lunes, 20 de septiembre de 2021

Día #250

 


 

Estoy en mitad del camino, del plazo que me he dado a mí misma para no desesperar.

 

Hoy, paseando, escuché de nuevo un podcast de 2018 del programa El tranvía de Broadway,  de Radio Clásica.

 

Es uno de los dos que, en 2018, dedicó al que es uno de mis musicales favoritos, Jesucristo Superstar, aunque yo más bien me aficioné por la película de 1973, dirigida por Norman Jewison.





 

Cuando yo era jovencita, escuchaba el disco (vinilo) una y otra vez, me lo sabía de memoria. En inglés, por si tenéis dudas.


Tuve la oportunidad de verla en el cine y me encantó. Hasta tenía el póster de la película en mi habitación de adolescente.

 

Sí ese que pongo aquí a la derecha. ⇨⇨⇨⇨⇨⇨


Siempre me ha gustado una buena intriga bien contada y con personajes potentes.


Es una historia fantástica, o sea, el argumento tiene de todo: traición, amor no correspondido, política, y tortura y ejecución en escena. Más emoción imposible.

 

Aún hoy en día, me encanta, porque es una historia de personajes muy fuertes, su psicología peculiar, que viene definida por lo que cantan y cómo lo cantan. Cada uno tiene su propio estilo, como la música disco que relacionas más con el personaje de Judas Iscariote. O ese glam rock de Herodes.


Reconozco que a mí uno de los personajes que más me llegan es el de Poncio Pilatos, que es la única persona más o menos racional en medio de tanto delirio. Intenta entender algo de todo esto, del papel en que le han puesto, y le toca juzgar algo que para él es incomprensible. No me extraña que lo primero que se le ocurra sea un patadón afuera, o sea, inhibición en favor de otra jurisdicción (Herodes).

 

La película, además, consiguió sacar del teatro la historia, rodando en unos escenarios espectaculares en el desierto. Hay unas escenas que son cine puro, como la de los tanques.  Si lo has visto, no creo que puedas olvidarlo. Me pregunto si la repondrán en los cines dentro de dos años, cuando se cumplan los cincuenta años del estreno de la película.

 

Diréis que qué porra eso de iniciarse en el teatro musical gracias al cine. Bueno si te pones a verlo, Jesus Christ Superstar empezó como un álbum conceptual en 1970, solo que después lo hicieron musical. Y ya la peli vino más tarde.

 

El género al que pertenece es la ópera rock. La música la puso Andrew Lloyd Webber y, la letra, Tim Rice. Como no conseguían montar la producción escénica, lanzaron primero el álbum en 1970. Fue el éxito de éste lo que llevó a su estreno en Broadway en 1971.


Que sea una de mis historias favoritas, y de las pelis que más he visto, y de los álbumes que he escuchado decenas de veces, me parece todo un mérito. Me sorprendo a mi misma que esta historia me llegue tanto considerando que, aunque soy de cultura católica, no soy creyente.

 

Yo se la recomiendo a cualquiera que guste de una historia bien contada, mejor rodada y con una música inolvidable.

 

Podéis escuchar los podcast gratis del programa El tranvía de Broadway en la web de Radio Nacional. Comenta más el musical que la película. Gracias a ello, puedes escuchar diversas versiones de las canciones. También curiosidades, como que Agnetha Fältskog, la de Abba fue la María Magdalena de Suecia.

 

Acabo recordando que me gustó también un montón una versión que vi no hace mucho, también fantástica, de 2018, con John Legend como Jesús. La puesta en escena, más del siglo XXI, era estupenda.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Día #249

 



 

The pure sound of Ljuba Welitsch, que a pesar de ese look tan anticuado, pone en Spotify que es un álbum de 2020, 13 canciones que se grabarían a lo largo de los años, supongo que en los cuarenta y los cincuenta.

 

Ljuba Welitsch (1913-1996) fue una soprano búlgara de nacimiento. Uno de esos cantantes asociado, inevitablemente, a un pape concreto: la Salomé de Richard Strauss.

