viernes, 9 de agosto de 2019

#56 La letra escarlata

Hugues Merle: La letra escarlata (1861)
Óleo sobre lienzo, Walters Art Museum
[Dominio público] Wikimedia Commons





Autor: Nathaniel Hawthorne
Título original: The scarlet letter
Fecha de publicación: 1850

En mi repaso de las novelas históricas, doy con una que también valdría como una de las mejores novelas de la historia, aunque personalmente, no la incluiría entre los clásicos de la literatura universal.
No es demasiado larga, y te cuenta un episodio de las colonias inglesas en Norteamérica, en concreto en el Boston colonial.
La historia comienza con una mujer saliendo de la cárcel, con un bebé en brazos. Es Hester Prynne, una mujer casada que ha quedado embarazada de quien no es su marido. La castigan como adúltera a llevar prendido en su pecho una letra «A» escarlata, que ella misma borda.
Nada más salir de la cárcel, tendrá que estar unas horas en el patíbulo, mientras la exhortan a que diga quién es el padre de la criatura, con quién ha cometido el adulterio. Ella se niega y sobrellevará su ostracismo con dignidad.
Aparecerá su marido, al que todos creían muerto, pero no se revela como tal, sino que finge ser un médico llamado Roger Chillingworth. Al conocer lo ocurrido con su mujer, decide descubrir el nombre que ella calla, para poder vengarse
El resto de la novela, más o menos, va de Hester Prynne llevando con dignidad su castigo, su hija creciendo hermosa, quizá algo traviesa, Roger por ahí zascandileando y atormentando a quien acabará descubriendo como cómplice de su mujer ¡spoiler! Es el cura, pastor o como se llame entre los puritanos, Dimmesdale. Un hombre al que todos aprecian por su santidad pero que vive angustiado, atormentado por una culpa que no se atreve a confesar.
Me pregunto cómo será leer esta novela sin conocer el secreto de Hester, quién es el padre de su hija.
Es más una novela de personajes que de argumento. No hay grandes acontecimientos. Pero narra de una manera espléndida el curso de pensamiento de Hester, una heroína que sabe mantenerse lúcida y sacar fuerzas para seguir adelante aunque toda la sociedad la desprecie. Incluso cuando ella, como buena cristiana, hace obras de caridad, los mismos beneficiarios de su bondad la desprecian.
Es admirable. Ella. Más difícil es saber bien qué es lo que ocurre con Dimmesdale. Es un hombre débil, atormentado, que proclama a los cuatro vientos que es tan pecador como sus parroquianos… pero se calla realmente qué pecado ha cometido, sabiendo que todos creen que es un santo que realmente no ha hecho nada más.
Como novela histórica, creo que recrea bastante bien aquella vida pobretona, tan limitada, de los puritanos de Nueva Inglaterra. Hawthorne ambientó su historia doscientos años antes, hay más distancia temporal entre el momento en que se supone que pasaron los hecho y la fecha de la novela que entre ésta y nuestros días.
Como novela de personajes, la disfrutas o no según estos te caigan bien o mal, te fascinen o no, entiendas sus motivaciones o te parezcan inaceptables. Hester es una heroína sólida que ama, ama a su hija y al vicario, y calla precisamente por no poner las cosas peor, creo yo. Por ella merece la pena leer esta novela.
Ella lleva su culpa a la vista de todos, mientras que Dimmensdale lo lleva en su interior, oculto, lo que en realidad parece que le causa más sufrimiento moral que a ella. El desprecio público que ella padece es algo que se puede sobrellevar, parece querer decirnos el autor, mientras que el interno, es algo que te carcome. En el caso de Dimmesdale, además, hasta le hace aparecer una letra en su propio pecho, como un estigma que le quema. Creo que realmente en su caso el desprecio público, sin embargo, sí que le destruiría, porque al final no es cosa que se sepa o no que él se acostó (y cabe suponer que lo hizo por afecto, no por un mero calentón) a Hester, sino que él es incapaz de sobrellevar que ha hecho algo que la sociedad –y él mismo– ve como algo perverso.
En mi opinión, Hawthorne estaba muy interesado en el giro sensacional al final de descubrirse que el cura ha pecado; construye toda la novela con ese misterio de qué tendrá Dimmesdale en el pecho, qué será eso oculto… Un poco truculento, muy propio de la novela romántica del siglo XIX.
Así, la impresión que me deja esta historia es que, en el fondo, al autor le interesa más el personaje masculino que el femenino. Como que quisiera demostrar que los pecados, las culpas, hay que sacarlos a la luz, porque si no acaban contigo. Ya digo que, en mi opinión, el problema de Dimmesdale no es que reconozca o no su «pecado», sino que considera que ha pecado. Ni por un momento se plantea el autor, o yo no he sido capaz de verlo, la radical injusticia de que una mujer sea castigada penalmente por acostarse con un hombre que no sea su marido, y menos cuando todos piensan que el marido ha muerto.
Quizá sea excesivo para un hombre de su época reconocer lo incorrecto de ese planteamiento, admitir que la vida sexual de cada uno es privada, o que La letra escarlata sea la historia de cómo las convenciones sociales y las normas penales sancionan lo que es un puro y simple amor inesperado entre dos personas que no lo buscaban.
Parece claro que él sigue compartiendo en gran medida esas ideas puritanas, por eso digo que no creo que pretendiera que le saliera una heroína tan maravillosa, sino que todo gira en torno a Dimmesdale. Véase, si no, la intervención de Roger, el marido oculto, solo te hablan de él en relación con lo que hace o deja de hacer a Dimmesdale, sin que mantenga ninguna relación con su mujer. Ella parece no importarle absolutamente nada, es una mera excusa argumental para su odio.
Es la obra más conocida y de más éxito del autor. Todavía puede disfrutarse, como un ejemplo fascinante no solo de cómo debieron ser aquellas patéticas colonias inglesas en el Nuevo Mundo, miserables y constreñidas (sobre todo si las comparamos con los ricos virreinatos españoles, incluso con todas sus sombras), sino también cómo se veía desde la perspectiva de un escritor del siglo XIX.

