jueves, 18 de julio de 2019

#7 Mosaico de la batalla de Issos







Ubicación: Museo Arqueológico Nacional (Nápoles, Italia)
Fecha: fines s. II a. C.
Estilo: Arte helenístico



Y de entre las cenizas surgió una ciudad congelada en el tiempo…

A Carlos III le conocemos en España como el mejor alcalde de Madrid, y uno de los mejores monarcas que ha tenido este país. Sin embargo, pocas veces reparamos en que, antes de ser rey aquí, lo fue en Nápoles.

Siendo rey allá, se casó con una cría de 14 años, María Amalia de Sajonia. A pesar de ser un matrimonio concertado, fue apacible y amoroso, de esos que a veces se daban entre los Borbones (no todos han sido unos rijosos infieles). Cuando ella murió, el rey comentó que, en veintidós años de matrimonio, ese era el primer disgusto que le daba.

Pero vámonos a Nápoles, recién casados. Parece ser que esta reina jovencita, aficionada al arte, estaba encantada con los tesoros en estatuas y otras piezas de la Antigüedad, y le pidió a su maridín que por favor, le fuera a buscar más.

Ni corto ni perezoso, Carlos le encargó al comandante aragonés Roque Joaquín de Alcubierre, que eso, le diera a la pala y le encontrara cositas para adornar el palacio. Era «arqueología» de la época, de esa que no documentaba gran cosa y que principalmente quería encontrar tesoros, joyas, oro o plata, estatuas, cosillas que pudieran lucirse.

Se sabía que en la antigüedad por esa zona había habido dos ciudades, Herculano y Pompeya, destruidas por una erupción volcánica, pero era imposible imaginar lo que llegarían a descubrir: casas, calles, cadáveres, monedas, alimentos en la mesa que nadie llegó a comer, y todo tipo de esculturas y pinturas, y grafitos en las paredes,… en fin, una ciudad romana del siglo I congelada en el tiempo por efecto de lo que le cayó encima.

Herculano fue redescubierta en 1738 (año del matrimonio entre Carlos y María-Amalia), y Pompeya en 1748. Las excavaciones han seguido hasta nuestros días, con criterios cada vez más científicos. En 1831 es cuando salió a la luz este espléndido mosaico. Estaba en la llamada Casa del Fauno y, actualmente, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Es de dimensiones respetables: 5,82 m x 3,13 m, incluido el cuadro o marco. No está completo.  

Ya el propio tema es original: la representación de un hecho histórico, y no muy alejado en el tiempo. Es verdad que los asirios también habían representado hechos reales, pero los griegos, por ejemplo, preferían las historias míticas.

Representa a Alejandro Magno y a Darío III en la batalla de Issos. Si os acordáis, el macedonio Alejandro Magno conquistó Egipto, Siria, Mesopotamia, Irán, llegando hasta la India… Una hazaña militar impresionante, por la que es considerado uno de los mejores generales de la historia. Para ello tuvo antes que derrotar a los aqueménidas, entonces el imperio más extenso del mundo. Alejandro y Darío se encontraron en la llanura de Issos el 12 de noviembre de 333 a. C., y venció Alejandro porque a pesar de su inferioridad numérica, contaba con las impresionantes falanges macedónicas. El tamaño no siempre importa; vale más saber qué hacer con lo que tienes.

Alejandro penetró con decisión entre las filas del ejército enemigo, que casi lo engulló. Apuntaron sus sarisas directamente al careto del rey Darío, a quien los suyos tuvieron que salvar. Darío huyó, solo para ser derrotado, de manera definitiva, dos años después, en Gaugamela.

Aquí, el decidido Alejandro, con su vestimenta
de batalla y la Medusa en el pecho


Yo destacaría, sobre todo, cómo se representa a cada uno de los líderes. Alejandro se ve joven, decidido, mirando impasible al frente, rodeado por sus hetairoi, esa caballería de élite que, al tiempo actuaba como su guardia personal. Hasta aquel momento, los reyes se retrataban en carros (¡ah, esas guerras de la Edad de Bronce o de Hierro…!), pero aquí aparece el macedonio montado a caballo. Y eso es una novedad. A partir de esta época, el general victorioso, el rey, el guerrero, se mostraba «ecuestre», a caballo, olvidado ya el carro. Si el caballo era o no el famoso Bucéfalo, eso es algo en lo que tampoco hay conformidad.

