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domingo, 17 de enero de 2021

#4 El médico



 

 

Título original: The physician

Autor: Noah Gordon

Fecha de publicación: 1986

 

Me parece a mí que esta es la novela histórica por excelencia de finales del siglo XX. Escrita con un amenísimo estilo, de ese que yo llamo «superventas internacional», te lleva desde la miserable Inglaterra medieval a la floreciente Ispahán por la que transitó Avicena.

Por si alguien no ha visto la peli, os cuento la historia.

Robert J. Cole, un muchacho de Londres, se queda huérfano muy pronto. Acaban colocándole como aprendiz de barbero. En aquella época un barbero era el que hacía cirugías, extraía muelas, y, en este caso, entretenía al personal, además, con malabares y venta de producto «milagroso» que como El elixir de amor de Donizetti, en el fondo era solo una bebida alcohólica. 

Rob le coge el gusto a eso de sanar a la gente, y quiere saber más. Pero si de verdad quieres conocer mejor cómo funciona el cuerpo humano, y hacerte sabio en este campo, tienes que ir a las mejores escuelas, que entonces eran las que estaban, lógicamente, en la parte civilizada del globo.

Tenía opciones, desde la península ibérica hasta la escuela de Salerno. Pero opta por marchar a Persia, en concreto a Ispahán, donde entonces vivía el príncipe de los sanadores, Avicena.

Pequeño problema: ahí admiten a musulmanes y judíos, pero los cristianos lo tienen prohibido. No tanto por los musulmanes sino por la propia iglesia. Así que a Rob se le ocurre la idea de hacerse pasar por judío para poder formarse allí. Asume el nombre de Jesse Ben Benjamín.

Hay una larguísima primera parte en la que te cuentan las andanzas del niño y adolescente Rob por la isla de la Gran Bretaña, formándose en diversos trucos que luego le serán útiles. También pule un poco su misterioso «don» que le permite captar el grado de salud de una persona.

Pero el grueso de la historia se desarrolla en Persia, en la escuela-hospital en la que aprende medicina, así como filosofía y religión para convertirse en hakim (o sea, médico). Se echa un amigo musulmán (Karim) y otro judío (Mirdin). Acabará aprendiendo tanto preceptos judíos como islámicos. Claramente tibio en materia religiosa, tanto le da aprender unas normas que otras.

Lo que a él le obsesiona es el saber, descubrir cómo es el ser humano, qué le hace enfermar, cómo puede sanar.

Como novela histórica que reconstruye una época y unos lugares es apasionante. Sabe crearte un marco totalmente creíble. Te descubre un mundo no muy frecuentado por la novela histórica occidental, la parte más desarrollada del mundo, la civilización islámica de principios del siglo XI. Me resultaba interesantísimo ver lo que hacen, cómo visten, lo que comen, cómo viven pero, aún más, los entresijos políticos, las ideas de las personas, esas cosas tan difíciles de aprehender.

Vale, es verdad que tiene fallos históricos, la Inglaterra que reconstruye parece más propia de siglos posteriores, con castillos de piedra o gremios, cosas que –tengo entendido– no había en aquella pobretona isla antes de la conquista normanda. Pero vamos son cositas que a mí no me molestaron y que realmente pillas si sabes un poco de historia medieval.

Para mí, uno de los mayores aciertos es cómo transmite la idea que existía entonces de lo que era la medicina; y, de hecho, es lo que perduró hasta que el método científico empezó a hacerse cargo de este ámbito. 

La medicina y la cirugía eran campos diferentes. La cirugía, es decir, intervenciones corporales que hoy consideramos propias de odontólogos, traumatólogos y cirujanos, las llevaban a cabo barberos como el que aparece en el libro. Es la medicina que yo llamo de chapa y pintura, justo el campo en el que menos tontería y charlatanería puedes meter, porque necesitas un resultado: heridas que coser, huesos que enderezar… Por eso era, a mi modo de ver, el único campo de la medicina que a lo largo de los siglos hizo algo útil. Y en la que por ejemplo, a día de hoy, aunque las pseudoterapias pululan por todas partes, parece más a resguardo de ellas; aún estoy por ver anestesia homeopática.

