de serie televisiva, que son más de cinco horas, o el «corto», largometraje de, ejem, tres horas. Para mí sería la más asequible, pese a su longitud, para quien no conozca la obra de Bergman.

Uppsala 1907. Los protagonistas pertenecen a una familia de clase alta de la Suecia eduardiana —en el contexto sueco, «oscariana» por el rey Óscar. Se dedican al teatro. La primera mitad es un desfile por la opulencia, los colores intensos, los ropajes vistosos, una casa llena de cosas, muy victoriana, cortinajes, decorados. A los Ekdahl los preside la matriarca, Helena; esta señora tiene su mejor amigo en un amante judío, el también acomodado Isak Jacobi (el inmenso Erland Josephson). De los tres hijos de esta señora, uno se dedica a la restauración, otro al teatro y el tercero, casado con una alemana, es profesor.

Los protagonistas del título son los hijos de Oscar, el que se dedica al teatro, siendo un mal actor. Su madre, como su abuela, parece que fueron actrices. Así que tenemos una familia con dinero, pero también con inquietudes cosmopolitas y culturetas. Simbolizarían la alegría, los placeres de la vida, y cierto sincretismo cultural. Celebran la Navidad, sí, pero junto al árbol y los belenes encienden menorás o sobresalen las esculturas clásicas grecolatinas. La parte del banquete navideño a mí me recordó a otras comilonas cinematográficas, como El festín de Babette, La edad de la inocencia o Como agua para chocolate.

Cuando el padre de Fanny y Alexander muere, la madre se casa con un obispo luterano. Aquí la película cambia convirtiéndose casi en una de terror psicológico. Los niños se ven arrojados a un entorno frío, austero, todo gris, azulado, negro, que contrasta con los tonos claros y vivos de la existencia con los Ekdahl. Es como si entrasen en la versión malévola de un cuadro de Hammershøi.

En esta película hay elementos diferentes, desde el teatro como pequeño mundo que nos enseña a entender las cosas del gran mundo, hasta la saga familiar, con sus alegrías y sus penas, y los elementos paranormales como esas cosas que Alexander ve, o que se imagina, hasta el punto de acabar siendo un poquito aterrador.

Desde el punto de vista formal, echaron la casa por la ventana: en el vestuario, la puesta en escena, y desde luego visualmente, con esa fotografía increíble de uno de los grandes, Sven Nykvist.

Los temas que trata son tantos, que con cada visionado te vas fijando en cosas diferentes. Al principio, puedes quedarte con el drama familiar, de unos niños que, habiendo crecido queridos y rodeados de comodidades, se encuentran de repente aislados en un mundo extraño y terrorífico donde son maltratados. Luego, puedes sentir más la obsesión con la religión, contrastando la rigidez luterana de un protestantismo llevado al extremo con una religiosidad cristiana más relajada, que admite presencia de otros, como el judaísmo.

Esta última vez que la he visto me ha resultado más desagradable la violencia contra los niños, sobre todo contra Alexander. Tanto físico como psicológico, con todos inquietantes de algunos personajes que piensas que puede haber incluso algo sexual, como el castigo que el obispo impone a Alexander, o ese personaje andrógino (de hecho, un varón interpretado por una mujer) que desnuda a Alexander en mitad de la noche para hacer realidad su perverso deseo de muerte del obispo. Como curiosidad, aparte de un personaje masculino (Ismael) interpretado por una actriz se da lo contrario, un personaje femenino (la enferma de la casa del obispo) que interpreta un actor.

Luego está la presencia de las mujeres como centro poderoso, espina dorsal y refugio. Al final, ellos son más frágiles, más débiles, mientras las mujeres demuestran entereza, como la propia Fanny, que es en más de una ocasión, más valiente y firme que su hermano Alexander.

