Libro joya que nos regala el
primer paisaje invernal de Europa occidental
Hoy traigo una imagen de un manuscrito
del siglo XV, que pasa por tener uno de los primeros paisajes invernales de la pintura occidental.
Como todos los libros de la época, es
manuscrito, y está preciosamente iluminado. Se considera uno de los códices de más calidad del mundo; desde luego, es de los más famosos.
Es un libro de horas, y vosotros os preguntaréis qué es eso. Bien, se
trata de una colección de oraciones, escritas en latín, que se corresponden con
las distintas horas canónicas. Pero por lo que se recuerda hoy en día y se
sigue viendo en los libros de Historia del Arte no es por el texto, sino por
las ilustraciones, inusualmente abundantes y que encarecían la obra.
El libro está formado por un total de
206 hojas de pergamino de alta calidad. Son 29,5 cm de alto y 21,5 cm de ancho. Se
empleó oro y pigmentos caros, como ese lapislázuli utilizado para los azules de
la obra. Esta ilustración, que se corresponde con el mes de febrero, fol. 2v, tiene unas dimensiones de 14,4 x 13,6 cm.
De todas las ilustraciones de este libro de horas, las más valoradas son las que realizaron, a principios del siglo XV, los hermanos Limbourg. Fue un
encargo de Juan, I duque de Berry, hijo del rey Juan II de Francia y Bona de Luxemburgo. No queda claro cuándo empezaron a
trabajar en ello, según la fuente te dicen el año 1410, el 1411 o el 1412. Los hermanos Limbourg se alojaban en un castillo del
duque, el de Bicêtre, al sur de París, y después en Bourges. Lo que queda claro es que estuvieron trabajando en este libro hasta el año 1416.
Fijémonos en la ilustración superior,
que es del mes de febrero.
En primer plano, a la izquierda, vemos
una casa donde se refugian tres personajes, una mujer en primer plano y dos
hombres detrás. Los tres se levantan las faldas para recibir el calor del
fuego. Si te fijas mucho, se distinguen los órganos sexuales de la pareja del
fondo. Evidentemente, en la Edad Media tenían otra idea de la intimidad.
Fijaros si serían diferentes que, cuando
en enero de 1948, la revista Life
publicó una reproducción de las doce escenas, censuró esta imagen retocando los
genitales.
Todo el exterior es un precioso paisaje
nevado, con muchos detalles propios de la época. Las ovejas están recogidas en
un aprisco. Unas aves oscuras buscan granos en el suelo blanco. Ves barriles,
un carro, todo el cercado… A la casa se acerca un personaje envuelto en un
manto, al que casi ves exhalar el aliento en el aire gélido.
Junto a un silo de forma cilíndrica, una
serie de colmenas de las que se sacaba la miel, endulzante propio de la época. El
azúcar de caña era cosa del Mediterráneo islámico, en sitios como la península
Ibérica, pero en el norte de Europa el dulce procedía de la miel.
Más allá del cercado se ven árboles desnudos,
uno tala leña y otro la acarrea a lomos de un asno. En el almiar se amontona la
nieve. A la izquierda se ve el humo saliendo por la chimenea. Más allá,
colinas y una aldea, con una torre que cabe suponer que sea de la iglesia. Y,
finalmente, el cielo grisáceo, plomizo.
Por encima de la escena, hay un
semicírculo que refleja el calendario. En la parte exterior, se ven los nombres
de los signos del Zodiaco del mes, en este caso, acuario y piscis. Las figuras
simbolizando al Aguador y los Peces están más al interior, sobre un fondo de
intenso azul lapislázuli, que representa ese cielo lleno de estrellas. Luego
tenemos el calendario con los días y, en el centro, una representación de Febo
en un carro tirado por cuatro caballos alados, con el sol en la mano. Contrasta
el sol brillante, amarillo, sobre el fondo azul.
Hasta donde yo sé, y he leído por ahí,
un paisaje nevado semejante nunca se había visto en la pintura occidental. Es
un ejemplo más de lo originales que eran los miniaturistas a lo largo de la Edad
Media. Si en época de los beatos mozárabes se dejaban llevar por la imaginación
y creaban monstruos fabulosos, los de la Baja Edad Media se inclinaban por
reflejar, cada vez más, el mundo que los rodeaba: el paisaje, las
construcciones, las ropas de la gente, las armas, los animales… por eso nos da
la oportunidad de echarle una ojeada a ese siglo XV, como si los viéramos a
través del ojo de una cerradura.
Las escenas invernales no fueron abundantes
en la pintura occidental, y mira que a mí me gustan. Otro ejemplo un poco
posterior, del que espero hablar aquí alguna vez, son los Cazadores en la nieve de Bruegel. Sería, por así decirlo, uno de
los primeros ejemplos de la pintura paisajista.