La medicina se consideraba, en cambio, casi como una rama de la filosofía, que tiraba de lo escrito por griegos y romanos mil años antes. Explicaban las cosas por los cuatro humores, mirando el horóscopo del enfermo, haciéndole sangrías a tutiplén,... O sea, cosas bastante absurdas que muchas veces mataban más que si hubieran dejado al cuerpo luchar por sí solo contra la enfermedad. Pero eso era lo que daba caché al médico, porque un barbero no podía analizar las estrellas a ver por dónde andaban en cada momento.

Sin ser médico, de lo poco a lo que le encuentro algún sentido es el análisis que hacían de la orina o el aliento, para saber qué pasaba dentro del cuerpo humano.

Por supuesto, abrir el cuerpo de una persona para ver cómo era en realidad por dentro estaba prohibido por las tres religiones, algo que se ve aquí en este libro.

Otro detalle que me gustó, y que encontré más actual que nunca, es el episodio de peste que estalla en una ciudad persa. La solución sigue siendo la misma: aislar el lugar del brote hasta que se controla. Es una solución medieval, pero la única cuando la cosa se te ha ido de las manos. Ellos no sabían por qué ocurrían estas cosas, ni cómo se podía hacer algo por los enfermos.

A esta gente la idea de que hubiera microorganismos que causaran las enfermedades… no sé, les estallaría la cabeza. La mayoría de la gente también rechazaba esa idea, hicieron falta los microscopios para comprender que había vidas diminutas que no vemos, y cosas que no están ni vivas ni muertas, como los virus, y que son la causa de las enfermedades infecciosas.

Tener una visión un poco detallada de cómo era esta medicina medieval a mí sinceramente me deja impresionada.

Los personajes, en general, están bien trazados y tienen una personalidad propia, no solo el protagonista, sino también Barber, el barbero cirujano con el que hace sus pinitos, y sus amigos en la escuela de medicina, Karim y Mirdin.

Como suele ocurrir con novelas escritas por hombres, la parte femenina se queda en el cliché, y no le pases el test de Bechdel. Las mujeres son mero adorno al servicio de este o aquel personaje masculino, interés sexual o romántico y nada más.

Diréis que tiene sentido, porque es la historia de él, y que todos los personajes están a su servicio, pero en realidad no es así. Hay personajes que tienen sus escenas propias desvinculadas de Rob. Recuerdo el detalle con el que se narra una carrera en la que participa Karim, el chatir, que leí con gusto porque me encanta el deporte, no me entendáis mal, pero tanto detalle de lo que este piensa o siente o recuerda, que si le da una vuelta, que si le da otra,... es ajeno al hilo argumental referente a Rob. Por lo tanto, podía perfectamente haberle metido algo más de chicha a los personajes femeninos, y no lo hizo.

Hace años, no me fijaba en estas cosas. No obstante, llega un momento en que caes en ello y ahora sí que lo echo en falta.

Así que no, no esperéis encontrar mujeres de carne y hueso entre sus páginas. Hay insinuación de lo que pudieron ser grandes personajes, si solo les hubiera dedicado en algún momento alguna escena como la del chatir de Karim.

Me llama la atención que este libro, escrito por un estadounidense, no tuvo demasiado éxito en su país natal. En Europa arrasó, convirtiéndose en un superventas, particularmente en España y Alemania.

Siempre me ha llamado la atención que aquí adoramos la novela histórica, mientras que en Estados Unidos la ignoran bastante. Yo a veces digo, a aquellos que desprecian la romántica, que en EE. UU. es este género el que domina las ventas, tanto como aquí la histórica, y así se hacen un poquito más a la idea.

Seguro que hay un motivo para que nos atraiga más la historia que allí. No voy a elucubrar. En Europa estamos enamorados de la novela histórica, en EE. UU., de la romántica. Y el suspense, o novela negra, en ambos sitios. Me resulta curioso que a los europeos nos encanta la histórica, con independencia de que sea historia de la misma geografía que nosotros habitamos o no.

En conjunto es una novela de las imprescindibles si te gusta el género. Es entretenidísima, y fácil de leer.

El autor, luego, escribió otras dos, Chamán (1992) y La doctora Cole (1996). Las leí cuando salieron, así que no recuerdo gran cosa de ellas. No me gustaron particularmente, se dejan leer, sin más. Me parecen prescindibles.