Fue la última película para el cine del gran maestro sueco. Así que le llovieron premios por todas partes. Voy a resumir un poco los principales. En los Oscar ganó en las categorías de Mejor película internacional, mejor fotografía (Sven Nykvist), mejor diseño de producción (Anna Asp, Susanne Lingheim) y mejor vestuario (Marik Vos-Lundh). Ya os digo que es muy merecido, es impecable y deslumbrante en todos estos aspectos. Ganó el Globo de Oro a la mejor película extranjera. En los BAFTA, mejor fotografía (Sven Nykvist). En los César, mejor film extranjero. En el Festival de Venecia 1983, el FIPRESCI - Jurado de la Crítica Internacional. El Círculo de Críticos de Nueva York premiaron la dirección y la consideraron mejor película extranjera. La Asociación de Críticos Norteamericanos también la escogieron como mejor película de habla no inglesa. La Asociación de Críticos de Los Ángeles premió (otro premio más) la fotografía de Sven Nykvist y la consideraron como mejor película extranjera. Ganó en tres categorías de los premios de la Academia de cine sueca, que se llaman Guldbagge (que yo desconocía que existieran, fíjate tú): película, director (Ingmar Bergman) y actor (Jarl Kulle). Este último interpretaba a uno de los tíos de los protagonistas, el que tiene un restaurante, y es un vivalavirgen que se acuesta con toda mujer que puede, ante la paciencia de su mujer Alma, que no hace drama de ello, pero sí se preocupa de que las consecuencias de estos líos no queden desamparados. 

Como curiosidad, el chaval que interpreta a Alexander, Bertil Guve, se llama en realidad José Bertil González Guve, nació en Madrid y es hijo de español y sueca. Sólo trabajó en un par de películas más, luego estudió ingeniería y trabaja de eso, o sea, dedicado a la ingeniería civil y no a la actuación. 

Es una película que se visionó y comentó en «¡Qué grande es el cine!», lo puedes ver tanto en You Tube como en RTVE Play. Aquí, enlace a RTVE Play.

Podéis leer más en la Wikipedia, Film Affinity, o la Internet Movie Data Base.

Tiene un making of que podéis ver en You Tube, VOSE.


domingo, 19 de abril de 2026

#72 Ser o no ser

 



To be or not to be

Año: 1942

País: Estados Unidos

Dirección: Ernst Lubitsch

Música: Werner R. Heymann

 

Comedia como arma de resistencia

 

Esto de la comedia como arma de resistencia, en relación con esta película, se lo escuché a Miguel Marías en «¡Qué grande es el cine!». El momento en que se hizo esta película es el más negro de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas nazis parecían invencibles. No se sabía qué iba a pasar, EE. UU. aún no había entrado en la contienda. Y sin embargo, Lubitsch saca «esto».

Hoy os traigo una obra maestra del cine, mezcla de géneros. Es una comedia, sí, pero también película de espías, de acción, al tiempo que habla del teatro y de un mundo en guerra, con la resistencia y la ocupación, con sus valientes y sus traidores. La he visto calificada como comedia negra, y también como comedia mórbida.

Es una obra muy de su momento que, sin embargo, más de setenta años después, sigue fresca, inteligente. Te puede decir muchas cosas si sabes leer entre líneas.

Se ambienta en Polonia. Empieza un mes antes de que Hitler la invada. Una compañía de teatro va a hacer una representación sobre la Gestapo, que el gobierno decide prohibir, no se vaya a molestar Hitler; a lo cual el actor principal, Joseph Tura (Jack Benny), le dice Bien, eso no estaría tan mal. O sea, ¿Que se ofende un dictador que nos insulta y está arrasando Europa? ¿Qué problema hay?

(Pocas cosas suenan más modernas en la actualidad).

La sra. Tura (una luminosa Carole Lombard), que es la verdadera estrella de la compañía, se siente digamos muy impresionada por cierto joven aviador, el teniente Stanislav Sobinski (Robert Stack). Estalla la guerra, los nazis ocupan el país, y Sobinski se marcha a Inglaterra, para formar parte del escuadrón polaco de la R.A.F. En un país ocupado, hay resistencia, y traidores, y Sobinski vuelve a Varsovia con una misión.

Está la parte de alta comedia, del tonteo de la sra. Tura y el jovencito aviador.

Pero también la de espionaje y acción. La mera sospecha de que alguien puede ser un traidor determina, por el bien de la resistencia, que deba ser eliminado. La infiltración tras las líneas enemigas, la persecución, el tiroteo…Todo eso lo rueda Lubitsch con total seriedad y frialdad, como cualquier otra película de guerr.

