martes, 25 de agosto de 2026

#14 Madame Bovary

 



Título original: Madame Bovary. Mœurs de province

Autor: Gustave Flaubert

Fecha de publicación: 1856-1857

 

Un clásico imprescindible

 

Sí, encontraréis muchas listas de obras clásicas que hay que leer sí o sí, incluyendo cosas como El Quijote o Guerra y paz, junto con La divina comedia o el Fausto de Goethe. Y de todos dirán que son clásicos y que son imprescindibles.

Sin embargo, algunos sí que resisten el paso del tiempo y cualquier lector medianamente culto puede disfrutarlos. Otros, es sólo para criaturas esforzadas que estén dispuestos a luchar colina arriba, cual César en Munda; por ejemplo, el Ulises de Joyce. Serían clásicos que, a mi juicio, no son tan imprescindibles, y aquí incluyo no sólo al novelón de Joyce sino a Goethe y Dante. No son imprescindibles porque cuesta mucho leerlos, entenderlos y al final sacas poco o nada; estoy hablando de lo que yo diría a cualquier lector medio, ojo. 

Como digo, Madame Bovary me parece a mí de los imprescindibles. Dice la Wikipedia en francés: «Se trata de una obra fundamental de la literatura francesa». Yo digo que, para mí, es una obra fundamental de la Literatura universal.

A diferencia de lo que se suele decir, mis «beach readings» suelen ser libros más complejos, para los que solo tengo tiempo y ánimo en vacaciones, y no tanto en invierno, con el estrés del trabajo. Por eso me llevé en el viaje de veraneo en agosto de 2026, este libro, en edición de tapa dura, papel, sí (véase la foto), no el e-book, para pasar sus hojas frente al mar, con la tranquilidad y el oleaje. En una tumbona y bajo la sombrilla, ideal.

La historia es sabida, aunque comienza y acaba no propiamente con la Madame del título sino con Bovary, su esposo, que hasta tiene otro matrimonio antes del de Emma. Para cuando ella aparece, ya tienes medio camino andado en cuanto a saber en qué sociedad provinciana se desarrolla. Después de todo, el título completo es «Madame Bovary: Moeurs de province», o sea, «La señora Bovary: costumbres de provincia».

Emma, hija de un campesino, pero educada en un convento, tiene sueños románticos de un ambiente refinado y rico, de aristocráticos enamorados, luz de luna, valses, etc. inspirados por sus lecturas. La realidad prosaica de ser la esposa de un «oficial de salud» (ni siquiera un médico de verdad) le aburre y su salida de pata de banco es convertirse en adúltera, y vivir por encima de sus posibilidades.

Me encantó leerla. Me parece todo un novelón y, lo admite, contribuyó grandemente a mi placer la traducción, magnífica, de Mauro Armiño. ¡Qué importante es que, si no puedes leer el original, accedas a la mejor versión posible de esta historia en tu propio idioma!

La novela se publicó originalmente en 1856 y 1857, primero en la Revue de Paris y luego en forma de volumen, para lo cual recuperó algunos fragmentos previamente censurados.

El libro pasó por un proceso judicial por obscenidad. Al primer editor de Madame Bovary y Flaubert los acusaron de «delitos de ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres», pues se creía que no se limitaba a describir un adulterio, sino que incitaba a él.

No veo cómo eso es posible, ya que la impresión con la que te quedas es, más que nada, que Emma es una insensata que se busca la ruina, la suya y la de su familia, con sus sentimientos exaltados que suenan bastante impostados. O sea, le quiere meter fantasía, romanticismo, a lo que no son más que rollos sexuales. Pero cuidado, que ella misma tampoco parece que se interese por (o comprenda a) los hombres en sí mismos.

Para mí, lo del adulterio casi es lo de menos; creo que llevo peor que no tenga buen juicio en cuestiones de dinero. Ni lo uno ni lo otro es culpa del marido, que hace lo que puede dentro de los estrechos límites de esa vida, y le deja manga ancha para que haga y deshaga, sin darse cuenta de a qué se dedica ella.

No es solo ella, creo yo, la que no encuentra sentido a su vida. En general, todos los personajes, —salvo un par de ambiciosos que tienen claro lo que quieren y ponen todas sus habilidades al servicio de sus planes—, me parecen bastante básicos, elementales, sin aspiraciones particulares. Se dejan llevar por una vida rutinaria. O sea, la banalidad y la mediocridad es algo que padecen prácticamente todos.

Unos tienen objetivos claros, aunque limitados, y dedican a ellos sus esfuerzos, buenos o malos. Otros comprenden el abismo que separa sus sueños de la realidad, y lo llevan mejor. Aún más, hay personajes que no son conscientes de lo limitado de su entorno, o que simplemente carecen de sueños o aspiraciones y llevan una vida circunscrita a lo elemental, cual animalucos.