Como a estas alturas es un clásico del género, tiene página en la Wikipedia. 

lunes, 20 de enero de 2020

#47 Gran mezquita de Ispahán

Vista panorámica de tres de los lados de la mezquita
Fotografiado por Fariborz Alagheband (2010)
[CC BY-SA 4.0], via Wikimedia Commons



Tipo de construcción: mezquita
Época: principalmente, siglo XI
Lugar: provincia de Ispahán (Irán)

Hacer, y rehacer, y añadir… más de mil años de arte islámico en un solo lugar

1055 es un momento de ruptura entre los lados oriental y occidental del mundo islámico. Es el momento en el que los turcos selyúcidas ocuparon Bagdad. Y es un momento trascendente para el arte islámico.

Entonces se observa un cambio en los modelos de mezquitas. Ya no es el prototipo sirio con raíces bizantinas, sino que se empiezan a tomar más los modelos orientales, en los que hay un gran patio central al que van a dar los divanes o iwanes.

Modelo de este nuevo modelo constructivo del siglo XI es la gran mezquita de Ispahán, cuya planta cruciforme tiene un patio en el medio y, a cada uno de los cuatro lados, un iwan, sobre los ejes longitudinal y horizontal.

El iwan es una sala cerrada por tres de los cuatro lados, y que se incluye en la arquitectura islámica a partir del período abasí.

Sería, estilísticamente, un segundo momento del arte islámico, el que va desde fines del siglo XI hasta el siglo XVI. Aunque, como ya se ve, aquí se empieza a construir antes y se le siguen haciendo reformas y añadidos después. Pero lo mollar es esa construcción del siglo XI. Luego sirvió de modelo a otras mezquitas de Asia central, de los mogoles timúridas, como el mausoleo de Ali ibn Musa al-Rida en Mashhad, un importante centro de peregrinación chiíta, y la madraza Giyatiyya de Khargird, en el Jorasán.

Es una de las mezquitas más antiguas de Irán. Aquí cada una de esas salas abiertas llamadas iwanes está abovedada.

Aunque los orígenes de la mezquita están en el siglo VIII, lo cierto es que se reconstruyó en el siglo XI, y fue remodelada posteriormente. Así, la cúpula meridional fue construida en 1086–87 por el visir Nizam al-Mulk, y era la más grande de las conocidas en aquella época; un año después, se erigió la cúpula septentrional por Taj al-Mulk, rival de Nizam al-Mulk. El iwan que está en el muro de la quibla, el meridional, destaca por su ornamentación de muqarnas ejecutado en el siglo XIII.
Ejemplo de muqarnas, con construcción caligráfica
Fotografiada por Diego Delso [CC BY-SA 4.0]
Por si alguien tiene curiosidad por saber cómo se hacían este tipo de adornos, y qué diferencia hay entre los mocárabes del arte islámico occidental y las muqarnas del oriental, hay un artículo muy ilustrativo en la página web del Patronato de la Alhambra. Hay mucha geometría detrás de estos elementos constructivos.

A lo largo de los siglos siguientes, cada una de las dinastías que pasaron por Ispahán (los mongoles, los muzafáridas, los timúridas, los safávidas) le fueron haciendo añadidos. Así que se puede ir siguiendo la historia persa a partir de la huella que cada uno iba dejando en esta mezquita.

Ispahán se encuentra en la intersección de las dos principales rutas norte-sur y este-oeste de Irán. Semejante cruce de caminos floreció entre los años 1050 y 1722, convirtiéndose por dos veces en la capital de Persia: primero con los selyúcidas a mediados del siglo XI y luego con los safávidas en los siglos XVI y XVII. No es de extrañar que queden ejemplos tan maravillosos del arte islámico como esta gran mezquita, y otros que a ver si tengo en el futuro oportunidad de comentarlos aquí.

La «Mezquita del Viernes de Isfahán» está incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2012, y en su página web lo describe de la siguiente manera:

Situada en el centro histórico de Isfahán, la “Mezquita del Viernes” ilustra de manera sobresaliente la evolución de la arquitectura de mezquitas desde el año 841 d. de C. y a lo largo de doce siglos. Es el edificio más antiguo de su estilo en Irán y sirvió como prototipo para varias mezquitas posteriores construidas en Asia Central. El complejo, de una extensión superior a los 20.000 metros cuadrados, es también el primer edificio islámico que adaptó el diseño con cuatro patios propio de los palacios sasánidas a la arquitectura islámica de carácter religioso. Sus cúpulas abovedadas representan una innovación arquitectónica que inspiró a los constructores de otros edificios en la región. El sitio tiene además detalles decorativos representativos de desarrollos estilísticos que abarcan más de mil años de arte islámico.
Como siempre, para saber más, podéis empezar por la Wikipedia.