Aquí, Darío III saliendo de najas


Darío aparece con la boca abierta, los ojos desorbitados, dando la impresión de ansiedad, incluso de cobardía. Y él sí que va en un carro, aunque cerca le tienen guardado un caballo para que pueda huir en ese medio. De hecho se le ve ya en el ademán de salir por patas. Un detalle curioso es el collar que lleva, terminado en cabezas de serpiente. Tenía un significado protector; la serpiente es, quizá, el animal cuyo simbolismo es más variado, según el tiempo  o lugar puede ser algo muy negativo o bien puede ser poderoso y que ampara frente al mal.

Y luego está ese detalle pequeñito del soldado persa moribundo que se mira en un escudo, que a modo de espejo le devuelve su imagen.


Soldado moribundo que sostiene un escudo, en el que se refleja como si fuera un espejo

El mosaico, o arte musivo, aparece en los libros de historia del arte a veces como una forma de pintura y, otras, como arte aplicada. Yo prefiero considerarlo pintura. Pasa un poco lo mismo con las vidrieras. El mosaico no fue, obviamente, una invención romana, pero muchos y muy bellos los que se guardan de ese imperio, desde España hasta Turquía, del Norte de África a Centroeuropa.

Los mosaicos se hacían con guijarros o teselas (pequeñas piezas de forma cúbica) sobre una base de cemento. Este se realizó con una cantidad enorme de teselas, de 2 a 4 millones, se ha calculado. 

Hay varias técnicas de mosaico romano: opus signinum, op. sectile, op. tessellatum y op. vermiculatum. Este último es el que sirvió para la realización de este mosaico de Alejandro, y se caracteriza por teselas pequeñitas que permiten una composición detallada. Por alucinante que parezca, se usaron solo cuatro colores: amarillo, rojo, negro y blanco. Miradlo, miradlo.

En los libros de historia del arte se encuentra, bien en el arte griego helenístico, bien en el arte romano. Eso tiene su explicación. Se supone que este mosaico reproduce una pintura mural realizada en época griega y por artistas griegos. Sería helenístico y del siglo IV a. C.; se han sugerido varios autores (e incluso una autora) para aquella pintura griega, pero hoy en día la opinión más generalizada es que fue obra de Filoxeno de Eretria (Φιλόξενος ὁ Ἐρετριεύς)

Luego un rico propietario de Pompeya encargó, para el suelo de su villa en Nápoles, que le confeccionaran un mosaico siguiendo ese modelo; sería en torno al año 100 a. C. La hipótesis más aceptada es que contrató para ello a un taller de Alejandría (por aquella época aún un reino independiente con los Ptolomeos, es decir, también de cultura griega helenística como Nápoles) y luego se lo transportaron hasta Nápoles partido en dos partes, pudiendo verse aún hoy la línea divisoria.

Cuando digo que Nápoles era de cultura griega helenística es porque estaba en la Magna Grecia, colonizada por griegos, región de habla y cultura helénicas, aunque formara parte del imperio romano o estuviera en Italia. No es de extrañar por lo tanto que fuera un lugar refinado y más culto que otros lugares de la península italiana. Por eso aunque se estudie como arte romano, en realidad es de estilo helenístico.
  
Para saber más, el artículo en la Wikipedia. Y si pasáis por Nápoles y queréis visitar su Museo Arqueológico, aquí os dejo la referencia a su página web.

martes, 16 de julio de 2019

#25 El rapto en el serrallo


Die Entführung aus dem Serail
K. 384

 
Cartel del estreno, encargo de José II
Estreno: Viena, 16 de julio de 1782

Compositor: Wolfgang Amadeus Mozart

Libreto en alemán: Gottlieb Stephanie, basado en una obra de Christoph Dietrich Bretzner de 1781

Género: Singspiel


Tal día como hoy se estrenó, en el Hofburgtheater de Viena, el que es considerado el primer singspiel

Un singspiel es una ópera con partes habladas (en alemán) y otras cantadas. No es que lo inventara Mozart, pero sí que este es el primer ejemplo acabado del género. Buscaba una forma de ópera en alemán que pudiera competir o rivalizar con la ópera por excelencia que dominaba todos los escenarios de Europa: la italiana.