Por esto no considero que sea una de las grandes obras de la literatura universal que pueda atraer a lectores de cualquier tiempo y lugar. Destaca como novela y como reconstrucción del pasado, pero su trascendencia me resulta alicorta. No va más allá del pecado y la culpa, cuestiones solo de interés dentro de un ámbito religioso cristiano. Si hubiera enfatizado más el aspecto sociedad versus individuo... Pero yo no he acabado de ver realmente una crítica a que la sociedad le amargue la vida al individuo que realmente no ha hecho nada malo.

En su día ví la adaptación de esta novela con Demi Moore en 1995. Fue un fracaso comercial, pero no estaba tan mal. Si acaso, Gary Oldman (y mira que me encanta este actor) no es la imagen que yo tendría de Dimmesdale. Se deja ver, en cualquier caso.
Como este libro es un clásico, tiene página en la Wikipedia. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

#17 Altar de oro de San Ambrosio







Objeto: altar
Material: madera, oro, plata, piedras preciosas, esmaltes
Fecha: h. 835-850
Lugar actual: basílica de San Ambrosio (Milán)
Época: Arte carolingio
Autor: Volvino




La joya más preciosa de la orfebrería carolingia... y –sorprendentemente– conocemos el nombre del artista


El otro día hablé de un altar lombardo, tallado en mármol. Hoy avanzo un siglo después para encontrar otro de la misma clase, altar relicario tipo confessio, que se llama, porque en la parte posterior tiene el huequecito para acceder a las reliquias, pero entre uno y otro hay todo un mundo.

Esta es una de las piezas más elaboradas de la orfebrería carolingia, realizada en madera a la que se adosaron láminas de oro o plata trabajadas en la técnica repoussé, que creo que en español sería repujado, labrando a martillo chapas metálicas, de modo que en una de sus caras resulten figuras de relieve.

Es una especie de caja rutilante de 2,20 metros de largo (y 85 cm de alto), con una placa de oro en la parte delantera, y de plata parcialmente dorada en los otros tres lados. Si lo miras desde lejos, como me imagino que ocurriría a la mayor parte de la gente que entrase en la iglesia, solo verías algo que brilla intensamente en la oscuridad general. Lo cual de por sí debía epatar bastante, asombrar, impresionar con el poderío de la iglesia, que es al fin y al cabo la finalidad de gran parte del arte religioso.

Pero al acercarte te das cuenta de que lo que tienes no es solo una hoja de oro, sino que está labrada en bajorrelieve; los paneles te cuentan una historia, enmarcada cada escena con filigranas, con piedras preciosas incrustadas, gemas y perlas, así como refinados esmaltes. Y por los huecos, se escribían letras formando tituli o rótulos que comentan la escena.

Por cierto que son unos esmaltes en cloisonné cuyos colores (azul, verde, blanco), diseño y técnicas recuerdan a los que se ven en la Corona de Hierro de los lombardos, que comenté el mes pasado, lo que hace pensar que provienen de la misma época e incluso del mismo taller que realizó este altar. De ahí que se atribuyan a la restauración que sufrió esa corona del siglo IX.

