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martes, 17 de febrero de 2026

#41 Un baile de máscaras

 


Beniamino Prior y Stefka Evstatieva en la Ópera de Nueva Orleans, 1988

Autor: Crupisignar, via Wikimedia Commons

 

 


 

Un ballo in maschera

Estreno: Roma, 17 de febrero de 1859 

Compositor: G. Verdi

Libretista: A. Somma, a partir de Gustave III ou Le bal masqué

 

Tal día como hoy, del año 1859, se estrenó en el Teatro Apollo de Roma, esta ópera de plenitud de Verdi

 

 ... Aunque no era el teatro para el que compuso Verdi, no. Se lo habían encargado en el San Carlos de Nápoles. Solo que la censura le tocó mucho las narices, y acabó enfurruñándose y llevándose la ópera a otro lado. La censura papal no era mucho mejor que la de la corte napolitana, pero al final consiguió estrenar allí.

El libreto ya había sido puesto en música por otros compositores. Todo gira respecto al asesinato del rey Gustavo III de Suecia en un baile de máscaras o fiesta de disfraces (hecho histórico), que Eugène Scribe convirtió en un tema romántico, con triángulo amoroso, manteniendo la conspiración política.

En Nápoles no les cuadraba bien eso del asesinato de un monarca, en Roma otras cosinas… Al final, se reconvirtió en algo más admisible, convirtiendo al asesinado Ricardo en un gobernador inglés de las colonias estadounidenses. Morir, moría igual,... pero no era un rey el asesinado, y eso parecía más aceptable a la censura.

Por cierto, de un tiempo a esta parte se ha recuperado la ambientación sueca, así que se puede ver representada en los escenarios una u otra versión, o bien Boston, o bien Estocolmo.

El gobernador Ricardo (tenor) está enamorado de Amelia (soprano), la mujer de su mejor amigo y secretario personal, Renato (barítono). Éste le advierte de que hay una conspiración contra él, pero Ricardo se burla, no quiere saber nada de los nombres de los implicados, cree que cuenta con el amor de su pueblo. 

Pero, como le dice Renato, el odio es más poderoso que el amor. Cuando Renato descubre los sentimientos entre su jefe y su esposa, entonces se une a la conspiración. Lo cierto es que la cosa entre Ricardo y Amelia es puramente platónica, no piensan dar un paso más allá. Claro que eso el marido no lo sabe, y así se consuma la tragedia.

A estos miembros del triángulo amoroso hay que añadir un par de personajes peculiares, la contralto Ulrica, la maga que le pronostica a Ricardo que le matará el amigo que le estreche la mano. Esto de la voz de contralto no es muy frecuente en las composiciones verdiana. El otro rarito es el paje Óscar, personaje travestido (lo canta una soprano ligera) que pone el toque de humor, en uno de esos «papeles en calzones» habituales de las óperas de siglos pasados, pero no frecuente ya a mediados del siglo XIX. En cierto sentido, esta ópera a veces mira al futuro y otras al pasado.

Un ballo in maschera pertenece a la etapa de plena madurez de Verdi, superados ya sus años de galeras. Va avanzando hacia la disolución de la narración en un continuo, sin números totalmente cerrados, con un fuerte interés en la psicología de los personajes, a los que enmarca en tramas más grandes que ellos mismos. Dramáticamente me parece una obra muy equilibrada y atractiva. Cada escena está ahí por algo, contribuyendo a que acción avance. Los personajes están caracterizados por su música, su voz, sus monólogos dramáticos, su forma de cantar, lo que me resulta precioso. 

No es muy larga esta ópera, no llega a tres horas. Y resulta bastante interesante. Así que es de esas que puedes ver para iniciarte en el género lírico. No obstante, advierto que no es una de las óperas más representadas.

Momentos destacados de la ópera hay unos cuantos. Quizá el más recordado es el dúo de amor de Ricardo y Amelia: «Non sai tu –Oh, qual soave brívido»), en el que expresan lo mucho que se quieren y lo imposible que es su amor. Uno de los mejores dúos de amor del autor, de los más románticos.

También, el «Eri tu» de Renato, rabioso, dolido por la traición, arrebatado en su furor, hay quien dice que recuerda un poco al Cortesanos, vil raza maldita, de Rigoletto, una de mis óperas favoritas. Y la resignada aria de Amelia, la linda «Morró, ma prima in grazia». El momento de lucimiento de Ricardo, el tenor, sería principalmente «Ma se m'è forza perderti». Por cierto que se considera uno de los papeles de Verdi más comprometidos para el tenor, este de Ricardo. 

¿Qué grabación recomendar? Pues hay unas cuantas estupendas, con directores de renombre: Solti, Abbado, Tulio Serafin… Curiosamente, la que he visto más citada no la dirigió un italiano, sino el austriaco Erich Leinsdorf, nacionalizado estadounidense (uno de esos músicos de ascendencia judía que, víctima del nazismo, fue acogido al otro lado del Atlántico). Amelia es la imperial Leontyne Price, Ricardo, el elegante Carlo Bergonzi, y el potente Robert Merrill hace de Renato; añádele Verret y Grist. El coro y la orquesta son los de la RCA. Quizá no sea la versión preferida de nadie, pero es la que citan siempre en segundo o tercer lugar, y por eso la mencionan todos.