Entre dos horas y media o tres horas te puede llegar a durar esta ópera que, vamos a decirlo ya, como entretenimiento dramático no va muy lejos. Cuando la escuchas, a veces puedes compartir la impresión del emperador José II: «demasiado refinada para nuestros oídos y demasiadas notas, mi querido Mozart».

A mí no me sobran las notas, la verdad, la música es maravillosa, con piezas de antología, que podría estar escuchando una y otra vez, en bucle inacabable. Lo que se me hace cuesta arriba es lo tonto de la trama.

(Por cierto, que Mozart le contestó, «Sólo las precisas, majestad». ¡Ah, qué tiempos aquellos es los que los gobernantes pretendían al menos ser ilustrados).

La trama. Vamos a ello. La dama española Constanza, su criada inglesa Blonde y otro criado, Pedrillo, han sido capturados por un bajel turco y ahora viven como esclavos en el palacete del Pachá Selim. Este la quiere, pero no va a rebajarse a violarla (a pesar de que una y otra vez le recuerda que puede hacerlo y ella hasta le agradece su buen corazón, ¡puaj!): desea que ella le entregue su corazón voluntariamente. Cosa que Constanza no puede porque ya se lo dio a otro, Belmonte. Blonde ha sido regalada como esclava al visir Osmín y Pedrillo pulula por palacio haciendo trastadas mientras esperan la llegada del enamorado Belmonte para rescatarlos.

Así lo hace, y se supone que a media noche se escaparán todos, pero se ven sorprendidos y al final será la bondad de Selim quien los libere, de gratis, para que estas dos parejas de enamorados puedan vivir la vida.

Creo que cualquier argumento, por tonto o trillado que sea, puede remontar si lo cuentas con gracia. Pero no es el caso. Se supone que hay escenas divertidas entre, por ejemplo, Pedrillo y Osmín, a las que no veo la menor chispa. Y Constanza y Belmonte son los amantes más sosos de la historia. En un eventual podio de parejas con nula química, allá andarán repartiéndose los puestos, con Padme-Anakin y Claudio-Hero. Se admiten otros candidatos.

También puede ser que las representaciones que yo he visto sean poco inspiradas, con gélidas puestas en escena que te congelan el sentido del humor.

Entre eso y el tono turco de cartón-piedra casi que mejor pasar de las representaciones teatrales, por mucho que sea una de las óperas «grandes» de Mozart. Con escucharla basta y sobra porque la música es, simplemente impresionante… Y, además, en disco no llega a las dos horas, mientras que si es una representación teatral tirando a parsimoniosa, te puedes tirar hasta tres horas.

Otros méritos: aparte de ser el primer ejemplo acabado de un género, el singspiel, retrata agudamente a los personajes solo por la forma en que cantan. Enamorado Belmonte, heroica Constanza, chisgarabís Pedrillo, ingeniosa Blonde…

Los momentos maravillosos son demasiados para destacar uno solo.  Por citar alguno, destacaría dos arias, la de bajo «O wie will ich triumphieren» (Osmín), o –en el acto II– la heroica de Constanza «Martern aller Arten», auténtico tour de force para cualquier soprano de coloratura, que tiene que ser ágil en las notas superiores y tremendamente sólida en los graves, algo agotador y prácticamente imposible, a mi modo de ver. Es su forma de demostrar que está dispuesta a soportar cualquier tortura por amor a su Belmonte.

Como grabación recomendada de esta ópera propongo la dirigida por Josef Krips en 1966 para la EMI, con Anneliese Rothenberger (Konstanze), Lucia Popp (Blonde), Nicolai Gedda (Belmonte), Gerhard Unger (Pedrillo), Gottlob Frick (Osmin) y Leopold Rudolf en el papel hablado de Bassa Selim; el coro es el de la Staatoper de Viena y la orquesta, la Filarmónica de Viena.

Para saber más, la wikipedia. El libreto, en español y alemán, así como discografía de referencia, en Kareol

En You Tube he encontrado esta grabación moderna hecha en el Liceu de Barcelona, con subtítulos en catalán (y por tanto, fáciles de seguir). Pero es una muestra de lo que yo llamo puestas en escena gélidas con la gracia de un chiste de cuñáos.