 

 

Tuvo una carrera bastante breve. Debutó en Sofía 1936, pero pronto se metió por medio la Segunda Guerra Mundial. Durante esos años, formó parte de compañías de ópera alemanas: Hamburgo (1941-1943), Múnich y Berlín (1943-1946). Fue estando en Berlín cuando Strauss la vio y le impresionó tanto que hizo que ella cantara su Salomé. La ayudó a preparar el papel, y lo interpretó en Viena en el año 1944, Sí, en tiempos de guerra, en la parte de Europa dominada por los nazis.

 

No he visto nada de que tuvieran que desnazificarla, y de hecho acabada la guerra asumió la nacionalidad austríaca. Es entonces cuando su carrera internacional despegó: Londres en 1947 y el Met de Nueva York en 1949.

 

Cuando debutó en Nueva York, lo hizo con Salomé. Deslumbró por su interpretación, como cantante y como actriz. La revista Variety, según leo en la Wikipedia en inglés, se centró mucho en cómo interpretaba la danza de los siete velos, que dejó sin aliento al público. El historiador Kenneth Morgan habla de un aplauso de quince minutos, algo prácticamente sin precedentes en la historia de la compañía. Nada parecido se había oído en el Met durante una generación, y se habló del impacto de esta producción durante años después.

 

Para mediados de los años cincuenta, el estado de su instrumento le obligó a retirarse. Hay quien le echa la culpa a que interpretara tantas veces un papel vocalmente tan exigente como el de Salomé. Siguió una carrera como actriz.

sábado, 18 de septiembre de 2021

#41 Narraciones extraordinarias

 



 

Autor: Edgar Allan Poe

Año: 1832-1846

Género: cuentos

Idioma original: inglés

 

 

 

Cuentos de horror, sátiras o detectivescos, todo fríamente romántico

 

            Estuve pensando en hablar de la novela Gordon Pym de Poe, pero creo que, al final, lo que seguimos leyendo de este autor son sus relatos cortos. Conservan ese tono tan decimonónico que mezcla el horror con algún toque de humos satírico, como puede decirse de «La esfinge de calavera».

          Edgar Allan Poe nació en Boston en 1809 y murió en Baltimore en 1849. Posiblemente sea el escritor estadounidense que más nos gusta a los extranjeros. Se le puede adscribir al movimiento romántico, pero en la parte de misterio, noche y pesadilla. No te cuenta romances, ni tampoco novelas históricas. Aunque tiene poemas muy conocidos, como «La esfinge de calavera», lo cierto es que se le reconoce como gran maestrro del relato corto.

Cultivó el cuento de terror, con una gran frialdad y distanciamiento emocional en lo que narra. Te estremece no solo lo que te cuenta, sino esa manera casi indiferente ante el mal. Si te pones a leer los mejores, como «El corazón delator» o «El gato negro», te das cuenta de que te habla de asesinos un poco psicópatas, que matan porque sí, por impulso, y de la misma manera que otros asesinos de este tipo, acaban siendo desordenados y no se distancian de la prueba del delito.

Se le considera iniciador del relato detectivesco, y de ellos hay dos ejemplos estupendos protagonizados por ese Dupin que es uno de los primeros detectives aficionados de la historia, de los que simplemente reflexiona sobre las personas y las cosas que la policía le cuenta, para deshacer el misterio: «Los asesinatos en la “rue“ Morgue» y «La carta robada».

Como todos los grandes cuentistas de la historia (Antón Chéjov o Katherine Mansfield), su obra se publica fragmentariamente, en antologías más o menos amplias. Si intentas leer toda su obra corta, acabas con varias antologías en que las historias se repiten.

Lo mejor, si estás seguro de que te gusta, es comprar una integral. Hay una versión imbatible de los Cuentos completos, la edición comentada con traducción de Julio Cortázar. He mirado en Amazon y hay una edición tapa dura de Páginas de Espuma, N.º 1, del año 2009. Al parecer, Cortázar dedicó nueve meses de viaje por Italia para traducirlo, allá por el año 1953.

Pero bueno, yo ilustro con uno de esos libritos a los que tengo mucho cariño. Estas Narraciones extraordinarias tienen copyright de 1969. Pertenecía a la colección aquella RTVE, de toda la vida. La edición no es de mucha calidad, lo reconozco, llega un momento en que las hojas se desprenden. 

