Título original: Madame Bovary. Mœurs de province
Autor: Gustave Flaubert
Fecha de publicación: 1856-1857
Un clásico imprescindible
Sí,
encontraréis muchas listas de obras clásicas que hay que leer sí o sí,
incluyendo cosas como El Quijote o Guerra y paz, junto con La
divina comedia o el Fausto de Goethe. De todas dirán que son
clásicos y que son imprescindibles.
Sin
embargo, algunos sí que resisten el paso del tiempo y cualquier lector
medianamente culto puede disfrutarlos. Otros, están ahí únicamente para criaturas esforzadas
que estén dispuestas a luchar colina arriba, cual César en Munda; por ejemplo,
el Ulises de Joyce. Serían clásicos que, a mi juicio, no son tan imprescindibles. Aquí incluyo no sólo al novelón de Joyce sino a Goethe y Dante. No son tan esenciales, porque cuesta mucho leerlos, entenderlos y al final sacas poco o nada; estoy hablando de lo que yo diría a cualquier lector medio, ojo.
Como
digo, Madame Bovary me parece a mí de los imprescindibles. Dice la Wikipedia
en francés: «Se trata de una obra fundamental de la literatura francesa». Yo
digo que, para mí, es una obra fundamental de la Literatura universal.
A
diferencia de lo que se suele decir, mis «beach readings» acostumbran a ser libros más
complejos, para los que solo tengo tiempo y ánimo en vacaciones, y no tanto en
invierno, con el estrés del trabajo. Por eso me llevé en el viaje de veraneo en agosto de 2026, este libro, en edición de tapa dura, papel, sí (véase la foto), no
el e-book, para pasar sus hojas frente al mar, con la tranquilidad y el
oleaje. En una tumbona y bajo la sombrilla, ideal.
La
historia es sabida, aunque comienza y acaba no propiamente con la Madame del
título sino con Bovary, su esposo, que hasta tiene otro matrimonio antes del de
Emma. Para cuando ella aparece, ya tienes medio camino andado en cuanto a saber
en qué sociedad provinciana se desarrolla. Después de todo, el título completo
es «Madame Bovary: Moeurs de province», o sea, «La señora Bovary: costumbres de
provincia».
Emma,
hija de un campesino, pero educada en un convento, tiene sueños románticos de
un ambiente refinado y rico, de enamorados aristócratas, luz de luna, valses,
etc. inspirados por sus lecturas. La realidad prosaica de ser la esposa de un «oficial de salud» (ni
siquiera un médico de verdad) le aburre y su salida de pata de banco es
convertirse en adúltera, y vivir por encima de sus posibilidades.
Me
encantó leerla. Me parece todo un novelón y, lo admito, contribuyó grandemente
a mi placer la traducción, magnífica, de Mauro Armiño. ¡Qué importante es que,
si no puedes leer el original, accedas a la mejor versión posible de esta
historia en tu propio idioma!
La
novela se publicó originalmente en 1856 y 1857, primero en la Revue de Paris
y luego en forma de volumen, para lo cual recuperó algunos fragmentos
previamente censurados.
Esta historia pasó por un proceso judicial por obscenidad. Al primer editor de Madame
Bovary y Flaubert los acusaron de «delitos de ultraje a la moral pública y
religiosa y a las buenas costumbres», pues se creía que no se limitaba a
describir un adulterio, sino que incitaba a él.
No veo
cómo eso es posible, ya que la impresión con la que te quedas es, más que nada,
que Emma es una insensata que se busca la ruina, la suya y la de su familia,
con sus sentimientos exaltados que suenan bastante impostados. O sea, le quiere
meter fantasía, romanticismo, a lo que no son más que rollos sexuales. Pero cuidado, que ella misma tampoco parece que se interese por (o comprenda a) los hombres con los que se acuesta, en sí mismos.
Para
mí, lo del adulterio casi es lo de menos; creo que llevo peor que no tenga buen
juicio en cuestiones de dinero. Ni lo uno ni lo otro es culpa del marido, que hace lo que
puede dentro de los estrechos límites de esa vida, y le deja manga ancha a Emma para
que haga y deshaga, sin darse cuenta de a qué se dedica ella.
No es
solo Emma, creo yo, la que no encuentra sentido a su vida. En
general, todos los personajes, —salvo un par de ambiciosos que tienen claro lo
que quieren y ponen todas sus habilidades al servicio de sus planes—, me parecen
bastante básicos, elementales, sin aspiraciones particulares. Se dejan llevar por una vida rutinaria. O sea, la banalidad y la mediocridad es
algo que padecen prácticamente todos.