Sí que era un tema recurrente el pintar
escenas de meses, o de las distintas estaciones del año, tanto en el siglo XV
como en el XVI. Eso permitía el contraste entre los diferentes momentos, con
sus colores propios, como este azul y blanco del invierno, o los verdes de la
primavera, por ejemplo. Aparte de ello, tiene el elemento filosófico de
reflejar el paso del tiempo, lo que permite una reflexión sobre la fugacidad de
las cosas y tal.
Estilo
internacional
Esta obra se enmarca estilísticamente en
lo que se llama estilo internacional.
Aquí vemos algunas de las características de este estilo, como es el uso de
colores vivos, el detalle realista, el preciosismo en los detalles.
El gótico internacional une la estética
del gótico lineal, con las técnicas y la iconografía de la pintura italiana del
Trecento.
El apelativo de «internacional» se lo
pusieron los historiadores del arte del siglo XIX para referirse a estas obras pictóricas
producidas entre, aproximadamente, 1380 y 1450, y que presentan unas
características comunes ajenas a las fronteras, pues hay ejemplos por diversos
lugares de Europa occidental.
Es el estilo por excelencia de lo que
Huizinga denominó el otoño de la Edad Media, un momento en que el feudalismo
estaba ya de capa caída y en alza las ciudades y el comercio, con
intercambios frecuentes entre las diversas partes de Europa. Es un arte urbano, cortés y aristocrático, de gran refinamiento y elegancia que se ve en
la estilización de las figuras y el recurso a la curva.
Uno de los centros del estilo fueron
precisamente las cortes de los príncipes franceses, como este de Berry, o el de
Borgoña. Porque, obviamente, este tipo de producto cultural es muy caro, por
los materiales que usaba y porque exigía muchísimo trabajo. En iluminación de manuscritos,
el gran centro fue París. El otro gran miniaturista de la época, además de los
hermanos Limbourg, fue Jacquemart de Hesdin.
Historia
posterior de este libro
Se cree que el primer semestre de 1416
una epidemia asoló el norte de Francia. Así se explica la muerte tanto del
mecenas que encargó la obra, Juan I de Berry, como los tres hermanos
miniaturistas que estaban trabajando en el libro.
El libro inacabado formó parte de la herencia del duque de Berry; aparece en su inventario como
«tres ricas horas». Se cree que pasó a manos de Renato de Anjou, quien allá por
la década de 1440 encargó a un artista desconocido completar las imágenes de
los meses que quedaron inconclusas. Actualmente, se considera que ese pintor
fue Barthélemy van Eyck. El duque Carlos I de Saboya adquirió el manuscrito y
le encargó su finalización a Jean Colombe, allá por 1485-89.
Propietaria fue también Margarita de
Austria, duquesa de Saboya (1480-1530), hija del emperador Maximiliano I y que
se casó con el príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos; luego con Filiberto
de Saboya. Cuando Felipe I de Castilla murió, Margarita asumió la regencia de
los Países Bajos (1507-1515) y la tutela de su sobrino Carlos, futuro emperador
Carlos V. Este también tiró de ella para regir los Países Bajos entre 1519 y
1530.
Con el tiempo, este libro habría llegado
a manos de Ambrosio Spínola, soldado genovés al servicio de la corona española
en los Países Bajos y que sí, es el que aparece en La rendición de Breda o Las
lanzas (1625) de Velázquez. Por esta vía llegaría entonces en el siglo XVII
a Génova. El marqués Vincenzo Spinola di San Luca se lo legó en 1826 a su
sobrino Gio Battista Serra. Los Serra le pusieron su actual encuadernación en
cuero rojo, con las armas de las familias Espínola y Serra.
Este señor tuvo una hija natural a la
que legitimó y que se casó con el barón Felix de Margherita. Cuando Enrique de
Orleans, hijo de Luis Felipe, duque de Aumale y por entonces en el exilio, pasó
por Génova, reconoció en este libro de horas un encargo del duque de Berry, y
lo compró. Estamos hablando del año 1856. A su vuelta a Francia lo llevó a su
castillo de Chantilly, a unos 60 kilómetros al norte de París. En 1881 se identificó
este libro como las «muy ricas horas» que aparecían en el inventario del duque
de Berry. En 1886 donó al Instituto de Francia, su castillo de Chantilly y sus
colecciones. Así se creó el Museo Condé que es, en definitiva, donde a día de
hoy se conserva, como manuscrito número 65.
Detalle de la tumba y mezquita de Tamerlán Adam Jones from Kelowna, BC, Canadá
(2012) / CC BY-SA 2.0
Tipo de construcción: tumba
Época: 1403-1404
Lugar: Samarcanda (Uzbekistán)
Nombres de leyenda
La verdad es que hay palabras que por sí solas evocan algo especial que
no sabes muy bien qué es. Samarcanda, desde luego, es una de ellas. Suena
exótico, rico, cosmopolita, cruce culturas en la ruta de la seda… Cosas
brillantes, aunque no sepas nombrar ni uno solo de sus monumentos…
Ni en qué
exrepública soviética se encuentra. Y si ya nos vamos a la tumba de
Tamerlán también te trae a la memoria un gran guerrero,… aunque, de
nuevo, no sepas muy bien ni cuándo vivió ni qué conquistó.