Encontré en internet este vídeo de apenas minuto y medio, para que te hagas a la idea de cómo es esta gran mezquita.

sábado, 6 de julio de 2019

#5 Modelo de carro del Oxus






Objeto: ¿juguete, exvoto?
Material: oro
Fecha: siglos V-VI a. C.
Lugar actual: Museo Británico (Londres)
Época: Aqueménida


De origen un poco novelesco…

La historia de cómo llegó a conocerse esta pieza, junto con las demás que constituyen el llamado tesoro del Oxus, es tan de película que hay quien dice que es precisamente eso: un cuento chino ideado para enmascarar algún saqueo, o algo peor, hasta unas falsificaciones.

En un momento de lucha, en mitad de la Segunda guerra anglo-afgana (1878-1880)... que no fue más que un episodio del Gran juego entre Rusia y Reino Unido por el control de Asia central... aparecen unos comerciantes de Bujará, que pretenden llegar a la India.

Parece que sus mercancías no son cosa de gran valor, pero todo es disimulo. Llevan consigo un auténtico tesoro con piezas de oro y plata. De repente, cerca del paso del Jíber, unos bandidos los atacan. Un criado pudo escapar y pedir ayuda a las autoridades británicas. Inmediatamente se embarcan en una operación de rescate y acaban encontrando en una cueva en las montañas, a los bandidos, los comerciantes y el tesoro, justo cuando los delincuentes estaban ocupados discutiendo entre ellos por el botín.

El ejército inglés los rescató y los comerciantes pudieron vender las piezas de su tesoro por los bazares de la India. Con el tiempo, un coleccionista británico, Sir Augustus Wollaston Franks, fue comprando estas piezas y acabó legándolas, en 1897, al Museo Británico. Allí se expone, actualmente, el conjunto llamado tesoro del Oxus, entre los cuales se puede ver este carro en miniatura.

El carro está labrado en oro. Tiene unos veinte centímetros de largo, 7,5 cm de alto y un peso de 75,5 gramos.

Como se ve, representa un carro tirado por cuatro caballos, bastante pequeños. Les faltan unas cuantas patas, solo se pueden contar nueve. El carro está abierto por detrás. Dos personas viajan en él: el auriga y un pasajero de calidad, quizá un sátrapa persa de visita por las provincias. Ambos llevan torques.

Hay una partición longitudinal que posiblemente fuera un asiento.

La parte delantera del carro es ancha por arriba y estrecha por abajo. Hay dos bandas incisas en cruz, probablemente representando puntales de refuerzo en diagonal. Estas bandas están decoradas con triángulos y en la intersección aparece representado un dios egipcio, Bes. El suelo del carro tiene un entramado que quizá representa correas entrelazadas. Las dos grandes ruedas tienen nueve radios y están hechas de tal forma que, en el pasado, debieron poder girar. Todo su diámetro está recubierto por bolitas.

Posiblemente fuera un exvoto, una especie de ofrenda a un templo, de donde fue cogido, o saqueado en el siglo XIX. También podría ser simplemente algún juguete, si consideramos que Bes era una deidad que se suponía protegía a los jóvenes, como atestiguan muchos amuletos encontrados por todo el territorio que en su tiempo formó parte del imperio persa.

Si nos fijamos en el contexto histórico, es verdaderamente complejo. Se supone que se encontró en algún lugar en las orillas del Oxus, hoy conocido como Amu Daria, en Asia central, una zona que se conocía como la Bactriana. Todavía hoy es zona fronteriza, entre Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán...

Era una de las satrapías del imperio persa de la Antigüedad, que llegó a extenderse desde Turquía y Egipto en el Oeste hasta el límite con la India en el Este. Como entidad política, se distinguió por respetar las creencias y la organización propia de cada uno de los territorios conquistados, siempre que respetaran la autoridad del rey de Reyes y le pagaran los impuestos debidos.

Es uno de esos artefactos que conocí gracias al programa A history of the world in a hundred objects. Hablan precisamente de esa característica del imperio persa. Cuando conquistaron Babilonia, por ejemplo, liberaron a los judíos, y por eso se habla de ellos tan bien en la Biblia. Integraban a los diversos pueblos de su territorio. En el capítulo dedicado a este carro lo ponen como ejemplo de diversidad: el carro es persa (muy parecido a los representados en la Apadana de Persépolis o en el carro de Darío del mosaico de Issos), la ropa que llevan las figurillas son típicas de los medos, y el dios representado, egipcio.

