Autor: Santiago Posteguillo
Fecha de publicación: 2011
Parte de una serie: Trilogía de Trajano #1
Yo diría que Santiago Posteguillo es de los mejores escribiendo novela histórica «de romanos», al menos en nuestro idioma. Otros autores hispanos que he probado son más historiadores que novelistas, de esos que se entusiasman con describirte la panoplia, pero con escasa garra dramática. Resultan más aburridos.
Posteguillo, no. Es uno de esos que yo llamo «cuentacuentos», que son capaces de apasionarte hasta con la guía de teléfonos.
De su producción, a mí lo más logrado me parecen la trilogía de Escipión (y dentro de ella, en particular la segunda novela, de la que ya hablé aquí, Las legiones malditas) y esta de Trajano. Ahora anda con Julio César, que todavía no he leído. No sé si después de las de McCullough, Steven Saylor o Robert Harris, tendrá algo nuevo que decir o imaginar. Será interesante.
A ver, es un tocho, pero ¡vaya novelón! A pesar de pasar de las mil páginas, no puedes parar de leer, amenísimo. Me maravilla la capacidad del autor para poder recrear todo un mundo, sin recurrir al tedioso «infodump». Es increíble cómo puede agarrarte por el cogote y no soltarte.
Para narrar el ascenso de Trajano al trono imperial, nos habla de otros emperadores precedentes, del ambiente de violencia en Roma, así que en muchas páginas el supuesto protagonista está ausente. Pero es que hay que entender cómo era aquella Roma de la segunda mitad del siglo I, y lo logra con creces.
Lo que más me llama la atención de Posteguillo es la habilidad a la hora de narrar batallas, cómo mueve la cámara de un lugar a otro y consigues tener una idea bastante buena de cómo se debía combatir en aquella época.
De esta manera, nos lleva del agotador asedio a Jerusalén a las traicioneras campañas al norte del Danubio o el Rin, con su perenne lluvia y bosques inquietantes.
Pero, al mismo tiempo, es un libro «de golpe». Como una «heist movie», describe la manera en que se va tramando el asesinato del emperador Domiciano, primero la planificación y luego la ejecución. Unas cosas salen bien y otras no tanto. El autor tiene esa garra para la acción y la intriga que te deja al pentís de la silla, mordiéndote las uñas.
Noto cierto esfuerzo en intentar hacer personajes femeninos con cierta enjundia, algo que para mí fallaba en sus —por lo demás— impresionantes novelas de Escipión. ¿Lo consigue? Mejora. Aquí «se hace un Ripley» (por «Alien», no por el personaje de Patricia-Highsmith), o sea, te mete heroínas «kickass», tan peleonas como ellos, de manera que se las describe como si fueran hombres. Es una opción quizá no muy allá pero que la prefiero cien mil veces antes de las mujeres de Escipión. Por lo menos lo intenta —y le salen— féminas interesantes.
Quizá lo que peor llevo, aunque se puede perdonar en una novela que pasa de las mil páginas, es algún ocasional descuido a la hora de escribir. Ejemplos: confunde infringir por infligir (p. 714, «ambos infringieron numerosas bajas»), o desencajar por desentonar (p. 732), recurre demasiado para mi gusto a las repeticiones de enumeraciones con «y» («fuerte y hermoso y pleno de energía y juventud»), alguna frase desaliñada (tipo «enganchar la cuerda con un gancho»), más de una vez creo que usa «porque» cuando debería ser «por que», o un «sino» que más bien sería «si no».
Luego hay una expresión que es marca de la casa porque se la vi en la trilogía de Escipión, eso de «piel suave y tersa» que suena a anuncio de crema hidratante. Incluso cierta inconsistencia (¡Atención spoiler!) cuando te dicen que Domitila sabe la muerte de sus hijos en agosto del 96 y comenta, al mes siguiente, septiembre del 96, que el emperador «tiene a mi marido, tiene a mis hijos», como si aún estuvieran vivos. Es posible que la historia de Domitila la quisiera contar de una manera, y luego acabase escribiéndola de otra (fin del destripe).
Tampoco me gusta (y esto es preferencia personal mía) ese empeño en dejar en latín palabras que ya tienen equivalente en español, o incluso se escriben igual, como lanista, mirmilón, o catafracto. Las sigue poniendo en cursiva como si fueran extranjerismos crudos.
Es obvio que el autor prefiere trabajar la exactitud histórica al estilo literario. No todo lo puedes hacer bien. Lo entiendo y es acertado, los lectores de novela histórica buscamos eso, más que literatura. Aun así, me pregunto cómo es posible que un filólogo puede confundir infringir con infligir, la verdad. Vale que lo suyo es la Filología Inglesa, y no la española, pero aún así...
Otra cosa: me sobran son las notas al pie. ¿De verdad un lector de histórica ambientada en la antigua Roma necesita que le pongan abajo, en pequeñito, por dónde andaba la Dacia? En cambio, los apéndices me parecen un acierto. Me encanta que ponga esquemas de batallas, mapas de Roma, Jerusalén o del mundo romano, o que cuente qué parte es histórica y qué parte no, o porqué lo planeó así. Pero en apéndices, no en el cuerpo de la novela.
Finalizo con la forma de leerlo. Puedes hacerlo todo seguido o bien, si quieres seguir un orden cronológico, alterar los capítulos conforme a un plan que el autor propone en uno de esos apéndices. Yo lo que hice fue empezar a leer normal y luego cuando llegamos al año del asesinato, iba saltando de un capítulo a otro, releyendo otra vez los primeros. Fue un poco incómodo, pero funcionó bastante bien.
Totalmente recomendable si te gusta la novela histórica, especialmente la ambientada en la Antigua Roma. Las objeciones que le pongo son solamente mis preferencias personales.
Por si queréis saber más sobre el autor, os dejo enlace a su página web.