No descarto que sea cosa mía y, simplemente, lo del humor austriaco no lo pillo. 

domingo, 14 de julio de 2019

#7 Alfombra Pazyryk






Objeto: alfombra
Material: lana
Fecha: 328-200 a. C.
Lugar actual: Museo del Hermitage (San Petersburgo, Rusia)
Época: Antigüedad


En los hielos de Siberia, un tesoro esperaba para hablarnos del pasado…

Se llama trifinio a esos puntos en los que limitan tres territorios. Rusia y China comparten varios, entre ellos uno con Mongolia y otro con Kazajstán. Pues bien, cerca del trifinio Rusia-Mongolia-China, allá en los montes Altái, se descubrió, a finales de los años veinte, un yacimiento espléndido en el valle de Pazyryk, de donde toma su nombre.

Los escitas eran un pueblo conocido en la Antigüedad. No han dejado historia escrita, pero de ellos hablaron los griegos (Heródoto, por extenso, en el Libro IV de sus Historias), los persas y los chinos, pueblos civilizados y con escritura propia. Por allá les llamaban sakas o sacas.

Estamos hablando de los pueblos nómadas de las estepas. Y la estepa euroasiática es un continuo desde Europa oriental hasta Mongolia.

Es maravilloso cuando te das cuenta de que Eurasia es un solo continente y ha estado interrelacionado desde la Prehistoria, los pueblos iban y venían, y el comercio, y las cosas que usaban… Por eso los objetos, o las vestimentas, representadas en la apadana de Persépolis o en una cerámica griega, los ves luego en la realidad de hallazgos arqueológicos en los kurganes (enterramientos en forma de túmulos) desde Ucrania hasta Siberia.

Como este de Pazyryk, en la Siberia cercana a China y Mongolia. Muchos y muy ricos son los objetos que aparecen en Pazyryk, incluso cadáveres momificados conservados en el hielo.

De todos escojo lo que quizá parece más humilde, entre tanta joyería, que es una alfombra.

Pero es una alfombra especial. De hecho, se la considera la alfombra de nudos más antigua del mundo. Además, con una densidad de nudos superior a las alfombras modernas. Leo en la wiki que es de 3.600 nudos por decímetro cuadrado.

Yo me inclino por la datación 328-200 a. C., a pesar de que en otros lugares puedes ver que se la considera del siglo V a. C., o del IV a. C. Al parecer la han datado con carbono-14 y esas son las fechas que dan, 328-200 a. C. O sea de fines del siglo IV o el siglo III a. C.

Esta realizada en lana. Mide 2 metros de largo por 1,82 de ancho.

El centro es un cuadrángulo con lazos a modos de estrellas, como cruces rematadas en flores. Alrededor, un ribete de ungulados, ciervos o tal vez renos o alces. Y más al exterior, figuras de guerreros a caballo. Cada una de estas franjas están separadas de las otras por otras más estrechas, a modo de marco. Tienes cuadraditos con grifos en su interior.

Lo que representa parece muy propio de un pueblo nómada, guerreros de las estepas. Esa temática guerrera y animalística defendería una elaboración autóctona, escita; pero la calidad técnica hace pensar más en un origen persa. 

Fue encontrada, ya lo he comentado, en un yacimiento kurgán, de cinco tumbas descubiertas en 1929. La que concretamente contenía esta alfombra no fue excavada hasta el año 1949. En la tumba había otros objetos lujosos, algunos de procedencia china, como las sedas.  

No hace falta irse hasta Asia central para verla. Actualmente, se encuentra expuesta en el Museo del Hermitage, en San Petersburgo.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

jueves, 11 de julio de 2019

#6 Cratera de Derveni



Objeto: cratera / urna funeraria
Material: aleación de bronce y estaño
Fecha: siglo IV a. C.
Lugar actual: Museo Arqueológico de Tesalónica (Grecia)
Época: Arte helenístico


Esto de las obras públicas, en según qué países, tiene que ser una pesadilla


En cuanto le metes la pala en Grecia, o en Italia, o incluso en la misma España, puedes dar con algún resto valioso. Toca parar la obra. Llama a que lo evalúen,... retrasos (algo que ningún contratista ni político quiere),... análisis a contrarreloj de un yacimiento que tienes que documentar mientras presionan otros intereses para que acabe destruido…

(«Aquí podéis leer sobre el «difícil equilibrio» entre el patrimonio, las obras públicas y la política). 