Pues hoy vamos a
descubrir al menos uno de los monumentos de esa ciudad que evoca las maravillas
de Oriente. El otro día hablé de La Alhambra,
monumento de la segunda etapa del arte islámico medieval. La joya
granadina está en el Mediterráneo occidental. Pues bien, la tumba de Tamerlán
encaja en la otra parte del mundo islámico, entre las escuelas orientales.
De
esa misma época y zona, ya habíamos visto la Gran mezquita de Ispahán, correspondiente al siglo XI. Es un ejemplo de la
arquitectura funeraria. El cuerpo de la construcción es un cuadrado bastante sencillo. Pero
encima ponían unas cúpulas impresionantes. Y es que una de las características
del arte islámico bajo las dinastías turcas es precisamente que proliferan las
cúpulas.
La parte externa de la cúpula, esa superficie curva, se llama
tradós (y, a veces, extradós) y tiene forma bulbosa. Se apoyan
sobre lo que se denomina tambor, que enlaza la
cúpula con el cuerpo de la construcción. Ambas partes se aprovechaban para
adornos, generalmente de cerámica esmaltada o vidriada.
Esto se ve muy claramente en este monumento. El tambor es cilíndrico, y
se aprecia en él decoración cúfica, es decir, con letras. La ornamentación de la
cúpula hace un dibujo como estrías, combinando el verde y el azul. He puesto una foto de este detalle, porque es realmente precioso.
Esta
edificación tuvo una gran influencia, porque se tomó como modelo para
tumbas de los emperadores mogoles de la India. Pensad por ejemplo en el famosísimo Taj Mahal.
Por cierto, que en mapas, artículos, etc., muchas veces no
lo verás denominado así, tumba de Tamerlán, sino Gur-e Amir, que en persa
quiere decir La tumba del rey. Que no solo Tamerlán está ahí, sino
también hijos suyos, de manera que se considera como la cripta de la dinastía
timúrida.
Para quienes les suene el nombre de Tamerlán, pero no acaben de
situarle, pues a continuación unas breves notas. Vivió entre 1336 y 1405. Es uno
de esos guerreros que surgieron de las enormes estepas en el corazón del
continente euroasiático, de hecho, el último gran conquistador de ese origen. Y
antes de que nadie me le llame árabe, deciros que no, que es turco, o sea, otra
lengua y otra etnia, que no todos los musulmanes tienen la misma cultura.
Como
dicen en la Wikipedia, en poco más de dos décadas, conquistó ocho millones de
kilómetros cuadrados de Eurasia, cruzando desde Delhi hasta Moscú, desde la
cordillera Tian Shan del Asia Central hasta los montes Tauro de Anatolia,
conquistando y reconquistando, arrasando algunas ciudades y perdonando a otras.
En el año 1370, Tamerlán convirtió Samarcanda en su capital. Era una
ciudad que ya tenía siglos de antigüedad, y que formaba parte de la Ruta de la
Seda. En los siguientes años, hasta su muerte, fue construyendo una nueva
ciudad, a la que llevó artesanos de todo su inmenso imperio. «Samarcanda –
Encrucijada de culturas» está incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad
por la UNESCO desde 2001, y en su página web lo describe de la siguiente manera:
La ciudad histórica de Samarcanda fue una encrucijada y un crisol de culturas
del mundo entero. Fundada en el siglo VII a.C. con el nombre de Afrasyab,
alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV bajo los timúridas. Entre sus
principales monumentos destacan la mezquita y las madrazas del Registán, la
mezquita Bibi-Khanum, los conjuntos arquitectónicos de Shah i-Zinda y Gur
i-Emir, y el observatorio de Ulugh-Beg.
Tiene página en la Wikipedia tanto Samarcanda como en concreto el mausoleo Gur-e Amir, por si queréis profundizar algo más. Por echarle una
ojeada de mano de uno de tantos viajeros que recorren el mundo y nos lo cuentan,
os pongo aquí el vídeo de J. Agustín Núñez Guarde en YouTube:
Hay
cosas que son tan de los ochenta como los cardados y las hombreras. Neuromante es una de ellas.
En su
momento logró algo nunca visto hasta entonces, que es ganar los tres
principales premios de ciencia ficción: Nebula, Hugo y Philip K. Dick. Algo
abrumador sobre todo considerando que es una primera novela.
¿De
qué va? Es una novela de ciencia ficción postapocalíptica. Cuando se escribió,
aún se vivía la guerra fría. Por lo tanto, lo que se imaginó el autor es una
tercera guerra mundial con los soviéticos después de la cual se vivía un mundo bastante oscuro, muy
urbano, con macrociudades extendiéndose a lo largo de centenares o miles de
kilómetros.
Un
mérito que se atribuye al autor es la acuñación del término ciberespacio, para referirse a esa
conexión de miles de ordenadores creando una red. Ya lo usó en un cuento
anterior, pero lo desarrolló más en esta novela.