Vamos a ver un poco más de cerca esta obra tan impresionante. Tomemos por ejemplo la parte delantera, la que está labrada en oro. Hay tres paneles. Los de los lados, a su vez, se dividen cada uno en seis escenas; están dedicadas a episodios de la vida de Cristo. Es la pieza más antigua obra de arte que contiene tantos episodios del Nuevo Testamento. Hasta entonces, lo que solían hacer era relatar episodios del Antiguo; y si eran del Nuevo, no con tanta profusión.


En el centro, tenemos una cruz con un óvalo en el centro. Es nuestro viejo amigo el Pantocrátor o Cristo en majestad o entronizado, y en los brazos de la Cruz, el Tetramorfos, es decir, los evangelistas simbolizados por águila (de san Juan), buey (San Lucas), león (San Marcos) y el ángel (San Mateo). En las cuatro esquinas que dejan libres los brazos de la cruz, están los apóstoles, en grupos de tres.


Vayamos a la parte trasera. Ahí el tema es San Ambrosio. Nuevamente, tres paneles, con los dos laterales dedicados a episodios de la vida del santo. Es la primera gran obra artística que relata la vida de un santo relativamente reciente (tres siglos y medio anterior) y cuya existencia histórica estaba demostrada.  En el centro hay dos puertecillas que dan al agujero de las reliquias de los santos mártires Gervasio y Protasio, además de Ambrosio. Esas puertecitas tienen cuatro círculos. En los dos de arriba, sendos arcángeles, Gabriel y Miguel. Lo sorprendente está en los dos círculos inferiores.

En uno se ve al comitente, el entonces arzobispo de Milán, Angilberto II, ofreciendo al santo titular, o sea, a san Ambrosio, un modelo del altar. El santo le corona, satisfecho. Se nota que Angilberto II es una persona viva porque tiene el halo cuadrado. Y que fue quien lo encargó resulta de una inscripción que rodean los tres grandes paneles de la parte trasera.

Pero en el otro círculo ocurre lo nunca visto. El santo, con su altar bien guardadito en el bracete, corona a otra persona, nada menos que a Volvino, el orfebre que realizó la obra, según nos cuenta la inscripción que hay en el propio altar:


vvolvini(us) magist(er) phaber

Era algo inusitado. No sólo nos llega el nombre del artista, cuando estamos en plena Edad Media (mediados del siglo IX, recordemos) y las obras ni se firmaban ni dejaban huella de quién las había hecho. Es que, además, le ponen al mismo nivel que la autoridad que encargó la obra, y le corona. Nada menos. Como al arzobispo. Se ve que Volvino de humilde artesano tenía muy poco.

Por cierto que el nombre lo he visto escrito de diferentes formas, Volvinus, Vuolvinius, Volvinius, Wolvinus,… Al final me inclino por la ortografía más castellanizada.

Esta obra, el altar dorado o Paliotto de Sant’Ambroglio, como ya he dicho, es una de las joyas de orfebrería carolingia. Estamos en la segunda época del prerrománico europeo, para que nos situemos. Entre las artes aplicadas carolingias, la orfebrería tiene una importancia capital. Carlomagno promovió la realización de joyas, relicarios, objetos litúrgicos, miniaturas… No sólo como objetos de devoción sino como recordatorios de la fe, con una finalidad didáctica; para esto es muy conveniente que las imágenes preciosas cuenten una historia con la que se quede el súbdito.

El estilo poco tiene en común con las realizaciones bárbaras del noroeste de Europa, salvo –quizá– el lujo en las gemas. Todo en esta obra recuerda a la Antigüedad Tardía, a las realizaciones tardorromanas. Las viñetas con las diferentes escenas recuerdan un poco a la miniatura.

Hay diferencia notable de estilo entre el panel delantero, de oro, y los otros tres, lo cual ha hecho que se identifiquen al menos dos autores diferentes, pero parece claro que se realizó todo en la misma época.

Milán había sido capital del imperio romano desde el año 292. A finales del siglo IV fue nombrado obispo Ambrosio, prefecto imperial quien, desde esa cátedra, combatió el arrianismo, pretendió que la iglesia estaba por encima del poder de los emperadores y logró al final llevar a su terreno al emperador Teodosio y murió en 397. Teodosio había dividido su imperio entre sus dos hijos y, durante el período que va desde el año 395 hasta el 402, Milán siguió siendo la capital del imperio romano de Occidente, cualidad que perdió en favor de Rávena.