Sin embargo, la selección de títulos que hicieron los de Salvat me pareció siempre muy buena. La primera literatura que yo leí fue en estos libritos y por eso siempre tengo un huequito para ellos en mi corazón.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Día #247

 

Hace poco ha sacado disco Véronique Gens, una soprano francesa especializada en el repertorio barroco y neoclásico, o sea, justo el que a mí me gusta. Admito que no es para todos los gustos, el aficionado sigue tirando más de Verdi o Wagner y ve estas cosas como curiosidades.


Yo prefiero no elegir, a mí me va prácticamente todo.

 


Se titula «Lully, Charpentier & Desmarets: Passion» y es una gozada para todo el que le guste del barroco francés. Es maravilloso escuchar a una mujer en la plenitud de su carrera, con esa potencia vocal, esa dicción, esa ¡pasión! que insufla vida a algunas heroínas tan excesivas como Médée.

 

Está muy bien acompañada por el Ensemble Les Surprises, Les Chantres du Centre de Musique Baroque de Versailles y el organista/clavicordista Louis-Noël Bestion de Camboulas.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

#35 Yáñez de la Almedina: Santa Catalina

 



 


Santa Catalina

 

 

Fecha: h. 1510

Estilo: Arte renacentista

Autor: Fernando Yáñez de Almedina

Técnica: óleo sobre tabla

Ubicación: Museo del Prado (Madrid, España)

 

 

Una princesa egipcia vestida al estilo del Renacimiento

 

Esta figura de tamaño ligeramente mayor del natural (mide 212 x 112 cm) es la más representativa, a mi juicio, del Renacimiento español. Y, con su serena mirada, y tranquilidad, pese a representar a una mártir, es de las más hermosas. Por eso la traigo aquí.

Para que comprendamos lo que representa hay que tener en cuenta el lore católico, que diría mi milenial de cabecera. La leyenda de santa Catalina de Alejandría es la de una princesa cristiana, hija del rey Costo, con la que el emperador Majencio (en unas fuentes, dicen Maximino) quiso casarse, y ella lo rechazó; quiso que hiciera sacrificios paganos, y de nuevo ella dijo que no. Le pusieron a debatir con sabios, para que la convencieran, y al final fue al revés: ella los convirtió al cristianismo. A los sabios los condenó a la hoguera. A ella, a la cárcel, a morir de hambre, pero una paloma enviada por Dios la alimentó. Ordenó que la mataran con la rueda dentada pero una nueva intervención divina la salvó, partiendo la rueda, cuyos trozos cayeron sobre el público. Finalmente, hartito ya, hizo que la decapitaran.

Una historia así la puedes representar en plena faena de torturar hasta la muerte a la pobre muchacha, con todo el gore, cosa que sería como más del barroco, o bien como una figura, rodeada de objetos alusivos a su vida y obras.

Aquí se opta por esta segunda vía. Una mujer tranquila, que viste con todo el lujo de una aristócrata renacentista. En las mangas luce letras cúficas. Al recoger el manto con una mano, se ve una primera falda decorada con detalles nasji, un estilo de caligrafía árabe, de formas redondeadas y letras pequeñas, es decir, uso del alfabeto árabe como elemento decorativo. Lleva un collar de perlas de varias vueltas, de la que cuelga un joyel, oro y piedras preciosas.

Sostiene una espada, alusiva a su decapitación. Pisa la rueda dentada de su martirio. Detrás, vemos una corona (que alude a que es una royal) y un libro (demostrativo de su sabiduría) sobre el cual se distingue la palma del martirio.

El siglo XVI español se divide, artísticamente, en tres partes. El primer tercio de siglo sigue dominado por la influencia flamenca, pero hay excepciones italianizantes, y Yáñez de la Almedina es una de ellas. La temática habitual en aquella época era religiosa, y así se ve con esta Santa Catalina. La influencia italiana entró en la península a través de Levante, en concreto por Valencia, lo cual es lógico, siguiendo las rutas comerciales entre la península italiana y la ibérica.

No se conoce mucho de su autor. Se supone que era de origen manchego, como Fernando de los Llanos, con quien trabajó en el retablo de la Catedral de Valencia. Estos dos Fernandos aparecieron en la ciudad del Turia en torno al año 1506. De Fernando Yáñez de la Almedina se dice que trabajó probablemente con Leonardo da Vinci, o al menos que tuvo conocimiento de su obra. 