El
protagonista, Case, es un cibervaquero, lo que hoy llamaríamos pirata
informático por su capacidad de superar las barreras defensivas de los
programas. Lo llaman ICE, «hielo» y este Case es muy bueno «rompiendo el hielo» para acceder a la información por la que le pagan.
Antes
de comenzar la novela, sin embargo, se ve impedido de tener ese acceso al
ciberespacio por haber querido engañar a sus jefes. Tiene una vida más bien
arrastrada en los bajos fondos. Consume todo tipo de sustancias, fuma, bebe y
se droga, o sea, el combo ideal tan de los ochenta.
Es el
personaje en torno al cual gira la historia y vamos siguiendo sus pasos por
todo ese mundo cutre y sombrío. Lo contratarán para que haga cierto trabajo.
Para ello tienen que arreglarle un poquito los órganos chafados por sus jefes y
que le impedían conectar con el ciberespacio. Los que le ponen, eso sí, vienen
con algún contratiempo, como que le impiden colocarse químicamente.
Porque
sí, este mundo permite modificaciones corporales más allá de la cirugía
estética actual. Por ejemplo, su compañera de aventuras, Molly, tiene
implantadas unas lentes de espejo ante sus ojos y unas garras retráctiles bajo
las uñas.
Molly,
por cierto, es el personaje que al final más te llama de toda esta historia.
Lástima que el autor, muy en plan adolescente, sienta que tiene que hacerla un
pasado como mujer prostituida y una de las primeras cosas que hacen ella y Case
es follar, porque sí. La identificación mujer=sexo es tan cansina... Creo que de cada personaje femenino que saca en la
historia, tiene que decir si está buena o no, llamando la atención sobre todo
sobre sus pechos. Esa es la parte del libro que me sonó más adolescente y me
hacía poner los ojos en blanco. Aunque en realidad es algo más frecuente de lo deseable en los autores
masculinos.
La
cosa es que luego la historia se complica y detrás del trabajito que le
encargan a Case, en realidad, hay un tema de una corporación, dos inteligencias
artificiales, unos rastafaris, una colonia espacial, un psicópata, un
guardaespaldas ninja… De todo un poco. Con el tópico de qué negativo es todo,
qué malas las empresas y sus ejecutivos, qué peligro las inteligencias
artificiales, vaya asco de mundo al que nos encaminamos, etc.
El
estilo con el que está narrado es lo que me parece a mí más ochentero y debió
suponer todo un golpe de aire fresco en el género. Yo lo llamaría surrealismo tecnológico. Desarrolla
escenas visualmente impactantes, con un toque onírico, de manera que no sabes
si es realidad, fantasía, sueño, visiones de tanto personaje drogado o qué. Una
imagen, a modo de ejemplo, sería la de un alacrán subiendo por el brazo de un
personaje, que me recordó muchísimo a las famosas hormigas de Un perro andaluz. Aquí no hay ojos
cortados, pero sí que fracturan un implante de espejo de Molly. Os hacéis a la
idea, ¿no?
Frente
a ciencia ficción más pesada, en la que se pierde en la creación de mundos,
razas, planetas, etc, hasta que el mundo se come a la historia y a los
personajes (un riesgo que se corre con el worldbuilding
tanto de ciencia ficción como de fantasía y, a veces, en novela histórica),
William Gibson te mete in media re en
este mundo sin explicaciones.
Es de
esas novelas que tuve que mirar de qué iba para entender lo que estaba
leyendo. Por un lado, bendita sea la ausencia de infodump; pero, por otro, caramba, me gusta comprender las cosas,
no solo meterme en el viaje lisérgico del autor. No, de veras, es de esas
novelas que parece que el autor debía estar fumado cuando la escribía.
Decía
yo que es muy ochentera esta novela, pero a mí se me dio un aire a la contracultura casposa, con antihéroe y con el feísmo de las películas de los
setenta, más que con el preciosismo Blade Runner con la que muchas veces se relaciona a esta novela.
Lo que
más me ha gustado es que supiera darle un aire desenvuelto a la ciencia
ficción, que se escribiera como un adolescente espídico inspirado en el
brutalismo de un Bukowski.
Lo que
menos, la forma de mirar a las mujeres. No me entendáis mal, en Molly, la
Navaja Andante, hay una heroína mítica de la que apetece saber más. Pero de
verdad, que lo primero que te digan de cada hembra sea cómo tiene las tetas, de
verdad, es un poco, ya digo, juvenil. Me pregunté si superaría el test de Bechdel,
y al final sí lo hace, cuando Moly y 3Jane, la directora de una corporación,
hablan de temas que no son Case.
No me
extraña que deslumbrase en los años ochenta. Y se puede convertir en una de tus
favoritas si la lees ahora, aunque mi impresión es que dependerá un poquito de la edad que
tengas. A mí, que he pasado el medio siglo, me dijo bastante poco, quizá porque me costó comprender lo que
estaba diciendo. La traducción no me parece demasiado lucida. Hace cosas como
dejar joint así, sin traducir a «porro».