Hoy los católicos consideran a Ambrosio un santo, uno de los cuatro Padres de la Iglesia Latina y doctor de la iglesia católica.

Fue durante el reinado de Ambrosio como obispo, en 386, cuando se fundó esta basílica, que como propio del siglo IV no tenía transepto, sino que era de planta rectangular, con tres naves. Milán perdió importancia y por allí pasaron hunos, hérulos, ostrogodos, bizantinos, lombardos (569)… Hasta que Carlomagno conquistó su reino en 774 y entró en la órbita carolingia.

Entonces se produjo un renacimiento de Milán como metrópoli arzobispal y adquirió más importancia y prosperidad. La gobernaban los arzobispos, como representantes del emperador carolingio en el norte de Italia. Uno de esos arzobispos, Angilberto II, es el que lo mandó construir, según dice la inscripción, y por eso se sabe que tuvo que confeccionarse entre 824 y 859, pues es lo que duró su reinado.

Para entonces Carlomagno ya había muerto, y le sucedió primero Ludovico Pío y, después del tratado de Verdún (843) en esta parte del mundo, Lotario I, a cuya época posiblemente podamos adscribir la realización de esta impresionante obra.

Angilberto II también se metió a remodelaciones de la basílica de San Ambrosio, que entre lo que él hizo y modificaciones posteriores que llegaron hasta el siglo XII, acabó siendo un modelo del románico lombardo.

Así que si hacéis una escapada a Milán, aparte de ver la Pinacoteca de Brera, el Duomo y la galería Víctor Manuel II, no dejéis de pasaros por esta basílica, uno de los edificios más antiguos de la ciudad.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

lunes, 5 de agosto de 2019

#20 Altar del duque Ratchis

Altar del duque Ratchis
Por Welleschik [CC BY-SA 3.0]
Vía Wikimedia Commons



Ubicación: Museo cristiano e tesoro del duomo (Cividale del Friuli)
Fecha: 739-744
Época: Arte lombardo






Conmemorando a su padre


De los lombardos ya hablé aquí al mencionar su otra gran obra escultórica, el Baptisterio de Calixto.

Estos bárbaros llegaron a la península italiana con la segunda oleada de invasiones germánicas. Su reino duró un par de siglos, más o menos de mediados del siglo VI a mediados del VIII, cuando fueron conquistados por los francos.

Como ocurrió con los visigodos españoles, no tuvieron demasiada estabilidad política, con los duques, poderosos aristócratas, siempre a la gresca. Solo en la época del rey Liutprando, en la primera mitad del siglo VIII, se habla de un «renacimiento» en que florecieron las artes. Él no se libró, no obstante, de rebeldías y problemas. Entre ellos, con el duque del Friuli, Pemmo, a quien el rey depuso nombrando, en su lugar, al hijo de Pemmo, Ratchis.

Muy seguro de sí mismo tendría que estar Ratchis cuando conmemoró a su padre con este altar, recordando las donaciones dejadas por este. Se sabe por la inscripción latina que recorre la parte superior de la obra. Como la ordenó confeccionar siendo duque, la elaboración de este altar se sitúa entre los años 739 y 744.

Está formado por cuatro placas de mármol, un mármol especial del norte de Italia llamado de Aurisina. Tiene un fondo gris y es particularmente duro y compacto. Se extraía en una cantera relativamente cercana al Friuli, en lo que hoy es Trieste, en tiempos de los romanos. No estaba esa época de la Alta Edad Media como para andar comerciando muy lejos.
 
Detalle de la placa frontal: Cristo en Majestad dentro de la mandorla.
Cada una de las placas tiene una imagen. La más llamativa es la frontal, con un Cristo en majestad enmarcado en una mandorla, sostenida por cuatro ángeles. 

 
A los lados, más estrechos, una Visitación y una Adoración de los Reyes Magos. Son figuras de inspiración bizantina, bajo arcos, pero elaborados con bastante... cómo lo diría yo, parecen imitaciones primitivas, muy básicas, con esos rostros más bien malhumorados. Las figuras ocupan prácticamente todo el espacio, con ese horror vacui tan propio de la época. 

En la parte posterior hay un agujero cuadrado donde posiblemente se metían reliquias; a los lados, dos cruces griegas, y abajo una rosa que posiblemente sea una estilización del monograma de Constantino.

Actualmente se puede ver en el Museo de Cividale del Friuli, lo mismo que la pila bautismal del patriarca Calixto.