Unos tienen objetivos claros, aunque limitados, y dedican a ellos sus esfuerzos, buenos o malos. Otros comprenden el abismo
que separa sus sueños de la realidad, y lo llevan mejor. Aún más, hay personajes que no son conscientes de lo limitado de su entorno, o que simplemente carecen de sueños o
aspiraciones y llevan una vida circunscrita a lo elemental, cual animalucos.
Flaubert
nos lo cuenta con estilazo, con ese aire tan gabacho que auna la distancia del
entomólogo con el preciosismo del poeta. Pero siempre con cierta frialdad de
fondo, como si te desafiara a ver si te atreves a sentir cariño por alguna de
sus criaturas. Ni siquiera los malos de la historia son de los que puedas odiar
con pasión. En su Historia de la literatura universal, Riquer &
Valverde, aprecian esto mismo y lo contrastan con el afecto que tienen otros
autores por sus criaturas.
Podría decirse que Madame Bovary tiene algo
de paralelismo con el Quijote, en cuanto sátira de la mala educación
literaria, en una provinciana que pierde, no la razón, sino el sentido moral,
por lecturas más presentidas que hechas. Pero el humor es acre y reservado, y
falta el amor que Cervantes, como todos los novelistas de rango absolutamente
supremo, termina por sentir por su figura.
Para
mí esa distancia y frialdad es un rasgo que encuentro, en general, en la
literatura francesa frente a, por ejemplo, la española. Porque no es sólo
Cervantes, también en Galdós o Clarín veo esa comprensión humana,
esa ternura, o misericordia hacia las flaquezas humanas.
La
perfección en el estilo solo se logra con trabajo, mucho tiempo, corrigiendo
una y otra vez. Flaubert le dedicó la friolera de seis años a la redacción de
esta novela. Los atajos a la grandeza, digo yo para mí, no existen. Sólo hay
trabajo.
Añado,
para tranquilidad de todos, que el proceso, desarrollado del 29 de enero al 7
de febrero de 1857, acabó en absolución de los acusados, gracias al buen hacer
de su abogado, a quien dedica el libro, Marie-Antoine-Jules Sénard. La Iglesia
católica incluirá esta obra en su Índice de Libros Prohibidos en 1864.
Aunque
hoy nos parezca ridículo aquel juicio, lo cierto es que sigue existiendo gente que
no quiere que determinadas cosas se publiquen, que tú, ciudadano medio, no
tengas ni la oportunidad de decidir por ti mismo si lo lees o no. Claro que ahora son
otros motivos, y diferentes las formas de «muerte civil» (salvo en el Reino Unido, ahí tienen unas leyes antilibelo algo locas). Mas, en el fondo, es lo mismo, a poco que penséis en casos de la actualidad.
Lo que
quiero decir es que siempre habrá quien no quiera que tú leas esto o
aquello. Es lógico, y cada uno defiende lo suyo; hay cosas que yo tampoco
querría que la gente leyera. Ahora, hay una diferencia: unos te explican sus
razones y dejan que tú decidas por ti mismo, mientras que otros te quitan esa opción eliminando esa noticia o ese libro, de la
circulación.
Creo
que solamente por el hecho de ser un libro que alguien quiso que nunca llegara
a tus manos, merece la pena intentar leerlo. Pero Madame Bovary no
necesita tampoco ese activismo por la libertad de expresión. Es valioso por sí
mismo, por cómo retrata a los personajes, «al paisaje y al paisanaje» que suelo decir yo.
Puede admitir muchos análisis y lecturas, desde los individuos a sus clases sociales, a la dinámica económica, a la literatura mal entendida, un poco de todo. La perspectiva de clase es interesante, tanto Bovary como su marido en cierto sentido son desclasados. Sus progenitores intentaron que se elevaran por encima de la vida campesina, para instalarlos en la burguesía, entre comerciantes y profesionales, pero a la siguiente generación, la hija de estos dos, ves cómo (*destripe*) acabará nuevamente en la clase trabajadora, solo que ya no en el campo. En cierto sentido es desolador: que el esfuerzo y sacrificio de unos padres para dar a sus hijos una vida mejor acabe siendo el fracaso de éstos para proporcionar lo mismo a los suyos. No se puede dar por descontado un determinado nivel de vida, hay que saber mantenerlo. De nuevo, la economía y el dinero, que se ve en otros detalles del libro, como quién se relaciona con los Bovary y quién no, o quien lo hizo y luego deja de hacerlo. O la eterna cuestión de «yo he vivido mejor que mis padres, ¿mis hijos vivirán mejor que yo? ¿O peor?».
Recomiendo
este libro a cualquier amante de la literatura. Eso sí, por favor, prescindid
de traducciones pedestres por mucho que vengan en ediciones cuquis, y apostad
por Mauro Armiño. De ovación y vuelta al ruedo.
Como
es un clásico, tiene página en la Wikipedia.