Para saber más, la Wikipedia. El libreto, en español y en italiano, así como discografía de referencia, en Kareol.

Os dejo enlace a una grabación de esta ópera, en Las Palmas de Gran Canaria. 

 

Con lo cual veo que me ha quedado un febrero un tanto verdiano, pero bueno, hay maneras peores de pasar el rato. 😉

jueves, 22 de agosto de 2019

#49 Historia de dos ciudades


 
Tyrone Power (padre) como Sydney Carlton (1900)
State Library of New South Wales collection,
vía Wikimedia Commons

Autor: Charles Dickens
Título original: A tale of two cities
Fecha de publicación: 1859

Vamos por uno de los comienzos más famosos de la historia de la literatura:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

Aunque Charles Dickens escribió, sobre todo, sobre temas sociales, esta novela histórica que produjo es una de sus obras más famosas. Es un clásico, pues sigue ganando fans a cada nueva generación.
Ambienta la historia en la Revolución Francesa de 1789 y los quince años anteriores. Se divide en tres libros. Primero te cuenta cómo el doctor Manette (Alexandre Manette), injustamente encarcelado durante años en la Bastilla, sale de la cárcel y se va a vivir a Inglaterra con su hija Lucía (Lucie Manette).
Carlos Darnay (Charles Darnay, en realidad St. Evrémonde), un aristócrata francés emigrado que se gana la vida modestamente, es acusado de espía, pero logra librarse, en parte, por la intervención de un hábil abogado, Sydney Carlton.
Pasan los años. Carlos está enamorado de Lucía, en algún momento ella le corresponde, acaban casados, con una nena. Pero Carlos regresa a Francia para liberar a un antiguo empleado suyo, injustamente acusado. No sabe que son los tiempos del Terror, y acabará condenado a muerte. La intervención, de nuevo, de Sydney Carlton, lo salvará para su familia.
Ese es más o menos el argumento. Se supone que contrasta dos ciudades, París y Londres, y la crueldad del sistema penal. Al principio hay críticas a lo excesivo de las penas en el Reino Unido, pero en lo que se regodea, sobre todo, es en esa locura de tribunales revolucionarios, en los que se condenaba a muerte a las personas que no habían cometido realmente ningún delito.
Puedes pensar que eran excesos de la época, si no fuese porque estas farsas judiciales se han seguido repitiendo en estos más de doscientos años que nos separan. 
Yo leía:
Al mirar al tribunal y a los asistentes, se podría haber creído que se había alterado el orden natural de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados. La hez de la ciudad, los individuos más bestiales y crueles eran los que inspiraban las resoluciones del tribunal, haciendo comentarios, aplaudiendo o desaprobando e imponiendo su voluntad.
Y no podía dejar de pensar en las purgas de Stalin, en el infame Roland Freisler, o en los tribunales revolucionarios durante la guerra civil española, incluso los asesinatos cometidos por personas de uno y otro bando, sin ni siquiera un simulacro juicio. O con juicios a posteriori, una vez que ya habían dado el paseíllo al acusado.
Tales atrocidades queman el alma de cualquier jurista sensato que crea en el estado de derecho, la presunción de inocencia y el proceso debido.
La novela en sí resulta muy entretenida de leer. Ha sobrevivido el paso del tiempo con sobresaliente. A mí me habría gustado un poquito más de desarrollo de la historia de amor entre Carlos y Lucía. Es como si me faltaran páginas. Ahora, Carlos muestra su interés por Lucía y luego, se van a casar. Debe ser por leer tanta novela romántica, que entiendo que el cortejo, el proceso de enamoramiento, es un tema merecedor de narración literaria.
C. E. Brock: El doctor Manette y Lucía con Carlos Darnay (antes de 1938),
dibujo en tinta y acuarela [dominio público] vía Wikimedia Commons

Por ello al final son personajes, estos de Carlos y Lucía, que se quedan planitos, que son poco más que personas buenas, nobles y enamoradas.
Lo que, a mi modo de ver, hace inolvidable esta novela son otros dos personajes, el doctor Manette y, sobre todo, Sydney Carlton.
El retrato de Alejandro Manette, un hombre honesto, que sin ser culpable de nada pasa años en la cárcel, hasta el punto de perderse a sí mismo… Cómo gracias a la devoción de su hija puede más o menos volver a ser él, y sufre regresiones en determinados momentos trágicos de la historia.
F. Barnard: Sydney Carlton, en Character sketches of romance, fiction and the drama (1892)
Vía Wikimedia Commons