A todos los santos del cielo debió bajar el palista que, allá por 1962, en el desfiladero de Derveni, mientras excavaba en la obra de una carretera entre Tesalónica y Kavala, fue a dar con dos tumbas de la época clásica.

Fue todo un hallazgo, con un rico ajuar. Lo más valioso, el papiro de Derveni, que como se data hacia 340-320 a. C., parece ser el «libro» (o, al menos, el escrito) más antiguo de Europa. En 2006 se descifró y resultó ser un poema órfico.

Pero no voy a hablar de ese papiro sino de otra pieza, una cratera con volutas. Una cratera (o crátera) es un tipo de vaso griego en el que se mezclaba el vino con el agua para consumo humano. Si los bravos helenos de la Antigüedad no podían beber el vino puro, ya me imagino que sería un poco basto.

Y lo de las volutas es por esas asas que sobresalen de la boca del jarro y tienen forma de espiral.

Sirvió de urna funeraria, porque en su interior se encontraron los restos calcinados de huesos.

La maravilla es que, realizada con una aleación de bronce, y un 15 % de estaño, bien labrado y pulido, logra brillar como si fuera de oro. Algunos detalles decorativos se realizaron con metales preciosos como la plata.

Es una pieza que pesa los 40 kilos y resulta realmente excepcional que se conserven piezas tan grandes de la metalurgia clásica. Las hojas de metal se martillearon y unieron, mientras que las asas y las volutas se fundieron aparte y luego se unieron a la cratera.

¿Qué se puede ver, si nos fijamos en las figuras y elementos que hay representados? Pues bien, en la parte de arriba tenemos elementos decorativos como guirnaldas u hojas de acanto. También hay un friso de animales y cuatro figuras que se corresponden con el dios Dionisos, dos ménades y un sátiro durmiendo. En lo que sería la panza del vaso hay otro friso dedicado a Ariadna y Dionisos y lo que se denomina tíaso (θίασος) o sea, la comitiva extática de Dioniso: básicamente, un grupo de juerguistas borrachos.​

Se conoce el nombre del aristócrata al que pertenecieron las cenizas de su interior, porque su nombre está en una inscripción: Astiouneios, hijo de Anaxágoras, de Larisa.

Cuando pienso en el hombre y la mujer allí contenidos, en un vaso que exaltaba la vida, la sensualidad, el placer de la ebriedad, la danza,… pienso que debieron gozar de su paso por la tierra. Y que la mejor manera de honrarlos fue enterrándolos en una cratera en la que debieron mezclar muchos y ricos vinos a lo largo de los años.

La verdad es que no se sabe ni la fecha ni el lugar donde este vaso se elaboró. En la Wikipedia (que sigo en lo esencial para este artículo) te dan diferentes hipótesis: según la más antigua, se habría hecho en Atenas alrededor del año 370 a. C.; otros dicen que es de Tesalia, un poco más tarde (hacia el 350 a. C.); y, finalmente, no falta quien lo relaciona con la corte de Alejandro Magno, con lo que la datación se adelanta hasta el período 330 y 320 a. C.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

sábado, 6 de julio de 2019

#5 Modelo de carro del Oxus






Objeto: ¿juguete, exvoto?
Material: oro
Fecha: siglos V-VI a. C.
Lugar actual: Museo Británico (Londres)
Época: Aqueménida


De origen un poco novelesco…

La historia de cómo llegó a conocerse esta pieza, junto con las demás que constituyen el llamado tesoro del Oxus, es tan de película que hay quien dice que es precisamente eso: un cuento chino ideado para enmascarar algún saqueo, o algo peor, hasta unas falsificaciones.

En un momento de lucha, en mitad de la Segunda guerra anglo-afgana (1878-1880)... que no fue más que un episodio del Gran juego entre Rusia y Reino Unido por el control de Asia central... aparecen unos comerciantes de Bujará, que pretenden llegar a la India.

Parece que sus mercancías no son cosa de gran valor, pero todo es disimulo. Llevan consigo un auténtico tesoro con piezas de oro y plata. De repente, cerca del paso del Jíber, unos bandidos los atacan. Un criado pudo escapar y pedir ayuda a las autoridades británicas. Inmediatamente se embarcan en una operación de rescate y acaban encontrando en una cueva en las montañas, a los bandidos, los comerciantes y el tesoro, justo cuando los delincuentes estaban ocupados discutiendo entre ellos por el botín.