Una traducción poco inspirada acaba causando confusión en el lector. Todo se
aprecia más si lo entiendes.
Después
de leer la novela, leí sobre la
novela, y eso me ayudó un poco a valorarla más.
Puedes
darle una oportunidad si tienes cierto gusto por el género de ciencia ficción. Pero, si no,
tampoco me parece que sea una historia de las que vaya a cambiarte la vida,
ahora, ya entrado el siglo XXI. En su momento, sí, fue muy rompedora y anticipó
cosas, aunque su ciberespacio y su conectarse a la red no es exactamente igual
que como entramos nosotros ahora en internet.
Y no,
tampoco supo imaginar nada parecido a esos ordenadores de mano que llamamos teléfonos
móviles.
Panorámica de la Alhambra, por Jebulon (2012), vía Wikimedia Commons
Ubicación:
Granada (Andalucía, España)
Fecha:
siglo XIV (palacios nazaríes)
Estilo: Arte islámico
Tipo de edificación: Palacio
fortaleza
Joya, joyita, joya, si no la conoces aún, ¿a qué esperas?
Hoy voy a hablar de una de las
joyas de la arquitectura española, sobre el que se ha escrito tanto, que no
sabía por dónde hincarle el diente.
Ha sido de siempre el monumento más
visitado de España. Al parecer, hace un par de años la superó la Sagrada Familia de Barcelona en visitantes pero, francamente (en mi humilde opinión), no hay
color.
¿En qué capítulo de la
historia del arte enmarcamos la Alhambra? En la segunda etapa del arte islámico
medieval, que iría desde finales del siglo XI hasta el siglo XVI. En esos
siglos, en el Mediterráneo occidental, se sucedieron los estilos, según quien
estuviera en el poder. De ellos he hablado aquí, tanto del arte almorávide (mezquita Kutubía de Marrakech)
como del posterior
arte almohade (la Giralda de Sevilla).
Ante todo, ha de decirse que la
Alhambra no es una sola construcción, sino que hablamos de edificios y
jardines, canalizaciones y defensas, en las alturas de la ciudad. No siguió
ningún plan preconcebido, sino que el que llegaba al poder, iba construyendo,
sin más… ¡Hasta un pegote renacentista, el Palacio de Carlos V! De esta obra de
Machuca espero poder hablar otro día. Ahora me voy a centrar en la Alhambra y
el Generalife dentro del arte islámico.
Vista de la Alhambra desde el
mirador de San Nicolás
Por Zackds (2007), CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons
Para que esto no se convierta
en monótona descripción de cada dependencia, he preferido hacer un pequeño
recorrido virtual por ciertos puntos que me parecen los más relevantes.
La primera impresión que
tienes de la Alhambra es que está arriba, en lo alto. Se le llama así, Alhambra,
«la roja» (al-Qalat al-Hamrá
significa «el castillo rojo») por el color del ladrillo que se usó para construirla.
Con lo que ya descubrimos una de las características del arte nazarí: construcción con materiales más bien pobres, como el ladrillo; la arcilla como
materia prima, en lugar de la más perdurable piedra. Es habitual la mampostería y el tapial. Los edificios nazaríes no son nada llamativos
por el exterior, lo que compensan con un interior muy (pero que muy)
ornamentado.
Las diferentes edificaciones de
la Alhambra se despliegan en una especie de cresta que yo tiendo a leer de oeste a este, o sea de izquierda a derecha, pero que en muchos mapas que encontraréis por ahí estará al revés, con el sur en la parte superior y el
norte en la inferior.
Lo primero que se percibe son
las torres y las murallas. Y es que la Alhambra es un palacio-fortaleza, es
decir, no solo residencia del poder sino también defensa militar del mismo.
Torre de la Vela, fotografiada por Sharon Mollerus en 2011 (CC BY 2.0)
En el extremo o punta occidental
estaría la Torre de la Vela, desde
la cual puedes ver toda Granada.
Inmediatamente detrás queda la
Alcazaba, donde residía la
guarnición que protegía a los reyes nazaríes. La Alcazaba, las torres y las
murallas serían las edificaciones de función defensiva que tiene la Alhambra.
Pasada la Alcazaba se alzan, a
la derecha, el palacio de Carlos V, del que ya digo que hablaré en otra
ocasión, si puedo. A la izquierda, o sea la parte norte, quedaría lo más representativo del conjunto,
dos palacios nazaríes del siglo XIV.
Quizá sea, además, lo que más
conocemos todos, las imágenes más prototípicas. Es importante tener presente que los palacios musulmanes tenían tres zonas: el mexuar (que es la parte
pública), el diwan (la oficial) y, finalmente, el harén (la privada). Y es
importante porque aquí sí que podemos verlo.
Empecemos con la parte pública.
El mexuar
es la zona administrativa, y se transformó bastante después de la conquista
cristiana a finales del siglo XV.