A veces aparece como «Altar del rey Ratchis» porque sí, Ratchis dejó de ser duque en 744 para convertirse en rey de los lombardos. Poco le duró la cosa. Al principio fue un reinado tranquilo, pero luego se metió en líos invadiendo Perugia, retrocedió por la presión de los francos y acabaron deponiéndole y nombrando en su lugar a su hermano Astolfo. El cual tampoco duró mucho. 

Ratchis acabó sus días pacíficamente en un monasterio benedictino, posiblemente Montecassino.

sábado, 3 de agosto de 2019

#66 Las aves

Vestuario de Jacques Schmidt para Las aves (1985)
Por Jipejb [CC BY-SA 3.0] vía
Wikimedia commons



Όρνιθες
Autor: Aristófanes
Año: 414 a. C.
Género: comedia






Hay chistes que siguen funcionando después de 2.500 años


Esto del humor es algo muy particular, a veces incluso depende de dónde nazcas y en qué tiempo vivas, te hacen gracia unas cosas u otras. Por eso es admirable que haya comedias atenienses del siglo V a. C. que aún nos hagan gracia.

Las aves, de Aristófanes, no es una de sus obras más chistosas y, sin embargo, sigue teniendo la capacidad de hacerte reír en algunos momentos.

El argumento va más o menos así. Pistetero y Evélpides, dos amigos atenienses, están hartos de una ciudad que parece vivir solo para andar pleiteando y se van en busca de Abubilla, un conciudadano que en el pasado fue metamorfoseado en pájaro, a ver si les dice en qué otro lugar podrían vivir que fuera más de su gusto.

Pero llega un momento en que Pistetero, obviamente el listo de esta pareja cómica, tiene una idea genial: que se haga una ciudad en las nubes en la que reinen los pájaros. Sin embargo, tiene que convencer a las aves, que son tradicionales enemigas de los humanos. En esto Abubilla les echará una mano.

Al final consigue convencerles de que ellas, las aves, en realidad son los dioses primigenios, anteriores a los Olímpicos, y que se trata solo de recuperar su trono. Se ponen a construir las murallas de Nefelococigia (o Píopío de las Nubes, como también he visto en otra traducción). Empezarán entonces a llegar intrusos de lo más inoportunos que quieren formar parte de este proyecto utópico.

Y aquí es donde a mí me sale la risa floja por chistes de lo más tontos, lo sé, pero que me siguen haciendo gracia, por lo cansinos que son esos visitantes para nada bienvenidos y cómo Pistetero habla de ellos y los larga con cajas destempladas. Que si el poeta, que si el recitador de oráculos, otro que viene a venderles leyes de lo más molonas, un sicofante o delator profesional que quiere las alas para poder ir rápidamente a citar a juicio a los litigantes con tanta velocidad que los pobres no lleguen a tiempo a las sesiones... Nada, fuera, no quiere a esos parásitos en su sociedad celeste ideal.

Cuando llega Prometeo, benefactor de la Humanidad, la cosa se hace más seria. Porque al meter una ciudad celeste entre los hombres y los dioses olímpicos, a estos no les llega el humo de los sacrificios y se mueren de hambre. Prometeo le asesora sobre lo que tiene que hacer para salir ganando en sus tratos con los olímpicos.

Estos acaban mandándole una embajada de lo más peculiar e inadecuada, con Heracles, Posidón y un dios bárbaro cuya ininteligible forma de hablar haría las delicias de la concurrencia. Gracias a los consejos de Prometeo y a lo simples que son Heracles y el dios bárbaro, y lo mucho que pasa de todo Posidón, Pistetero acaba siendo rey, casado con una bella joven y todo el poder del mundo.

Ya sabéis que las comedias y tragedias se presentaban a concurso con motivo de festividades varias. Nos resulta raro, pero para ellos el teatro tenía un elemento religioso. Esta la debutó en las Dionisias del año 414 a. C., pero no ganó, sino que quedó en segunda posición. 

Era la época de la desastrosa expedición a Sicilia, aunque a diferencia de lo que era habitual, no hay referencias directas a esto en la obra. Los estudiosos empezarán a analizar si metafóricamente se refería o no a ese episodio político, o a la lucha entre los más religiosos y los más racionalistas, etc. Cada época, supongo, hace la interpretación que quiere porque los clásicos son así. Ganan espectadores en cada generación porque cada una lo interpreta a su manera, le siguen sugiriendo cosas distintas.

Yo, personalmente, lo veo como un par de amigos que se llevan tan bien que son capaces de bromear el uno con el otro por la pinta que tienen con las plumas. Hartos de leguleyos, escapan para montarse su historia utópica, y eso da lugar a burlas sobre quiénes no son bienvenidos en una sociedad ideal: los poetastros, los generadores de leyes no siempre útiles, los vendedores de oráculos a gusto del consumidor, los pleiteadores profesionales, etc.