El ejército inglés los rescató y los comerciantes pudieron vender las piezas de su tesoro por los bazares de la India. Con el tiempo, un coleccionista británico, Sir Augustus Wollaston Franks, fue comprando estas piezas y acabó legándolas, en 1897, al Museo Británico. Allí se expone, actualmente, el conjunto llamado tesoro del Oxus, entre los cuales se puede ver este carro en miniatura.

El carro está labrado en oro. Tiene unos veinte centímetros de largo, 7,5 cm de alto y un peso de 75,5 gramos.

Como se ve, representa un carro tirado por cuatro caballos, bastante pequeños. Les faltan unas cuantas patas, solo se pueden contar nueve. El carro está abierto por detrás. Dos personas viajan en él: el auriga y un pasajero de calidad, quizá un sátrapa persa de visita por las provincias. Ambos llevan torques.

Hay una partición longitudinal que posiblemente fuera un asiento.

La parte delantera del carro es ancha por arriba y estrecha por abajo. Hay dos bandas incisas en cruz, probablemente representando puntales de refuerzo en diagonal. Estas bandas están decoradas con triángulos y en la intersección aparece representado un dios egipcio, Bes. El suelo del carro tiene un entramado que quizá representa correas entrelazadas. Las dos grandes ruedas tienen nueve radios y están hechas de tal forma que, en el pasado, debieron poder girar. Todo su diámetro está recubierto por bolitas.

Posiblemente fuera un exvoto, una especie de ofrenda a un templo, de donde fue cogido, o saqueado en el siglo XIX. También podría ser simplemente algún juguete, si consideramos que Bes era una deidad que se suponía protegía a los jóvenes, como atestiguan muchos amuletos encontrados por todo el territorio que en su tiempo formó parte del imperio persa.

Si nos fijamos en el contexto histórico, es verdaderamente complejo. Se supone que se encontró en algún lugar en las orillas del Oxus, hoy conocido como Amu Daria, en Asia central, una zona que se conocía como la Bactriana. Todavía hoy es zona fronteriza, entre Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán...

Era una de las satrapías del imperio persa de la Antigüedad, que llegó a extenderse desde Turquía y Egipto en el Oeste hasta el límite con la India en el Este. Como entidad política, se distinguió por respetar las creencias y la organización propia de cada uno de los territorios conquistados, siempre que respetaran la autoridad del rey de Reyes y le pagaran los impuestos debidos.

Es uno de esos artefactos que conocí gracias al programa A history of the world in a hundred objects. Hablan precisamente de esa característica del imperio persa. Cuando conquistaron Babilonia, por ejemplo, liberaron a los judíos, y por eso se habla de ellos tan bien en la Biblia. Integraban a los diversos pueblos de su territorio. En el capítulo dedicado a este carro lo ponen como ejemplo de diversidad: el carro es persa (muy parecido a los representados en la Apadana de Persépolis o en el carro de Darío del mosaico de Issos), la ropa que llevan las figurillas son típicas de los medos, y el dios representado, egipcio.

Otra de las piezas del tesoro, un brazalete con ese motivo tan
persa de animales enfrentados. Ha perdido los esmaltes y las
piedras preciosas incrustadas


También recuerdan que era un imperio muy bien comunicado, con una red de carreteras y mensajeros envidiable.

En realidad, es algo muy propio de los imperios (hasta el imperialismo europeo del siglo XIX, que era otra cosa, más colonialismo que otra cosa): integrar bajo un solo poder personas diversas, sin pretender uniformidad, pero sin poner en peligro la autoridad. Para ello hacía falta unas buenas comunicaciones que conectaran el poder central con la periferia, vías seguras que permitieran el comercio, el intercambio de mercancías y personas, a grandes distancias. Que el comercio, en definitiva, es motor de riqueza. Es algo que de una u otra forma se ve también en el imperio romano y en español, por ejemplo.