Seguimos con la oficial o diwan
que sería el palacio llamado Cuarto de Comares. Se corresponde con el reinado de
Yusuf I (1333-1354). Comares viene de qamariyya, que es como se llamaba a los vidrios de colores de las ventanas. Aquí tenemos, sobre las escarpaduras septentrionales, la Torre de Comares, en cuyo interior
destaca el salón del Trono. En el centro del palacio está el patio
de los Arrayanes, el más grande de toda la Alhambra.
Patio de los Arrayanes, por Tuxyso (2014) vía Wikimedia Commons
Y pasamos entonces al harén o residencia
privada, que sería lo siguiente que encontraríamos, yendo hacia el este. Es el Cuarto de los Leones, palacio que servía como residencia de invierno del soberano y toda su familia. Este
edificio se lo debemos al hijo de Yusuf I, Mohamed (o Muhammed) V (1354-1391).
Lo mismo que el de Comares, se
organiza en torno a un patio, en este caso el archiconocido Patio de los Leones, con una fuente en
medio, Más que en los torpes leones (la escultura animal no era algo en lo que destacaran precisamente) fijémonos en su simbolismo. Son doce leones, uno por cada signo
del Zodiaco. Y con la fuente conectan cuatro canales, representando cada uno
los cuatro ríos del paraíso coránico. Sería entonces una representación del Paraíso.
Patio de los Leones, por Oscarmu90 (2014), vía Wikicommons.
Pero sobretodo dejemos vagar la mirada por todo el entorno de este patio. Simplemente, espléndido.
Todo alrededor vemos la típica
columna nazarita. En el fuste,
delgadito y cilíndrico, hay anillos; en lugar de ponerle un capitel corintio,
ya demasiado visto, recurren a uno algo más creativo y novedoso: el capitel de dos cuerpos. El inferior
está decorado con una cinta, y el superior, cúbico, suele tener atauriques. Las columnas sostienen los arcos con yeserías.
Columnas del patio de los Leones, con sus fustes con anillos y sus capiteles con dos cuerpos.
Techo de la Sala de los Abencerrajes, por jvwpc (2004)
A este patio de los Leones se abren dos salas
impresionantes: la de los Abencerrajes y la de las Dos Hermanas. Ambas cuentan
con una bóveda de mocárabes, que son
de lo más hermoso del arte islámico, produciendo un efecto tan intenso que yo hasta
lo consideraría abrumador.
Bóveda de mocárabes en la Sala de las Dos Hermanas, por Jebulon (2012)
[CC
0] vía Wikimedia Commons
La Sala de los Abencerrajes tiene una impresionante bóveda de mocárabes. Ya he mencionado que los nazaríes ocultaban la humildad de los materiales de construcción con la abundancia de decoración.
Y uno de los recursos son estos mocárabes o prismas colgantes. Estas cúpulas de
mocábares se supone que simbolizan el cosmos, con la luz divina reflejada y ampliada
en cada uno de sus prismas. La diferencia entre los mocárabes occidentales y las muqarnas
del arte islámico la mencioné de pasada al comentar la Gran mezquita de Ispahán,del siglo XI, así que
tampoco me voy a repetir.
El detalle técnico de cómo se formaban estas decoraciones en yeso, aparentemente desorganizadas pero que en realidad tenían mucho cálculo detrás es bastante impresionante. Si queréis profundizar en el tema, aquí un análisis de un fragmento de una bóveda de mocárabes, en la página del patronato de la Alhambra.
Sala de las Dos Hermanas, por Javi Guerra Hernando (2009)
Enfrente a la Sala de los
Abencerrajes está la Sala de las Dos
Hermanas. Era una sala más de la residencia privada de los reyes nazaríes y
todo un ejemplo de los diversos recursos decorativos, algunos que procedían ya de otras épocas, como la sebka (red de rombos, procedente de los almohades), o la lacería (rosas geométricas que se entrelazan y se forman círculos, triángulos, etc. repitiendose indefinidamente).
Destacaría el uso decorativo del azulejo. Fijáos en esos zócalos que cubren la parte inferior del muro. De
esta técnica decorativa hablé en la entrada «Alicatado de la Alhambra».
Y claro, no puede faltar la típica decoración con escritura cúfica. Al parecer, el poema escrito en las paredes de la Sala de las Dos Hermanas empieza Jardín yo soy que la belleza adorna…
Mirador
de Lindaraja, por Leronich (2009)
Al fondo de la Sala de las Dos
Hermanas encontramos el Mirador de
Lindaraja o Daraxa, con un bello ventanal geminado que se abre a otro patio
interior, más pequeño, llamado Patio de
Lindaraja. Este jardín tan recoleto demuestra lo bien que supieron
aprovechar los desniveles de esta colina.
Junto a este patio se
encuentran unos baños que algunos consideran como de los mejores
del arte islámico.
Si la arquitectura no te dice nada (aunque me parece difícil), siempre tienes algo que recuerda todo
el que ha visitado la Alhambra: sus jardines.