Lo único que me hizo dar cierto respingo incómodo es el episodio de Iris. La mensajera de los dioses es interceptada en uno de sus viajes del Cielo a la Tierra. Pistetero discute con ella, haciéndole ver la nueva realidad de que ahora la ciudad de las nubes está en medio y que no podrán pasar libremente. Todo el diálogo es bastante divertido, justo hasta el final. Cuando ella le advierte que no conviene suscitar la cólera de Zeus, por lo que le pudiera pasar Pistetero acaba amenazándola con violarla. En aquella época debió ser muy gracioso, pero ahora se ve como un tópico más de agresión de un varón hacia una mujer. Siempre acaban con lo mismo, da igual que se esté discutiendo si ahora los dioses son unos u otros, se recurre a palabras, insultos o acciones sexuales como forma de menospreciar a la mujer.

Dejando este detalle a un lado, es de esas obras que merece la pena ver, sobre todo si los actores tienes chispa humorística y si se adapta un poco el guion con referencias actuales, que se sepa hacer con gracia.

jueves, 1 de agosto de 2019

#16 Corona de Recesvinto






Objeto: corona votiva
Material: oro y piedras preciosas
Fecha: h. 653-672
Lugar actual: Museo Arqueológico Nacional (Madrid)
Época: Arte visigodo


Franco es lo que tenía, que a oportunista no le ganaba a nadie.

A veces lo imagino quietecito, como una araña en su tela, sin moverse ni pestañear ni comprometerse… Hasta que veía la oportunidad y ¡zasca! Daba el golpe de mano, militar o propagandístico. No hay más que ver cómo logró pasar de ser uno más de los militares golpistas, que no se comprometió ni sí ni no (gallegueando), a salir de la guerra sin rival alguno.

El dictador cazó al vuelo la oportunidad de dar un golpe propagandístico cuando Europa estaba sumida en plena Segunda Guerra Mundial. Varias obras de arte españolas habían sido trasladadas de París a Montauban, y en 1941 llegó a un acuerdo con el gobierno colaboracionista de Vichy, para que le devolvieran unas cuantas.

Así regresaron, por ejemplo la Dama de Elche, o la Inmaculada llamada «de Soult», obra de Murillo. Y también seis de las nueve coronas del tesoro de Guarrazar. Es verdad que a cambio España entregó un Greco, un Velázquez y cartón para tapiz de Goya. Pero todavía están los franceses rumiando que Franco los engañó.

Otra parte quedó allí y se exhibe en el Museo de Cluny (nombre oficial, Musée national du Moyen Âge - Thermes et hôtel de Cluny), o de la Edad Media, en la capital francesa. Una buena opción si estás de turisteo por París, por cierto, frente a la estomagante marea del Louvre, cada vez más enloquecida.

El tesoro lo encontraron allá por 1858. Incluía coronas votivas, cruces procesionales y otros objetos preciosos que debieron estar en alguna iglesia principal de Toledo en la época visigoda. No era una corona para que la llevara un rey o una reina, sino exvotos que se ofrendaban a las iglesias y que se colgaban sobre el altar, siguiendo en este punto la tradición bizantina. 

Esta en particular fue regalo de Recesvinto, porque así lo dicen las letras que cuelgan de la misma: «Recesvintus rex offeret»; por cierto, que la «R» no es la original, porque se la quedaron los franceses en 1941. Because –reasons. No preguntes si se despistaron o no les dio la gana de soltarla.

Se supone que, cuando los árabes invadieron la península (711), los eclesiásticos ocultaron estos objetos preciosos, antes de ponerse a salvo en el norte, con la esperanza de regresar algún día, cuando vinieran tiempos mejores. 

Como se ve, la corona está formada por un aro de oro que cuelga de cuatro cadenas, cuyos eslabones tienen forma de corazón con una palmeta en el centro, con decoración de punzones. En lo alto se rematan con un floripondio, elemento ornamental que tiene el nombre de macolla, pétalos de una flor dorada que parecen sostener un pedrusco (cristal de roca).

Alternan perlas y zafiros sin tallar al tresbolillo. Dibujos calados de palmetas los separan. Y las piedras son preciosas, aunque también tiene perlas, nácar, vidrios artificiales y cristal de roca. Tiene 20,6 centímetros de diámetro.