El arte aqueménida es un claro reflejo de estas influencias del Este y del Oeste, de mezcla de muchos elementos. Su orfebrería era, simplemente, espectacular. Se cree que fueron tan buenos que llegaron a la producción en serie de este tipo de pequeños objetos en metales preciosos como los que forman el tesoro del Oxus. Así que el objeto en sí bien pudo haberse elaborado en un lugar tan alejado de su hallazgo como por ejemplo los talleres de orfebrería de Susa o Persépolis. Ya sabemos que el hecho de encontrar un determinado objeto en un lugar no significa que fuera realizado allí, sino que pudo llegar de muchas maneras.

Siempre me han fascinado las organizaciones políticas que, como el imperio aqueménida, eran capaces de integrar a gente muy diversa, primero por conquista claro, pero luego en pacífica coexistencia para crear riqueza. Un imperio no se aguanta si solo se basa en la fuerza. Tiene que haber ventajas materiales para todos los que están bajo la égida unificada de un rey de reyes.

¿De dónde proviene este objeto, en realidad? No se sabe. De algún lugar en la ribera norte del Amu Daria. Se ha teorizado que pudo venir de Takht-i Kuwad, en lo que hoy es Tayikistán. Eso es, al menos, lo que decía la primera noticia del hallazgo, publicada en un periódico ruso en 1880: que el tesoro se había encontrado en las ruinas de ese antiguo fuerte y vendido a comerciantes de la India. Otros indican que pudieron provenir del templo de Takht-i Sangun. Y hasta quien contó que se encontró simplemente en el lecho del río. De algún modo, los lugareños se hicieron con estas valiosas piezas de orfebrería y se las vendieron después a los comerciantes del emirato de Bujará. Que tuvieron aquel episodio tan novelesco (o no) a finales del siglo XIX...

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

jueves, 4 de julio de 2019

#12 Apoxiómeno de Lisipo


ἀποξυόμενος
Copia romana del s. I
Por Jean-Pol Grandmont [CC BY 3.0]
vía Wikimedia Commons

Ubicación: Museo Pío-Clementino (Ciudad del Vaticano)
Fecha: 330-325 a. C. (original) / s. I (copia)
Época: Arte griego
Autor: Lisipo


  
Una estatua capaz de crear un alboroto nada menos que a Tiberio 

Como ya se mencionó, Lisipo fue el más prolífico en sus obras, e hizo más estatuas que cualquier otro artista. Entre ellos, está el Hombre que usa el raspador, que Marco Agripa había erigido frente a sus Termas, y que agradó maravillosamente al emperador Tiberio. Este príncipe, aunque al comienzo de su reinado se impuso cierta moderación, no pudo resistir la tentación y se llevó esta estatua a su dormitorio, sustituyendo a otra en los baños: la gente, sin embargo, se opuso tan resueltamente a esto, que en el teatro exigieron clamorosamente que el Apoxiómeno fuera devuelto a su lugar; y el príncipe, a pesar de su apego a él, se vio obligado a restaurarlo.

Plinio: Historia Natural, XXXIV, 19.


Un apoxiomeno (o apoxiomenos, que de las dos formas lo he visto escrito en mis libros de arte) es una estatua de un atleta limpiándose el sudor y el polvo con un estrígil. De hecho, su nombre significa, en griego, «el que rasca».

Es uno de los temas de la escultura griega. La mayor parte de las estatuas griegas las conocemos por copias romanas. Los originales en bronce, descubiertos al conquistar la Hélade en el siglo II a. C., fueron copiados a lo largo de los siglos en mármol. Por eso de un determinado tema puede haber distintas copias o versiones. Plinio menciona en el libro XXXIV, unos cuantos ejemplos del botín que se llevaron a Roma.

El más famoso Apoxiómeno es esta copia romana del siglo I a partir del modelo original de Lisipo. Actualmente puede verse en el Pío-Clementino, uno de los museos en los que se divide la riqueza patrimonial de Ciudad del Vaticano.

Lo encontraron en el Trastévere en el año 1849, y pronto fue identificada con aquella escultura de la que hablaba Plinio –el cotilla que todo lo sabe– en su Historia Natural.

Realizada en mármol pentélico, se alza hasta los 2,05 metros. Se ve a un atleta en postura de contraposto, una pierna recta y otra avanzada o doblada; extiende el brazo que va a limpiar, mientras que con el otro va raspando la suciedad.