No me voy a meter en el amor de la civilización islámica por el agua y los
jardines, o su relevante papel a la hora de traer y llevar
especies de un lado a otro. Gracias a los árabes llegaron a lo que hoy es España desde los cítricos y el arroz hasta la caña de azúcar
o las berenjenas.
Patio de la Alberca, en el Generalife, por Juandev (2008)
Aquí hay unos jardines
pegaditos a un palacio en ruinas, el Partal. Pero los más llamativos son los
que quedan al otro lado del cerro del Sol, en una colina vecina a la Alhambra: el palacio de verano de los
reyes nazaríes que es el Generalife.
Huertos, estanques, jardines… espléndidos y evocadores, con sus rumores, su
frescos, sus olores…
No me extraña que la Alhambra haya inspirado a tantos artistas. Es lugar común mencionar al estadounidense
Washington Irving y sus (bastante románticos) Cuentos de la
Alhambra (1832). Personalmente, prefiero una evocación musical, los Recuerdos de la Alhambra del maestro
Tárrega, pieza destacada del repertorio para guitarra clásica. Aquí, en You
Tube, una interpretación de Narciso Yepes en el Palau de la música de Barcelona.
Ya he explicado el contexto artístico de
este conjunto, pero me quedaría hacer una breve referencia al contexto
histórico, quiénes son estos nazaríes de los que estoy hablando todo el rato, que
vivieron el último esplendor del arte hispanomusulman.
Seré breve. Tras la victoria cristiana en las Navas de Tolosa (1212), se disolvió el imperio almohade. El territorio musulmán en la península se
dividió en pequeños reinos, llamados taifas. La taifa de Granada fue conquistada
en 1238 por los Banu Nasr y cayó en manos cristianas a principios de 1492.
Personalmente, considero que la Alhambra es un
monumento imprescindible si quieres conocer el arte islámico. Este lo encuentras en Europa, África y Asia, en multitud de países, no siempre acogedores para la turista mujer. Habrá muchos
lugares y ocasiones en los que no te sientas cómoda. Por eso, ver arte islámico
auténtico en España es una apuesta bastante segura.
La «Alhambra, el Generalife y el Albaicín de Granada» es un
lugar inscrito en la lista de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde
1984, y en su página web lo describede la siguiente manera:
Situados en dos colinas
adyacentes, el Albaicín y la Alhambra forman el núcleo medieval de Granada que
domina la ciudad moderna. En la parte este de la fortaleza y residencia real de
la Alhambra se hallan los maravillosos jardines del Generalife, casa de campo
de los emires que dominaron esta parte de España en los siglos XIII y XV. El
barrio del Albaicín conserva un rico conjunto de construcciones
hispanomusulmanas armoniosamente fusionadas con la arquitectura tradicional
andaluza.
El conjunto tiene un artículo bastante amplio en la Wikipedia; y además muchos de los elementos que lo componen tiene artículo propio, como se puede ver en la
Categoría: Alhambra: Generalife, Palacios nazaríes, Patio de
los Arrayanes, Patio de los Leones, Sala de los Reyes (Alhambra), Torres
Bermejas… y así hasta 54 artículos relacionados.
Por si queréis echarle una ojeada un
poco más en profundidad, aquí os dejo un documental de casi una hora sobre la
Alhambra.
Pero vamos, que en You Tube puedes
encontrar vídeos sobre la Alhambra hasta hartarte. Uno de los más recientes es
el de un yutubero al que sigo, El auriga del Arte, de este mismo verano de 2020, que hizo con motivo de la reapertura de estas instalaciones. Es bastante breve, un cuartito de hora.
Y por si quieres visitarlo,
este es el enlace a la página web de la Alhambra y el Generalife.
Siempre me ha
dejado un poco perpleja que algunos de mis escritores favoritos sean meras
notas a pie de página, o simplemente, no se mencionen, por los académicos
españoles.
Me pasa con Hardy,
Fielding, Böll... y Joseph Roth, a quien ni mencionan por ejemplo en la Historia de la Literatura Universal de Riquer
y Valverde.
Y, sin embargo,
Roth tiene algo que a mí me llega particularmente. Ya hablé de él en este mismo blog, con motivo del 80 aniversario de su muerte.
Se considera La marcha de Radetzkysu
obra maestra. Hay otras excelentes,
como Job, novela que Marlene Dietrich
comentó que era su favorita, o La leyenda
del santo bebedor, que dio lugar a una magnífica película protagonizada por
el inmenso Rutger Hauer, dirigida por Ermanno Olmi y ambientada en París, ¿hay algo más europeo que esto?
Así que dudé un
poco sobre cuál de sus libros meter en esta lista de obras de la literatura
universal. Pero al final me decidí por esta que creo que es su novela más
lograda. Es de las más extensas, y redonda tanto en el fondo como en la forma.