En la cenefa que bordea la corona se encuentran piedras incrustadas tipo cloisonné o tabicado. Ya he hablado otras veces pero lo repito: se formaba con el oro una celdilla soldada con la base y dentro se encajaba la piedra preciosa o, en este caso, también perlas. Es técnica oriental que fue extendiéndose hacia el Occidente con motivo de las migraciones de los pueblos germánicos. La otra técnica de esmaltado medieval es el champlevé (del que también hablé aquí).

De la corona cuelgan, por un lado, las letras referentes al rey, de las que a su vez penden piedras preciosasy, por otro lado, una cruz en el centro.

Se elaboró en talleres hispanos visigodos, pero siguiendo modelos bizantinos. Es que Bizancio fue el gran imperio medieval, como he dicho aquí repetidas veces, la referencia donde estaba la cultura, el arte, la civilización. Algo que deslumbró a todos, desde los germanos hasta los vikingos varegos que entraron al servicio de aquellos emperadores. 

En particular, la cruz procesional que forma parte de este tesoro se cree que es la pieza más antigua del tesoro, que se realizó fuera de España y que sirvió como modelo para la elaboración, en el siglo VII, de esta corona votiva.

Si quieres ver piezas de este tesoro, las principales están en el MAN de Madrid y en el de Cluny de París. Hay algunas cosillas también en el Palacio Real de Madrid.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

martes, 30 de julio de 2019

#15 Corona de Hierro



Objeto: corona
Material: oro y piedras preciosas
Fecha: h. 500
Lugar actual: Catedral de Monza
Época: Arte bizantino


Una corona con mucha historia y bastante mito


Bolonia, febrero de 1530. Los imperiales han montado una fiestuqui de impresión, como no se vio otra en la Europa renacentista. Y eso es decir mucho, considerando que en aquella época tenían como organizadores de ceremonias a gente como Leonardo da Vinci.

¡Bolonia en febrero de 1530! La ciudad está toda engalanada, bulle de extranjeros, se oyen todas las lenguas; nobles de media Europa, príncipes y cardenales se reúnen para asistir al acto, unos buscando algún favor del todopoderoso emperador, otros por lealtad, algunos por mero afán de curiosidad.

(Manuel Fernández Álvarez: Carlos V. Un hombre para Europa)

Se trata de coronar a Carlos V como emperador del Sacro Imperio. Esto de hacerse emperador exigía tres coronaciones: una en Aquisgrán como rey de romanos –cosa que Carlos ya había hecho diez años antes– y luego otras dos en Italia a manos del papa, como rey de lombardos y como emperador del Sacro Imperio.

Como solo habían pasado dos años del Saco de Roma, sería echar sal en la herida marchar los imperiales hasta Roma, así que el emperador y el papa quedaron en Bolonia

Allí, el 22 de febrero de 1530, el humillado papa Clemente VII colocó sobre Carlos la «corona de hierro» de los lombardos.

Se le llama corona de hierro, aunque no tiene ni un gramo de esta substancia. Está realizada con una aleación de oro con un poquito de plata, concretamente un 85 % de oro, 6 % de plata y 9 % de cobre (dicen en la wiki), y ornamentada con piedras preciosas: siete granates, siete zafiros, cuatro amatistas y cuatro piedras de cuarzo.

La forman seis placas, unidas por bisagras. Se especula con que pudo haber otras dos placas, pues es realmente pequeña y no cabe en la cabeza de un hombre, la puedes posar pero no encajar. También es posible que fuera una corona votiva, no elaborada para usar como diadema por nadie.

Se realizó en la época de las invasiones germánicas y tiene todo el aspecto de ser bizantina. Hay coronas parecidas, medievales, recuperadas en la zona de Kazán. Parece que fue elaborada en torno al año 500. Hubo una remodelación allá por el año 800 y luego, en 1345, debiéndose su apariencia actual a esta segunda restauración.

Se cuenta, pero es algo legendario de lo que no hay prueba, que con ella se coronó Carlomagno, que lo habría recibido de los lombardos quienes a su vez lo obtuvieron de los ostrogodos y estos, en último término, de los bizantinos. San Ambrosio describe, en la oración fúnebre por el rey ostrogodo Teodorico el Grande, una corona parecida. 

Su existencia solo se acredita con certeza a partir del siglo XIV, cuando fue usada en la coronación de Enrique VII en 1312, y la primera mención documental es un inventario del año 1352.

¿Y por qué se le llama «de hierro» si es de oro? Pues porque en el interior tiene un círculo de plata que en el pasado creían que era de hierro. Supongo que estuviera oscurecido, como ocurre con la plata con el tiempo. Y a partir del siglo XVI se lanzó el cuento de que era hierro procedente de un clavo de la cruz de Cristo. Por eso los católicos lo veneran como una reliquia. Pero vamos, que de hierro, ná de ná, que para eso está la ciencia y la técnica.