Flaubert nos lo cuenta con estilazo, con ese aire tan gabacho que auna la distancia del entomólogo con el preciosismo del poeta. Pero siempre con cierta frialdad de fondo, como si te desafiara a ver si te atreves a sentir cariño por alguna de sus criaturas. Ni siquiera los malos de la historia son de los que puedas odiar con pasión. En su Historia de la literatura universal, Riquer & Valverde, aprecian esto mismo y lo contrastan con el afecto que tienen otros autores por sus criaturas.

Podría decirse que Madame Bovary tiene algo de paralelismo con el Quijote, en cuanto sátira de la mala educación literaria, en una provinciana que pierde, no la razón, sino el sentido moral, por lecturas más presentidas que hechas. Pero el humor es acre y reservado, y falta el amor que Cervantes, como todos los novelistas de rango absolutamente supremo, termina por sentir por su figura.

Para mí esa distancia y frialdad es un rasgo que encuentro, en general, en la literatura francesa frente a, por ejemplo, la española. Porque no es sólo Cervantes, también son Galdós o Clarín, en quienes ves esa comprensión humana, esa ternura, o misericordia hacia las flaquezas humanas.

La perfección en el estilo solo se logra con trabajo, mucho tiempo, corrigiendo una y otra vez. Flaubert le dedicó la friolera de seis años a la redacción de esta novela. Los atajos a la grandeza, digo yo para mí, no existen. Sólo hay trabajo.

Añado, para tranquilidad de todos, que el proceso, desarrollado del 29 de enrro al 7 de febrero de 1857, acabó en absolución de los acusados, gracias al buen hacer de su abogado, a quien dedica el libro, Marie-Antoine-Jules Sénard. La Iglesia católica incluirá esta obra en su Índice de Libros Prohibidos en 1864. 

Aunque hoy nos parezca ridículo aquel juicio, lo cierto es que sigue existiendo gente que no quiere que determinadas cosas se publiquen, que tú, ciudadano medio, no tengas ni la oportunidad de decidir por ti mismo si lo lees o no. Claro que ahora son otros motivos, y diferente las formas de «muerte civil» (salvo en el reino Unido, ahí tienen unas leyes antilibelo algo locas), pero en el fondo es lo mismo, a poco que penséis en casos de la actualidad. 

Lo que quiero decir es que siempre habrá quien no quiera que tú no leas esto o aquello. Es lógico, y cada uno defiende lo suyo; hay cosas que yo tampoco querría que la gente leyera. Ahora, hay una diferencia: unos te explican sus razones y dejan que tú decidas por ti mismo, mientras que otros te quitan esa opción eliminando esa noticia o ese libro, de la circulación.

Creo que solamente por el hecho de ser un libro que alguien quiso que nunca llegara a tus manos, merece la pena intentar leerlo. Pero Madame Bovary no necesita tampoco ese activismo por la libertad de expresión. Es valioso por sí mismo, por cómo retrata a los personajes, y al paisaje y al paisanaje. 

Puede admitir muchos análisis y lecturas, desde los individuos a sus clases sociales, a la dinámica económica, a la literatura mal entendida, un poco de todo. La perspectiva de clase es interesante, tanto Bovary como su marido en cierto sentido son desclasados. Sus progenitores intentaron que se elevaran por encima de la vida campesina, para instalarlos en la burguesía, entre comerciantes y profesionales, pero a la siguiente generación, la hija de estos dos, ves cómo (*destripe*) acabará nuevamente en la clase trabajadora, solo que ya no en el campo. En cierto sentido es desolador: que el esfuerzo y sacrificio de unos padres para dar a sus hijos una vida mejor acabe siendo el fracaso de éstos para proporcionar lo mismo a los suyos. No se puede dar por descontado un determinado nivel de vida, hay que saber mantenerlo. De nuevo, la economía y el dinero, que se ve en otros detalles del libro, como quién se relaciona con los Bovary y quién no, o quien lo hizo y luego deja de hacerlo.

Recomiendo este libro a cualquier amante de la literatura. Eso sí, por favor, prescindid de traducciones pedestres por mucho que vengan en ediciones cuquis, y apostad por Mauro Armiño. De ovación y vuelta al ruedo.

Como es un clásico, tiene página en la Wikipedia

lunes, 10 de agosto de 2026

#2 Dioses, tumbas y sabios

 

Götter, Gräber und Gelehrte

 


Título original: Götter, Gräber und Gelehrte

Autor: C. W. Ceram

Año: 1949

Género: Ensayo

Tema: Arqueología

 

La auténtica novela de la arqueología

 

Este es un clásico de divulgación sobre la arqueología. Te cuenta cómo se hicieron los grandes descubrimientos de la Grecia Antigua, Egipto, Mesopotamia...

Muchas de las cosas que aquí se dicen sobre reconstrucción del pasado las ha ido corrigiendo el tiempo, pero el fuerte de este libro no es tanto lo que se ha descubierto, sino cómo se hizo, quiénes fueron aquellos pioneros de la investigación histórica. Muchos parecen más aventureros que científicos.

Eran excavaciones, aquellas de los siglos XVIII y XIX, poco técnicas, destruían de forma inconsciente capas y capas de yacimiento por acceder a lo que más les interesaban, que eran los tesoros.