Luego están el homenaje al teatro, a la realidad y la representación, y a los actores, gente vanidosa y superficial, con sus celos profesionales, su empeño en meter morcillas «corrigiendo» el texto, su deseo de ser alguien más que el portalanzas de Hamlet… Pero también ser capaces de la valentía y de la grandeza. Conmueve cuando el personaje que interpreta Feliz Bressart (él mismo tuvo que irse de Alemania en el 33) consigue su sueño de declamar el monólogo de Shylock «Hath not a Jew eyes?» (El mercader de Venecia), aunque sea rodeado de nazis.

Está el que arrasen tu país y sin embargo, la vida sigue. Cada uno lucha a su manera, incluso los cómicos, y la mejor manera de hacerlo no es mediante soflamas o poniendo bombas, sino con lo que mejor saben hacer (o deberían saber hacer); en el caso de los actores, interpretar.

Para que todo eso funcione y no rechine, tienes que tener un guion complejo que a la vez suene muy natural. La manera en la que Lubitsch cuenta la historia es increíble. Diálogos ingeniosos en los que no sobra ni una sola palabra, y con mucho sobreentendido. Los personajes dicen una cosa y están diciendo, en realidad, otra distinta. Porque una cosa es lo que dicen y otra distinta lo que están pensando, sintiendo o deseando. Sarcasmo, ironía… Hay que estar bien pendiente de ello para que te des cuenta y pilles la gracia. Le aseguro que el Führer no escuchará nunca eso de mi boca…, frase anodina que, en su contexto, te hace sonreír.

¡Qué bien engranan unas escenas con otras! Se va retorciendo la trama, parece que va en un sentido, luego da un giro y cuando crees que ya está agotado lo que cuentan, va un paso más allá y sigue sorprendiéndote.

Tiene, por supuesto, el célebre «toque Lubitsch», algo que no todo el mundo te define igual. Para mi, se refiere, sobre todo, a las elipsis y los sobreentendidos que un público adulto sabe captar. Hay mucho que no está negro sobre blanco en el guion, pero el espectador lo imagina. Es maravilloso cuando un creador sabe jugar con el público y hace que este mismo invente parte de la historia. Ejemplo: el joven Sobinski tiene que llevar un mensaje a la resistencia polaca, pero luego ves que quien lo hace es Maria Tura, ¿qué ha pasado? No te lo dicen, y sin embargo el espectador lo sabe de sobra. No hace falta que el director pierda segundos de metraje en cosas evidentes.

Por eso, cuando el guion es una máquina tan bien armada, hace falta que luego la puesta en escena funcione, que los actores sean capaces de interpretarlo con gracia y al pie de la letra, que se sepa fotografiar, rodar, dan con el tono justo. Mucha sobreactuación, haciendo ver lo ridículo que es todo, empezando por los nazis, que pueden ser malvados y también risibles al mismo tiempo. 

Si hay algo que no tolera el dictador, el autoritario, es que se rían de él.

Hoy en día está reconocida de forma prácticamente unánime como la gran obra de Lubitsch (que tuvo otras muchas geniales, tanto en Alemania como en los EE. UU.). Sin embargo, en su momento… No estaba tan claro.

Primero, cuando se estaba rodando, la guerra era algo que pasaba lejos, y no todo el mundo en los EE. UU. quería involucrarse en una película crítica con Hitler. No vaya a ser que el dictador se ofendiera. Esto venía de los defensores del aislacionismo estadounidense, y también de los partidarios de Hitler que existían entonces en los EE. UU. La censura llegó a molestar a Lubitsch, y presionarle para que quitara frases como la de que lo que [Joseph Tura] hizo con Shakespeare, es lo que estamos haciendo nosotros [los nazis] con Polonia.

Desde una perspectiva contraria, el compositor Miklós Rózsa no quiso componer la banda sonora. Con la guerra en marcha, y la amenaza nazi en su momento más fuerte, tratarlos de manera satírica no le parecía lo más apropiado. Luego es verdad que echó una mano… sin acreditar.