Y Sydney Carlton, ¡ains!, el hombre lúcido, inteligente, un poco cínico, que ama sin esperanzas pero dispuesto a lo que sea por ella. Un libertino de la época georgiana, dado a los excesos, que podría haber sido más brillante en su profesión, pero al que vence la pereza, la molicie y el alcohol, que siempre ayuda a la autodestrucción. Solo Lucía le ofrece la esperanza de redimirse, de alguna forma.
Este hombretón actualmente sería carne de novela romántica, un libertino redimido por el amor de una buena mujer. ¿En la época de Dickens? Los vivalavirgen no se llevaban a la chica.
Como novela histórica, creo que ofrece una buena recreación de las peores crueldades de la Revolución Francesa, así como del corrupto régimen precedente, en el que la vida de las personas corrientes no valía nada y los nobles perpetraban toda clase de abusos. Como es una novela, y no un ensayo histórico, por fuerza estas cosas han de transmitirse de forma anecdótica y al final bastante esquemática.
Escribió Ifor Evans (Breve historia de la literatura inglesa) que «Ninguna otra de sus obras nos muestra con mayor claridad lo inesperados y numerosos que eran los recursos de su genio». En cambio, R. Lalou considera que esta novela «es el error de un partidista». Esa es la diferencia de que valore el libro un inglés o un francés. Siempre me hace gracia cómo el nacionalismo nubla el entendimiento de la gente.
La he leído otra vez para hacer esta reseña y admito que me conmovió hasta las lágrimas. Charles Dickens es un sentimental pero tiene esa maravilla del buen escritor que es capaz de crear personajes que te parece que debieron existir, de verdad, en algún sitio, gentes de carne y hueso con las que amas y sufres.
Creo que es esto a lo que se refiere J. M. Souvirón cuando escribe que «la verdad de sus personajes [los de Dickens] es incomparable» (Historia breve de la literatura inglesa). 
El final de la obra me hizo llorar, qué le voy a hacer. Que una novela escrita hace siglo y medio, que además ya había leído y sabía lo que pasaba, sea capaz de enternecerme y emocionarme, me parece que habla muy bien de la autenticidad de su autor.
Como este libro es un clásico, tiene página en la Wikipedia. 

domingo, 19 de marzo de 2017

#26 Fausto (ópera)


Inva Mula y Roberto Alagna
(Fausto en los Chorégies d'Orange, 2008)
Por jean-louis zimmermann [CC BY 2.0]
Via Wikimedia Commons


 Faust

Estreno: París, 19 de marzo de 1859

Compositor: Charles-François Gounod

Libreto en francés: Barbier y Carré, basado en el Fausto de Goethe.


Tal día como hoy se estrenó, en el Théatre Lyrique (Teatro Lírico) de París, esta obra que es, después de Carmen, la más representada del repertorio francés.

De acuerdo, todos conocemos a la Castafiore, ¿verdad? ¿Y cómo anda todo el rato cantando aquello de que se ríe de verse tan bella en el espejo…? Bueno, pues se supone que está cantando el “Aria de las joyas”, justo de esta ópera, una de las más populares de la historia del teatro lírico. De hecho, hasta hicieron un álbum de Tintín, Las joyas de la Castafiore, que en cierto sentido parodiaba todo este tema.

La historia de esta ópera tiene una base seria, el Fausto de Goethe, obra con la que –dicho sea entre nosotros-, llevo varios meses luchando. Esfuerzo titánico, no sé si me acabará derrotando.

La cosa va del tópico del sabio que vende su alma al diablo, pero contado más con el encanto francés y menos la aridez metafísica de la obra literaria alemana. Se inclina más hacia lo amoroso y romántico que a las profundidades filosóficas de la historia original. El malote, Mefistófeles, a veces es un poco como de trapillo.

Como obra dramática, deja mucho que desear. Ni el argumento tiene demasiada lógica tirándose a lo sentimental, ni los personajes están particularmente bien descritos.

Se enmarca en el estilo de la grand opéra francesa, lo que implica cinco actos (unas tres horas y media), y meter un ballet con calzador.

Consagró a Gounod, compositor que es de lo que se puede calificar como “de una sola obra” (esta) porque realmente el resto de su música no es popular. Pero aquí atinó, y esta ópera es de las que gusta, y mucho. Tanto que es la que escogieron para inaugurar el Metropolitan de Nueva York en 1883. Bueno, en Alemania no la tienen mucha estima, porque hicieron un espectáculo sentimental y blandito de la monumental obra de Goethe. Personalmente no sería la que aconsejaría ir a ver a alguien que empezara en esto de la ópera. Lo que desde luego sí que diría es que la escuchase, porque tiene momentos sublimes. Cuando Gounod acierta es más que agradable, es precioso.

Aquí os dejo un simpático video de la Castafiore y el aria de las joyas:



La grabación que recomiendo de esta ópera es la dirigida en 1978 por Georges Prêtre para la EMI, con la orquesta y coro del Teatro Nacional de la Ópera de París y el incombustible Plácido Domingo como Fausto, Nicolai Ghiaurov de Mefistófeles y Mirella Freni como Margarita. Otros cantantes: Thomas Allen y Jocelyne Taillon.

Para saber más, la wikipedia. En Kareol tenemos como de costumbre sinopsis, lista de grabaciones escogidas y el libreto en francés  y español. Es curioso ver que en las tres grabaciones que recomiendan ahí hay presencia española: aparte de esta con Plácido, en otra aparece Kraus y en la primera aparece Victoria de los Ángeles como Margarita. El repertorio francés se les da bien a nuestros divos.