Te lo cuenta de una manera amenísima. El autor no era historiador ni arqueólogo, sino periodista, y recurre a la habilidad de un auténtico reportero, como si te estuviera dando las noticias de lo que hacían gente como Schliemann. Eran aficionados que compensaban su falta de formación con un entusiasmo que les hizo triunfar donde otros fracasaron.

Ceram es un decidido defensor de los aficionados, porque repasando la historia de la ciencia, muchos no eran «profesionales», y eran ellos precisamente los que hacían avanzar las cosas pensando out of the box en las que les había encerrado la academia.

Considerando el desarrollo de la investigación científica en el curso de la Historia, veremos cómo un extraordinario número de descubrimientos célebres ha sido hechos por aficionados, por los outsider, o inclluso por simples autodidactas que impulsados por una idea obsesiva no se detenían ante los obstáculos con que su propia cultura cerraba el paso a los profesionales. Ellos no conocían las anteojeras de los especialistas y saltaban las barreras levantadas por la tradición académica.

Otto von Guericke, el más famoso físico alemán del siglo XVII, era jurista de profesión. Denis Papin era médico. Benjamin Franklin era hijo de un jabonero y, sin instrucción universitaria o secundaria alguna, no sólo llegó a ser un político activo —cosa que está al alcance de mucha gente—, sino un sabio famoso; Galvani, el descubridor de la electricidad, era médico, y según Wilhelm Ostwald demuestra en su «Historia de la Electroquímica», debió su descubrimiento precisamente a su falta de conocimientos.

Después de un prólogo y una introducción, se dedica no a la arqueología en general, sino a la historia de los descubrimientos en determinadas áreas: 

I. El libro de las estatuas (sobre la Antigua Grecia); 

II. El libro de las pirámides; 

III. El libro de las torres (Mesopotamia); 

IV. El libro de las escaleras (Centro y Mesoamérica) 

V. Sobre los libros de historia de la arqueología que todavía no pueden escribirse. Es un último libro, más breve, dedicado a otros ambitos en que o bien las investigaciones no fueron tan aventureras o bien aún no se habían producido (al tiempo de la escritura de este libro) grandes descubrimientos.

Te cuenta las cosas de una manera tan evocadora, que te sitúas mentalmente tanto en el pasado histórico que se intentaba reconstruir como aquellas excavaciones en sí. Te habla de Egipto, por ejemplo...

Por la mañana temprano, el sol asoma en la lejanía en un cielo color azul de acero y, volviéndose amarillo fuerte y abrasador, recorre su trayectoria por la arena unas veces parda, otras amarilla, ocre o blanca. Sus sombras, muy acusadas, contrastan sobre dicha arena como la tinta sobre el papel y recorta estilizadas siluetas de sus modelos. Y contra esa sequedad, siempre acompañada por el sol, que no conoce cambios de clima, ni lluvias, ni nieves, ni nieblas, ni granizos, que no sabe del retumbar del trueno...

Me resulta curioso descubrir cómo, cuando hablan de Mesoamérica, los españoles habían escrito sobre aquellas culturas, incluso crearon diccionarios de las lenguas que se hablaban en la época de la Conquista, pero que realmente no les daban credibilidad hasta que se produjeron las excavaciones arqueológicas, siglos después, que evidenciaban la realidad de lo descrito por los españoles.

Este ensayo es intencionadamente ameno, te quiere contar aquellas historias de los pioneros de la arqueología como si se tratara de auténticas novelas. De hecho, el propio autor lo considera así. Por ello —como ya he dicho— se ha centrado en civilizaciones como las de Grecia y Egipto, y no tanto en otras con escasa novelería.

Entre los «libros que todavía no pueden escribirse» se refiere sobre todo a los hititas, el Indo y los incas.

No hemos de olvidar, por otra `parte, que nuedtro libro lleva como subtítulo «novela de la arqueología». Para justificarlo hemos elegido aquellas civilizaciones cuya exploración se nos ofrecía en verdad como una aventura romántica.

C. W. Ceram (1915 –1972) era en realidad un pseudónimo del autor Kurt Wilhelm Marek. Se lo inventó escribiendo el nombre al revés, y cambiando la K por una C. Era una forma de ocultar su trabajo anterior como propagandista del Tercer Reich.

En 1949 escribió este que es su libro más famoso, Götter, Gräber und Gelehrte. Se ha traducido a casi una treintena de idiomas. Ha vendido más de cinco millones de ejemplares y sigue publicándose actualmente. 

Curiosidades. Primera, que fue él quien publicó de forma anónima Una Eine Frau in Berlin (Una mujer en Berlín, 1954), escrito por Marta Hillers, un relato espeluznante sobre el sufrimiento de una mujer alemana por culpa del Ejército Rojo.

Segunda, hay un premio alemán (el premio Ceram, Ceram-Preis) para ensayos sobre arqueología.

Dioses, tumba y sabios es, desde luego, un clásico de la divulgación histórica totalmente recomendable para cualquiera que esté interesado en estos temas como mero aficionado.