La huella leonardesca es evidente, en este cuadro, en el rostro de la santa, con esa suavidad de formas, el esfumado, la sonrisa un poco distraída, ensimismada. A pesar de que la santa se supone que sufrió atrocidades, se la ve con una placidez o tranquilidad interior.

La historia del cuadro no se sabe segura. En esta página web del Museo del Prado se informa de que pudo hacerse para la iglesia de santa Catalina, donde Yáñez y Fernando de Llanos, trabajaron en 1510. La tabla perteneció a valencianos: la familia Creixell primero y al grabador Vicente Peleguer después. La tenía en su colección el marqués de Casa–Argudín. El Ministerio de Educación Nacional la compró en 1946 para el Museo del Prado.

A mí me gusta mucho este cuadro, es de esos que tú vas por El Prado, fijándote en otras cosas y de repente ves esto y te explicas perfectamente que la consideren «icono imprescindible de las salas de pintura española del XVI», y por eso la pongo aquí, que para eso es mi blog.

domingo, 12 de septiembre de 2021

#34 Giorgione: La tempestad

 



 


La tempestad

(La tempesta)

 

 

Fecha: h. 1504

Estilo: Arte renacentista

Autor: Giorgio Barbarelli da Castelfranco, más conocido como Giorgione

Técnica: óleo sobre lienzo

Ubicación: Galerías de la Academia (Venecia, Italia)

 

 

Uno de los mayores enigmas de la historia de la pintura

 

En 1530, el literato y coleccionista veneciano Marcantonio Michiel (1484 -1552) vio este cuadro en casa de los Vendramin, y lo describió de la siguiente manera en su Notizia d’opera di disegno

«pequeño paisaje, sobre lienzo, con una tempestad, una gitana y un soldado».

En realidad, no se sabe seguro que los personajes fueran una gitana y un soldado, pero atina Michiel en destacar los dos elementos estilísticos más importantes de este cuadrito.

Primero, estamos básicamente ante un paisaje («paesaggio»), género pictórico que se desarrolló en el siglo XVI y al que contribuyeron grandemente los venecianos. Los fondos, en la Edad Media, tendían a ser dorados o monocromos. Poco a poco, autores como Giotto, fueron introduciendo elementos de la naturaleza, como arbolitos o montañas. En el Renacimiento seguía existiendo la excusa argumental, tenían que aparecer personajes, o contarse una historia, pero cada vez con menor relevancia.

Aquí el paisaje lo domina prácticamente todo. En primer plano, a la derecha, en una ribera y ante unos matorrales, una mujer desnuda que mira hacia el exterior, al espectador del cuadro, amamanta a un niño. Un lienzo le cubre los hombros.



Al otro lado del arroyo, un hombre joven, de colorida vestimenta roja, y apoyado en lo que puede ser un palo o una pica, mira hacia la derecha, posiblemente a la mujer.

Entre ellos, la corriente de agua serpentea y lleva nuestra mirada hacia el fondo, donde lo cruza un puente.

Al lado izquierdo, vemos unas columnas rotas y un edificio de arcos clásicos. A la derecha, edificaciones medio tapadas por árboles y arbustos. Si te fijas en la primera, en un tejadillo, se puede distinguir una cigüeña, blanca contra el cielo plomizo.

Pero lo segundo en que se fijó Michiel fue en que aquí había una tempestad. Y es que, efectivamente, nos sentimos atraídos por ese cielo tormentoso, esa tormenta que da nombre al cuadro. Entre las nubles plomizas, un rayo cruza el cielo e ilumina los ominosos nubarrones. Se trata de una representación verosímil de la naturaleza, del cielo, algo que progresivamente se iba consiguiendo.

No se trata solo de que describa un fenómeno de la naturaleza. Es que contribuye a lo que se convierte, al final, en un paisaje emocional. La luz de la tormenta, eléctrica e inquietante, baña toda la escena. Por ello la sensación que transmite es de desasosiego. Nada bueno puede salir de esto. Tanto en la época pagana como en la cristiana, los rayos se tomaban como presagios negativos, indicios de la cólera de los dioses.