Si os acordáis, el arte griego se dividía en tres períodos: arcaico, clásico y helenístico. Lisipo, que fue el escultor favorito de Alejandro Magno, está situado ya al final de la época clásica, rozando con el helenismo. Plinio cuenta que Alejandro Magno ordenó que no lo retratara ningún otro que Apeles, no lo esculpiera otro que Pirgóteles, ni lo reprodujera en bronce otro que Lisipo (Historia Natural, libro VII, 125). Se incluye en la llamada segunda fase del clasicismo, junto con Scopas y Praxíteles.

Estamos ya en el siglo IV a. C., con los ideales clásicos en crisis, incluyendo el modelo anatómico que había dominado en el siglo anterior. Lisipo propone un nuevo canon. Los músculos son, a un tiempo, fibra y grasa. Estiliza las formas: en vez de un cuerpo de siete cabezas, establece un modelo de cabeza más pequeña, siendo su canon el de ocho cabezas (1:8). Así los miembros de alargan. Rompe con la frontalidad, y puede verse desde cualquier ángulo.

Es una pieza más que se puede ver conforme vas recorriendo los Museos Vaticanos, y puede que en tu ansia por llegar a la Sixtina, no repares en esta parte maravillosa de estatuaria. Como todo el recorrido, está más lleno de gente de la que desearías (porque al fin y al cabo, también quieren ver lo mismo que tú, ¿no?). Merece la pena dedicar un buen rato a estas obras y, entre grupo y grupo, quizá alcances a tener un momento de respiro en el que puedas contemplarlas con cierta tranquilidad.

Aquí, un pequeño clip de un par de minutos sobre esta pieza, que he encontrado en You Tube.

martes, 2 de julio de 2019

#4 Campana china de bronce






Objeto: instrumento musical
Material: bronce
Fecha: siglo V a. C.
Lugar actual: Museo Británico (Londres)
Época: Edad de bronce


Parece el campanu de una vaca, pero no…

Conocí esta pieza gracias al programa de la BBC (y libro incluido) A history of the world in a hundred objects. Eran unos podcasts en los que Neil MacGregor, director del Museo Británico, escogía cien objetos expuestos y construía, a partir de ellos, una historia del mundo.

Tú lo miras y te dices, «vaya, es como el campano de una vaca. Una campana china, ¿y…?».

Pues esa es la maravilla del programa, que hace que mires de verdad las cosas, te fijes en lo que son, cómo pudieron producirse, qué significaban, qué implicación tiene cada cosa...

Este instrumento musical se remonta al siglo V a. C., en una época que se llamaba dinastía Zhou oriental. Posiblemente fue un producto de las destacadas fundiciones Houma del estado Jin

Moldeada en bronce, la foto no permite hacernos a la idea de sus dimensiones, pero para eso ya os lo digo yo: 55 centímetros de alto. O sea, bien grande. No tiene forma redondeada como las de nuestras iglesias, sino más bien elíptica.

En la parte inferior hay una serie de monstruos. Luego hay unas franjas en el cuerpo de las campanas, con unas protuberancias que parecen pequeñas criaturas enroscadas que parecen unos pájaros. Y en la parte superior, un asa formada por dos dragones enfrentados.

Estas campanas chinas forman parte de un conjunto, cada una afinada distinta, y se tocan juntas, en armonía. No se tocan con badajo sino golpeándolas con martillos.

Algo tan sofisticado era todo un signo de estatus. No sólo demostrabas que te podías permitir comprar objetos de metalistería fina, sino también mantener a los músicos que las tocaran. Conservar instrumentos musicales tan antiguos nos permite saber, más o menos, cómo sonaba aquella música tan antigua, con más certeza que lo que nos ocurre –por ejemplo– en la música occidental.

Este tipo de campanas cumplían otra finalidad secundaria. Como su tamaño y su peso estaban estandarizados, podían usarse también como unidades de medida.

En el episodio de A history of the world in a hundred objects relacionan este instrumento musical con las ideas confucianas de unidad y concordia. En una época insegura, dominada por los reinos combatientes, defendía una sociedad no enfrentada, sino en paz, en que cada uno trabajara complementándose con otros. Implicaba la idea, más bien conservadora, de que cada uno aceptara su lugar en el mundo y colaborara con otros. De ahí que un conjunto de campanas, cada una de su tamaño y afinación, pero sonando armoniosamente con las otras, pareciera una metáfora muy apropiada.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.