Otra de las piezas del tesoro, un brazalete con ese motivo tan
persa de animales enfrentados. Ha perdido los esmaltes y las
piedras preciosas incrustadas


También recuerdan que era un imperio muy bien comunicado, con una red de carreteras y mensajeros envidiable.

En realidad, es algo muy propio de los imperios (hasta el imperialismo europeo del siglo XIX, que era otra cosa, más colonialismo que otra cosa): integrar bajo un solo poder personas diversas, sin pretender uniformidad, pero sin poner en peligro la autoridad. Para ello hacía falta unas buenas comunicaciones que conectaran el poder central con la periferia, vías seguras que permitieran el comercio, el intercambio de mercancías y personas, a grandes distancias. Que el comercio, en definitiva, es motor de riqueza. Es algo que de una u otra forma se ve también en el imperio romano y en español, por ejemplo.

El arte aqueménida es un claro reflejo de estas influencias del Este y del Oeste, de mezcla de muchos elementos. Su orfebrería era, simplemente, espectacular. Se cree que fueron tan buenos que llegaron a la producción en serie de este tipo de pequeños objetos en metales preciosos como los que forman el tesoro del Oxus. Así que el objeto en sí bien pudo haberse elaborado en un lugar tan alejado de su hallazgo como por ejemplo los talleres de orfebrería de Susa o Persépolis. Ya sabemos que el hecho de encontrar un determinado objeto en un lugar no significa que fuera realizado allí, sino que pudo llegar de muchas maneras.

Siempre me han fascinado las organizaciones políticas que, como el imperio aqueménida, eran capaces de integrar a gente muy diversa, primero por conquista claro, pero luego en pacífica coexistencia para crear riqueza. Un imperio no se aguanta si solo se basa en la fuerza. Tiene que haber ventajas materiales para todos los que están bajo la égida unificada de un rey de reyes.

¿De dónde proviene este objeto, en realidad? No se sabe. De algún lugar en la ribera norte del Amu Daria. Se ha teorizado que pudo venir de Takht-i Kuwad, en lo que hoy es Tayikistán. Eso es, al menos, lo que decía la primera noticia del hallazgo, publicada en un periódico ruso en 1880: que el tesoro se había encontrado en las ruinas de ese antiguo fuerte y vendido a comerciantes de la India. Otros indican que pudieron provenir del templo de Takht-i Sangun. Y hasta quien contó que se encontró simplemente en el lecho del río. De algún modo, los lugareños se hicieron con estas valiosas piezas de orfebrería y se las vendieron después a los comerciantes del emirato de Bujará. Que tuvieron aquel episodio tan novelesco (o no) a finales del siglo XIX...

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

sábado, 7 de enero de 2017

#14 Sistema hidráulico de Shushtar



Antiguos molinos hidráulicos de Shushtar
Por Alireza Shakernia [CC BY-SA 3.0]
Via Wikimedia Commons






Tipo de construcción: sistema hidráulico
Época: siglo V a. C.
Lugar: provincia de Juzestán, Irán


Porque no sólo de tumbas y palacios vive el hombre.

El agua es esencial, lo era hace miles de años y sigue siéndolo en la actualidad, cuando consumimos más que nunca. Las civilizaciones nacen y mueren en torno al agua, y no comprender la importancia de este elemento geoestratégico sólo puede provocar que gobernantes corruptos acaben privatizándolo en interés de las grandes compañías de alimentación.

Por eso, para el cierre de esta breve visita a Irán, me parece esencial llamar la atención sobre cómo resolvían estas civilizaciones de la Antigüedad la esencial necesidad de agua. Los egipcios tenían al Nilo, los mesopotámicos (que significativamente es la “tierra entre dos ríos”) al Éufrates y al Tigris, en la India estaba el Indo y otros grandes ríos que nacen en el Himalaya, y cómo olvidarse de los grandes ríos de China, el Azul y el Amarillo. Pero, ¿y las mesetas iraníes, sus montañas y sus desiertos? Allí no hay grandes ríos que se puedan asemejar. ¿De dónde tomaban su agua los aqueménidas, los partos, los sasánidas?

Aquí entra en funcionamiento el ingenio humano, la ingeniería hidráulica como prodigio en el que la creatividad y la técnica se ponen al servicio de la sociedad.