Esta concepción del paisaje de forma tan poética fue continuada por pintores como Tiziano, solo una década más joven que Giorgione pero que vivió muchísimos años más, mientras que Giorgione murió joven. Con todo esto, el cuadro se convertía en un paisaje con figuras, en vez de unas figuras que representan una escena en un paisaje. Esa atmósfera algo opresiva se convierte en el tema real, al que se someten las propias figuras.

El estilo es muy veneciano. No solo por esa importancia del paisaje, tan propio de esa escuela, sino también por el cromatismo. Los colores predominan sobre el dibujo. Son además, tonos intensos, lo que hoy llamaríamos colores joyas. La superficie pictórica luce el brillo del rubí y las esmeraldas, el blanco níveo de las perlas.

Son esos tonos, las suaves gradaciones de los colores, ese esfumato, lo que convierte en este cuadro en algo novedoso, un ejemplo de la transición de las perspectiva geométrica que vemos más propia del Renacimiento florentino hacia la perspectiva aérea propia del manierismo y el barroco.

Lo que más encontrarás, a la hora de comentar este cuadro, es lo enigmático que resulta. Qué se representa aquí no se sabe, y hay teorías para todos los gustos. No voy a detallarlas, porque eso daría no para uno sino para decenas libros. Se ha querido ver tanto un tema veterotestamentario (Moisés salvado de las aguas) como cristiano (Descanso en la huida a Egipto), de la antigüedad griega (Enone) y romana (Lavinia), incluso temas alegóricos (la Constancia y la Caridad) o alusiones a determinadas obras literarias. Hay quien dice –y esto no deja de tener su interés, pero me suena a boutade de artista moderno, más que de la Venecia de principios del XVI–, que en realidad Giorgione no quiso desarrollar ningún tema en particular, sino simplemente presentar una figura masculina y otra femenina en un paisaje, como una especie de tour de force que demostrara su habilidad.



Eso sin contar que todo podía llevar un significado oculto. Por ejemplo, la cigüeña simbolizaba el amor de los niños por sus padres, o un pilar, símbolo de firmeza y estabilidad.

La cosa se complicó cuando, haciendo radiografías al cuadro, se descubrió que donde está el soldado o pastor, primero se pintó otra mujer desnuda. Con lo que no se resolvía nada, en realidad. 

El cuadro no está datado, pero se sitúa en la época de madurez de Giorgione. Se han dado varias fechas; en la Wikipedia se deciden por un «hacia 1508». En el sitio de las Galerías de la Academia, recuerdan que las dataciones oscilan entre 1503 y 1509. Consideran lo más plausible que fuera un encargo de Gabriele Vendramin hacia 1504:

«un año decisivo para su viaje personal y, por tanto, cronológicamente más distante de la pintura "monumental" de Giorgione de sus últimos años».

Es la obra más conocida del Giorgione. Mide 82 x 73 centímetros. Está elaborada en óleo sobre lienzo. El óleo, como ya vimos al hablar de cuadros pintados por los flamencos, permitía esa luminosidad, al pintar fina capa sobre capa. Leí por ahí que la particular técnica de veladuras que se empleaba allí hacía que los cuadros tuvieran que repintarse y que, de hecho, muchas obras de Giorgione recibieron nuevas capas pictóricas de autores posteriores como Ticiano.

Estilísticamente, este cuadro se sitúa en el Renacimiento veneciano, en lo que sería ya el Cinquecento. Porque no solo en Florencia y Roma se produjeron obras maestras.

La escuela veneciana destacaba por su cromatismo, la excelencia de sus retratos y la atención que prestaban a la representación del paisaje. Quienes consolidaron esa forma de hacer las cosas fueron pintores del siglo XV como Gentile y Giovanni Bellini o Carpaccio. Los grandes continuadores fueron maestros como Tiziano, Veronés y Tintoretto.