«Nuestro amigo» Napoleón Bonaparte también recuperó esta joya para coronarse como rey de Italia el 26 de mayo de 1805 en la catedral de Milán. Ojo, no hay que confundir con la famosa coronación en Notre-Dame de París, de la que hay un magnífico cuadro de Jacques-Louis David, que había ocurrido el año anterior, en 1804.

Una cosa buena de la coronación de Carlos V en Bolonia es que con aquella ocasión le presentaron a Tiziano y, en su segundo viaje a Bolonia, Carlos V lo escogió para que lo pintara. Por ello debemos a su magnifico pincel varios retratos del emperador de este artista italiano y el precioso retrato de su esposa, la emperatriz Isabel de Portugal, que hizo en 1548 a partir de otro, pues para entonces, ella ya estaba muerta. Pero eso es otra historia, quizá la cuente algún día. Puede, no lo sé.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

domingo, 28 de julio de 2019

#13 Cátedra de Maximiano






Objeto: silla
Material: marfil y madera
Fecha: h. 545-553
Lugar actual: Museo Arzobispal de Rávena
Época: Arte bizantino


Donde hay poder (imperial), que se vea 

Mediados del siglo VI. Hace ya casi un siglo que Odoacro, rey de los hérulos, depuso al último emperador romano de Occidente y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Ya solo había un emperador romano.

El emperador Justiniano emprendió el proyecto de reconquistar para el imperio ese Occidente que ahora estaba gobernado por bárbaros, unos más aliados de los romanos que otros. Logró así someter zonas de África, Hispania e Italia.

En el año 540 el ejército de Justiniano entró en Rávena. En este lugar, que había sido la última capital del Imperio de Occidente, se conservan maravillosos restos paleocristianos y bizantinos. Y parte se construyeron en esta época: la basílica de San Vital fue dedicada en el 546, y la de San Apolinar in Classe [en el Puerto], en 549.

Puso a mandar allí a uno de sus fieles, Maximiano. La hipótesis más aceptada es que Justiniano mismo fue quien encargó la confección de esta silla en Alejandría o Constantinopla y la mandó a Rávena. Se la regalaba así a uno de sus fieles, el obispo Maximiano. Éste era tan íntimo del emperador que incluso aparece representado en los famosos mosaicos de San Vital.

Se identifica a este personaje histórico como receptor del regalo a partir de un monograma en uno de los paneles, que se interpreta que corresponde con Maximianvs Episcopvs («Maximiano obispo»)

Es una obra muy densa, con más de veinte paneles de marfil tallados minuciosamente. Ya sabéis, ese horror vacui que se ve en tantos marfiles, tanto bizantinos, como cristianos o islámicos. No puedo entrar en detalles de cada uno de ellos. Baste decir que hay dos tipos de historias: unos paneles se refieren a episodios de la vida de Jesús de Nazaret y otras al patriarca hebreo José, sí, el que fue vendido en Egipto por sus hermanos.

Se nota el trabajo de, al menos, dos manos (o dos calidades) diferentes. Se piensa que igual el taller que lo elaboró fue afectado por la peste (hacia el año 540, la pandemia azotó el imperio) y por ello murieron los que habían comenzado la silla, más dotados que los que quedaron atrás. La parte mejor elaborada es la frontal, con los cuatro evangelistas y san Juan Bautista. El cordero de Dios aparece en un medallón.


Aquí vemos a Juan el Bautista en el centro, con los evangelistas a los lados. Arriba, el monograma y todo alrededor, la decoración intrincada con ramos de vid y pavos reales, toros, ciervos, leones, una fuente de vida… Merece la pena ampliar la imagen y fijarse bien en los detalles... Y es solo una de las placas de marfil.

¿Para qué servía una silla tan elaborada? Parece bastante incómoda para ser un asiento ordinario. Más que un trono episcopal al uso se considera que podría ser algo que simbolizara el poder del emperador y de la iglesia. Su uso se circunscribiría así a un objeto de exhibición, de propaganda. Se podía exponer en la iglesia, quizá con libros sagrados encima de ella. Y también, sacarse en procesión durante las festividades.

La eboraria es una de las artes aplicadas en las que más destacaron los bizantinos, con esos famosos dípticos consulares de la época. Y siguieron trabajándolo a lo largo de los siglos, como se comprueba en el triunfo de Romanos y Eudoxia, del siglo X u XI, del que ya hablé aquí. 

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.