Primero, y a esto se refiere sobre todo el lugar que visitamos hoy, aprovechaban al máximo las posibilidades de sus ríos, aunque no fueran tan caudalosos como los grandes ríos de Asia. Segundo, ante la insuficiencia de los ríos, desarrollaron en Persia, durante el I milenio a. C., unas construcciones esenciales en las zonas desérticas o semidesérticas llamadas qanats, que captaban agua subterránea y la sacaban al exterior.

El sistema hidráulico histórico de Shushtar (en persa, سازه‌های آبی شوشتر‎‎) es Patrimonio de la Humanidad, y en su página web, la Unesco lo describe así:


Puentes, presas, canales, construcciones y molinos de agua del pasado y el presente, inscrito como obra maestra del ingenio creativo, se remonta a los tiempos de Darío el Grande (siglo V a.C.) con la creación de dos canales principales de desviación de las aguas del río Kârun. Uno de ellos, el canal de Gargar, todavía abastece de agua a la ciudad de Shushtar, atravesando toda una red de túneles y haciendo funcionar un conjunto de molinos hidráulicos. Desde un farallón espectacular, el agua cae en cascada hacia un estanque situado en la parte baja, antes de entrar en la llanura situada al sur de la ciudad donde riega un terreno de 40.000 hectáreas de campos y huertos de árboles frutales conocido por el nombre de Mianâb (el Paraíso). El sitio comprende también un conjunto de construcciones notables como el castillo de Salâsel, centro de control de todo el sistema hidráulico, la torre de Kolâh-Farangi, que mide el nivel del agua, y toda una serie de presas, puentes estanques y molinos hidráulicos. Este sitio es un testimonio del saber teórico y práctico de los antiguos elamitas y los pueblos mesopotámicos, de los conocimientos técnicos de la civilización nabatea posterior y de la influencia de la ingeniería civil del Imperio Romano.

Como siempre, para saber más, podéis empezar por la wikipedia, con el artículo dedicado a este lugar. En inglés, hay artículo sobre Shushtar en Destination Iran.

jueves, 5 de enero de 2017

#13 Persépolis


Puerta de Jerjes, en el palacio de Persépolis.
Autor: ahura_ (2011) [CC BY 3.0]
Via Wikimedia Commons



Tipo de construcción: complejo palaciego
Época: 518-330 a. C.
Lugar: provincia de Fars, Irán


La capital imperial de los persas.


Los persas dominaron el territorio de las mesetas iraníes, desde Mesopotamia hasta el Indo. Ya he señalado que su primer gran imperio fue el aqueménida, entre el 560 y el 331 a. C. Alejandro Magno le dio la puntilla cuando tomó Persépolis y la saqueó, quemando de paso el palacio del Gran Rey.

El arte de este imperio se manifiesta, sobre todo, en tumbas y palacios. De tumbas ya vimos un ejemplo con Naqsh-e Rostam, con los hipogeos de varios reyes persas; hay otro modelo funerario, que es la tumba de Ciro en Pasargada, en forma de edículo.

Pero característicos son también sus palacios, que construyeron en piedra y ladrillo, sobre terrazas. Las cubiertas eran de madera. Te puedes imaginar una llanura inmensa y allá en lo alto, el palacio imperial. La ideología de esta arquitectura es evidente: impresionar con la grandeza imperial.

Mezclaban elementos que habían tomado de otras culturas con las que entraron en contacto. De los egipcios tomaron, por ejemplo, las salas hipóstilas, las puertas adinteladas estaban rematadas como pilonos egipcios (gola egipcia); de los griegos de Asia Menor, las volutas que encontramos, en doble fila, en sus capiteles; de los asirios, los monstruos alados que se pueden ver en las puertas, si bien ellos tienen cuatro patas, y no cinco como sus precedentes. 

A diferencia de sus predecesores egipcios y mesopotámicos, estas dependencias tenían ventanas. Una característica muy llamativa son las grandes salas o apadanas, donde se celebraban recepciones. Llegaban a caber diez mil personas, todas homenajeando al rey.

Se puede uno hacer a la idea con los relieves que aún se conservan, tallados en las paredes, por ejemplo en las rampas de subida, y que contienen procesiones de guerreros o de vasallos del Gran Rey.

Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1979, y en su página web lo describen así:


Capital del imperio aqueménida fundada por Darío I en el año 518 a.C., Persépolis fue construida sobre una inmensa terraza, natural y artificial a la vez, en la que el rey de reyes erigió un espléndido conjunto palacial de proporciones colosales inspirado en los modelos mesopotámicos. Este sitio arqueológico es único en su género por la cantidad y la calidad de los vestigios monumentales que posee.


Como siempre, para saber más, podéis empezar por la wikipedia, con el artículo dedicado a este lugar.

National Geographic dedicó un reportaje a Persépolis, “La fastuosa capital del imperio persa”. 

Y hay una página en la que se puede ver una reconstrucción de Persépolis en 3D.

sábado, 31 de diciembre de 2016

#12 Behistún



Inscripción de Behistún datada h. 520 a. C. en Persia.
Foto de Hamidreza Sorouri (2015) / Persian Dutch Network
[CC BY-SA 4.0]
Via Wikimedia Commons







Tipo de construcción: bajorrelieve en roca
Época: 521 a. C.
Lugar: provincia de Kermanshah, Irán

La piedra Rosetta de Oriente Medio

Ya comenté que iba a hacer varios artículos sobre el Irán preislámico. Hoy toca hablar de la inscripción de Behistún, que está en el oeste del país.

De nuevo, tenemos la pared de un acantilado y, en ella, se pusieron a tallar una inscripción y un bajorrelieve. La inscripción es un mismo texto en tres idiomas: persa antiguo, elamita y babilonio. Así, si sabes uno de ellos, puedes descifrar los otros dos.

A la inscripción le acompaña un bajorrelieve protagonizado por el rey Darío I, acompañado de dos sirvientes y diez figuras que representan los pueblos conquistados. El dios Ahura Mazda bendice al rey, flotando por encima.

Dos curiosidades, una infrecuente y la otra indignante. La primera, que la barba de Darío se la añadieron después, mediante un bloque de piedra que unieron con pernos de hierro y plomo. La otra, que los soldados ingleses usaron esta inscripción para prácticas de tiro durante la Segunda Guerra Mundial. Durante dos mil quinientos años fue respetado por todos los pueblos que pasaron por allí y tuvieron que venir esos bárbaros a destrozarle la cara a Ahura Mazda.

Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2006. En la página web de la Unesco lo describen así:


El sitio de Behistún está situado al borde una antigua ruta comercial que unía el altiplano iraní con Mesopotamia y conserva vestigios arqueológicos que van desde los tiempos prehistóricos hasta la época de los iljánidas, pasando por los periodos de dominación de medos, aqueménidas y sasánidas. El monumento principal de este sitio arqueológico es el bajorrelieve con inscripciones cuneiformes que ordenó ejecutar Darío I el Grande, cuando accedió al trono del Imperio Persa el año 521 a.C. En el bajorrelieve se presenta a Darío con un arco, símbolo de la soberanía, hollando el pecho de un personaje que yace de espaldas delante de él. Según la leyenda, el personaje es Gaumata, el mago medo pretendiente al trono persa que Darío asesinó, abriéndose así paso hacia el poder. Debajo del bajorrelieve, y a su alrededor, hay una inscripción de unas 1.200 líneas que relata la historia de las batallas libradas por Darío en los años 521 y 520 a.C. contra los sátrapas que intentaron desmembrar el imperio fundado por Ciro el Grande. La inscripción está redactada en tres lenguas: elamita, babilonio y persa antiguo. El texto más antiguo es el elamita, que refiere una serie de leyendas sobre el rey y las rebeliones que aplastó. El texto en babilonio narra leyendas análogas. La última parte de la inscripción, redactada en persa antiguo, es especialmente importante, porque es la primera vez que se hace mención a la gesta de Darío en esta lengua. Es la única inscripción monumental aqueménida conocida sobre la restauración del Imperio Persa por este monarca. Este monumento atestigua los intercambios recíprocos entre las culturas que influyeron en el desarrollo del arte monumental y la escritura en el territorio del Imperio Persa. En Behistún se conservan también vestigios del periodo medo (siglos VIII a VII a.C.), del aqueménida (siglos VI a IV a.C.) y de épocas posteriores.


Como siempre, para saber más, podéis empezar por la wikipedia, con el artículo dedicado a este lugar.

En la revista digital La Crisis de la Historia encontramos un artículo dedicado a “La inscripción de Behistún”, muy completito, porque nos habla del imperio aqueménida y Darío I.

Como curiosidad, hay un blog dedicado al imperio persa aqueménida y también habla de esta inscripción.