Este cambio se estaba produciendo, curiosamente, en un momento, la primera década del siglo XVI, que fue de todo menos fácil para la republica de Venecia. La riqueza les venía de ser centro comercial entre oriente y occidente. Pero el chollo se les acabó con los viajes de exploración transoceánicos. La más moderna tecnología naviera estaba en la península Ibérica. Eso llevó a Portugal a explorar la vía que rodeaba África, en busca de los mercados orientales. Y la cosa empeoró cuando la Corona de Castilla se dirigió hacia el Oeste, a buscar una ruta por el otro lado y acabó descubriendo a los europeos todo un Nuevo Mundo, lo que llevó a la primera globalización. Decían cosas como «Cristóbal Colón ha causado más daño del que jamás aparejaran todos los genoveses juntos. Pues, con su descubrimiento del Nuevo Mundo, ha mostrado que pueden venir por mar esas especias y aromas que, transportadas a lomo de camellos hasta Alepo, y después por mar, habían hecho de Venecia el almacén de Europa».

Hay que añadir que estamos en la primera fase de la guerra de la liga de Cambrai que era prácticamente todos (el papa, el emperador Maximiliano, Francia y España) contra la república veneciana. La derrota en Agnadello, en 1509, marca el fin de su expansión territorial. Y ese mismo año, los portugueses lograron la decisiva victoria en la batalla naval frente a Diu, lo que significó que durante un siglo, se convirtieran en el poder hegemónico en el Índico, con lo que controló la ruta marítima de las especias.

Con esto, el puerto adriático amenazaba con hacerse irrelevante. Consiguió sobrevivir renunciando a ambiciones territoriales, fomentando la diplomacia y jugando a tres bandas, o a cuatro, las que hagan falta.

Así pudo seguir produciendo un arte magnífico a lo largo de los siglos XVI y XVII. Ya sabéis que donde hay money, hay poderío y se fomentan las artes. No es de extrañar que en tantos cuadros se exalte la opulencia, ciertos metales y ricos tejidos, la riqueza, en suma.

Lo suyo siempre fue, como ya se ha dicho, el colorido, y una cierta sensualidad que evoca la idea del carpe diem. Una razón que se ha dado para ese amor por el cromatismo, por el color antes que por la línea y el dibujo, es la propia realidad veneciana. Una ciudad brumosa, con las miasmas y el vapor de la laguna que difuminaba los contornos. Así que acostumbraba el ojo más a las volúmenes y a los colores que a la nitidez del dibujo preciso. También, el ser una metrópoli con gentes de todo el mundo, le daba un colorido especial a sus calles y canales, con tanto traje vistoso y personas diferentes.

El autor

Giorgio o Zorzi da Castelfranco llamado Giorgione nació en 1476 o 1477, en Castelfranco, localidad que estaba en tierra firme, en la provincia de Treviso. Fue un artista intelectual, que además cultivaba la música. Es por ello que sus cuadros podrían tener todos los significados ocultos y literarios del mundo, viviendo como vivía en un ambiente tan sofisticado.

Tiziano se formó a su lado, y juntos trabajaron en proyectos como los frescos para la Fondaco dei Tedeschi.

Murió en Venecia en 1510, relativamente joven. Pocas obras se le pueden atribuir con certeza. Y aun con ello, su obra, especialmente esta, es una de las esenciales de la historiografía del arte. 

 

Otras obras

Os pongo un par de otras obras suyas que veréis citadas, sobre todo porque tienen cierta trascendencia y fueron modelos a imitar por artistas posteriores.

«Fiesta campestre» (1508-1509), óleo sobre tabla, 110 cm × 138 cm, Museo del Louvre, París (Francia). 

En el renacimiento veneciano se pintaron estas escenas campestres con músicos, ninfas o musas, en un paisaje idílico. Más tarde, les imitarían los franceses del Barroco, con cuadros de fêtes galantes (fiestas amorosas) como las de Fragonard o Watteau. En realidad debieron se representaciones alegóricas de la música, la poesía, el amor sagrado y profano,… esas cosas. Ya en el siglo XIX, fue una referencia para Manet y su Desayuno en la hierba: hombres vestidos y mujeres desnudas en un entorno natural.

«Venus dormida» o «Venus de Dresde» (h. 1509-1510), óleo sobre tabla, 108,5 cm × 175 cm, Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde (Alemania). 