Segundo instante, cuando se estrenó. Febrero de 1942, EE. UU. ya había entrado en la guerra. Filonazis y aislacionistas ya no tenían tanta importancia. Sin embargo, no tuvo mucho éxito en taquilla. He oído lugares comunes como que si era demasiado sofisticada e inteligente para los estadounidenses, o que ellos no vivían la guerra más que en la distancia y no podían empatizar con lo ocurrido en un país como Polonia, que ellos ni podrían situar en el mapa.

Bah, eso son tonterías, lo típico que muchos intelectuales europeos, encantados de sentirse superiores a los estadounidenses. La realidad, para mí, sin embargo, no es esa. La actriz protagonista, Carole Lombard, de 33 años de edad (si tú miras la película, te parece mayor, por cómo vestían las mujeres en aquella época), vendía bonos de guerra y falleció en un accidente aéreo el mes anterior, dejando como viudo inconsolable a Clark Gable. ¿Quién iba a querer verla en su última película? Yo no he sido capaz de volver a ver una película con River Phoenix o Robin Williams. Para mí, esa circunstancia basta para que la gente no quisiera ir a ver una comedia protagonizada por alguien que acababa de morir, para gran shock del público: joven, hermosa, y felizmente casada con «el rey de Hollywood».

Hubo quien le reprochó que hiciera una comedia de nazis. Yo, personalmente, creo que se puede hacer humor con todo, o con casi todo. Otra cosa es que te haga gracia. Los chistes, depende de donde vengan. De vez en cuando escucho al cómico Yohay Sponder y veo que hasta de las situaciones más duras se puede sacar punta, con el humor como arma. 

Seréis malvados, pero no me dais miedo porque sois ridículos. Me podréis matar pero me iré haciendo chiste de vosotros, gentuza absurda. 

Lubitsch era alemán y judío, no necesitaba que ningún liberal neoyorkino bienpensante le dijera lo que era Hitler, o la Gestapo o las SS. Sabía explicar lo que era el nazismo mejor que muchos otros que no lo habían conocido ni por el forro. Se defendió con una carta al New York Times, publicada en marzo de 1942. Lubitsch admitió que no era la representación habitual de los nazis (mostrando torturas, cámaras de terror), pero es que, viene a decir el bueno de Ernst, los nazis hace tiempo que han superado ese estadio, hablan de ello (la brutalidad, las palizas, la tortura) como lo haría un vendedor de su mercadería. 

No hacía falta poner a los nazis torturando o persiguiendo, eso ya salía en otras películas. Lo suyo era hacerles daño de otra forma, burlarse de ellos, desacreditar al enemigo ridiculizándolo. Después de todo, no hay nada más caricaturesco que el propio Hitler, si escuchas sus discursos o ves las fotos que hizo posando para Hoffmann. Como había hecho Chaplin dos años antes con El gran dictador. 

Creo que si estas películas conservan su actualidad es por una paradoja. Nacen en su momento histórico, responden a una coyuntura muy concreta. Pero la respuesta no es ideológica, no de un partido político concreto sino humana, personal, tanto la de Lubitsch como la de Chaplin. «Aquí está el bien, aquí está el mal. Nos da miedo, sí, pero también vemos lo ridículo que es. Yo tengo claro dónde estoy». 

No ganó ningún Óscar, aunque nominaron la banda sonora. Sí que fue ganadora en los Premios Sant Jordi… en 1970, porque sí, esta película de 1942 en España no se pudo ver, por la censura, hasta los años setenta.

Es una película que se visionó y comentó en «¡Qué grande es el cine!», lo puedes ver tanto en You Tube como en RTVE Play. Aquí, enlace a RTVE Play. De ese coloquio he sacado muchas ideas que salen en este comentario mío.

Podéis leer más en la Wikipedia, Film Affinity, o la Internet Movie Data Base.

Añado un artículo del periódico argentino La nación, que habla de la historia detrás de esta sátira. Y una imagen de Wikicommons con Carole Lombard en el papel de Maria Tura, con la irónica sastra detrás. Lo que el marido ignora, no le puede daño a la mujer...