Se cree que estaba pintando esta obra cuando falleció, motivo por el cual se le atribuye a él la figura femenina y la roca que queda detrás, detrás, y a Tiziano el paisaje y las telas. Se crea con este cuadro el modelo de representar a una bella mujer tumbada, abandonada a sus ensoñaciones en mitad de un paisaje en el que predominan los amarillos y los azules. Es indudablemente el modelo para la «Venus de Urbino» de Tiziano. Probablemente sea el primer desnudo femenino como tema aislado, el desnudo por sí mismo, desde las diosas de la antigüedad; se le llama Venus, pero realmente no hay ninguno de los elementos que habitualmente acompañan a la diosa.

domingo, 5 de septiembre de 2021

#84 En busca del arca perdida

 

Póster en FilmAffinity


 



Indiana Jones: Raiders of the lost ark

Año: 1981

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Spielberg

Música: John Williams

 

Una de aventuras al estilo antiguo

 

Otra de esas películas que he visto tantas veces que he perdido la cuenta. Porque, bueno, Harry, you know.

La última vez, este mismo verano de 2021, en el avión. Mis nativos digitales me enseñaron que podía ponerme Prime en el móvil y así ver películas o documentales durante el viaje. Me amenizó el viaje hasta Canarias.

De nuevo, me quedé enganchada de esta historia sobre el arqueólogo sexi de los años treinta que intenta localizar el arca de la alianza antes de que la encuentren los nazis. Por el camino, retomará la relación con Marion, una antigua novia con la que rompió de mala manera.

La historia nos llevará de Estados Unidos al Himalaya y luego a Egipto, para rematar la faena en una isla del Mediterráneo, con una escena horrible cuando se desata la furia divina contra los que se han atrevido a abrir el arca.

Si no has visto la película, encontrarás puro entretenimiento, con todos los tópicos del mundo. El héroe valiente, la damisela en peligro, el sidekick nativo, el malote del parche en el ojo, los nazis remalos… Todo muy cliché, pero funciona a la perfección.

Lo importante es que te dejes llevar y no andes buscándole vueltas a lo fantasioso de la historia o al orientalismo de papel maché.

Siempre hay algo nuevo cada vez que veo la película. Esta vez me fijaba más en cómo trata el tópico de la second chance in love, lo poco científico que es Indiana (el antiarqueólogo), y en si tiene o no razón Amy (Big Bang Theory), cuando dice que la presencia de Indiana Jones es innecesaria para el desarrollo de los acontecimientos. Su teoría asegura que el mayor plot-hole del guión es muy obvio: de no existir el héroe los nazis habrían descubierto el Arca igualmente, se habrían fundido al abrirlo y el resultado final sería el mismo, convirtiendo la figura protagonista en prescindible.

Sobre objeciones a esta teoría de Amy y otras cosas ilógicas de Indiana Jones, podéis leer el resto del artículo en Jotdown. Te echas unas risas.

La cosa es que a mí me encanta. Indy es necesario porque, bueno, por Harrison Ford, ¿qué queréis que os diga? Ahora las cosas son de otra manera, vale, pero la escena entre Indy y Marion en el barco mercante fue, para mi yo de doce años, lo más sexi del mundo.

Obtuvo cinco premios Óscar (de los técnicos, montaje, dirección artística, esas cosas), el premio BAFTA al diseño de producción, y Spielberg fue elegido el mejor director por la Asociación de Críticos de Boston. Por lo visto, en 2008 la revista Empire la puso la segunda en su ránking de su lista de las «500 mejores películas de todos los tiempos».

Es uno de esos clásicos con muchas anécdotas e historias detrás de su creación. Cómo George Lucas ideó el personaje, y acabó decidiendo hacer esta película mientras hablaba con Spielberg en la playa; cómo Lucas rechazaba a Harrison Ford para protagonizarlo, y al final lo aceptó, a petición de Spielberg; o la curiosidad de que el U-Boot que aparece se lo alquilaron al equipo de producción de Das Boot (1981), una peli que a día de hoy no sé si meteré o no en mi lista de cien.

Si queréis saber estas y otras chuminadas, ya sabéis, para eso están la Wikipedia, Film Affinity, o la Internet Movie Data Base.

Os dejo aquí el tráiler en castellano, para echarle una ojeada a Indy.