Cuenta la
historia de tres generaciones de miembros de la familia Trotta: el teniente José Trotta, soldado de
infantería esloveno le salva la vida a un joven Francisco José I en la batalla
de Solferino; su hijo Francisco, barón de Trotta y Sipolje, que se convierte en un alto funcionario y, sobre todo al hijo de éste, quien protagoniza la mayor parte del libro, Carlos José, formado en un ambiente militar desde crío, que se convertirá primero en un ulano (cuerpo de
caballería) para pasar después a ser un jäger, cazador (infantería ligera) en un puesto fronterizo del imperio. Aparecerá por allí Kapturak, un personaje de ese ambiente tan turbio y confuso, que hemos visto en otras obras de Roth cuando necesita a alguien que comercia con todo aquello por lo que se pague.
Al hilo de la vida
de estos tres personajes, revives el imperio austrohúngaro desde el año 1859 en
la segunda guerra de independencia italiana hasta el año 1916, con la muerte
del emperador en mitad de la Primera Guerra Mundial.
Cada capítulo es como un cuento autoconclusivo, en torno
a algún episodio de la vida de estos distintos miembros de la familia Trotta.
Esto me ha hecho particularmente amena la lectura. No hay por así decirlo cliffhangers al final de cada capítulo,
sino que te vas avanzando como a trompicones.
Su estilo es
realista, a veces expresionista, con metáforas algo sorprendentes, pero muy en
línea a lo que es una novela tradicional, de las de toda la vida, sin
experimentos raros. Joseph Roth es uno de esos escritores que tiene algo que
contar y eso es lo importante.
Hago un aparte. Me encanta esa
expresión, «tener una historia que contar». Es una expresión publicada, al parecer, en el suplemento Babelia, El País, en referencia a otro autor: «No todos los escritores tienen una historia que
contar. Andrea Camilleri sí.» Desde entonces, he comprendido que, en realidad,
puedes clasificar a todos los escritores a partir de este criterio: los que
tienen una historia que contar, y los otros, los que solo quieren escribir un libro.
Joseph Roth es de
esos, de los que tienen historias que contar, todo un mundo que revivir ante nosotros, y lo hace de
esta manera.
Su mundo es el
imperio austrohúngaro, ¿hay algo que pueda sonar más viejuno que eso, más Belle Époque, más decadente que la Viena
finisecular, que al mismo tiempo estuviera con un arte y una vida intelectual
bien viva y rica?
Comprendo perfectamente
a Joseph Roth en su inútil nostalgia por un mundo que suena tan caduco, con
toda aquella diversidad integrada en una única organización política bajo la
benévola mirada de un emperador viejo, con todo el peso de la historia habsburgo
sobre sus espaldas.
Y es que Francisco
José I es un protagonista más. Lo vemos primero como un joven que se pasea de
manera inconsciente por la vanguardia del ejército. Luego va envejeciendo, siempre
con una mano, más o menos benévola, que influye en la vida de los Trotta.
El emperador era un hombre viejo. Era el emperador más
anciano de la tierra. A su alrededor rondaba la muerte, segando, cercenando
vidas. Vacío se hallaba el campo y sólo el emperador, como una espiga plateada,
se erguía olvidado y esperaba.
Acaba finalmente solo, más símbolo que persona, un fantasma más de esa carnicería que fue la primera guerra
mundial. Los Trotta no podían sobrevivir al
emperador. De hecho, ni el último Trotta ni el emperador podrían sobrevivir a Austria, aquella que
quedó, disminuido, troceada, con los despojos que se repartieron los caciques.
Desde hace bastantes
meses estoy releyendo la bibliografía de mis dos autores favoritos: Böll y
Roth. Tocaba releer esta novela por... no sé, ¿tercera, cuarta vez?... Y aun
así consiguió ponerme un nudo en la garganta sobre todo por la figura trágica
del teniente Carlos José de Trotta, con sus gozos y sus desgracias, las pocas personas con las que intima y desaparecen, ese amor y respeto entre padre e
hijo tan contenido, y sin embargo tan profundo. Acabará luchando en la primera
guerra mundial, cumplidor con sus compatriotas, con valentía y un poco sin
sentido.
Esta obra tuvo un enorme éxito cuando se publicó allá por 1932. Al año siguiente, ya estaba traducida al inglés, con idéntica recepción. A lo largo de los años, se fue leyendo traduciendo y leyendo por toda Europa. Leo en la wikipedia –donde tiene esta página–, que el crítico alemán Reich-Ranicki la incluye en su canon de las mejores novelas en alemán, y que Vargas Llosa aludió a ella como la mejor novela política que se ha escrito. Recuerdo que hace años, Pérez-Reverte hizo su lista de los cien libros que consideraba imprescindibles, fueron dos artículos en El semanal, e incluyó precisamente esta novela.
Así que, pese a que Joseph Roth ni siquiera sea mencionado por Riquer y Valverde, no soy la única que lo aprecia. Somos muchos quienes disfrutamos de su obra. Para mí, es uno de esos autores genuinamente europeos que seduce a quienes nos hemos educado en esta cultura tan diversa.
Lo reconozco, es una de mis
novelas favoritas. Mi sentimiento al terminarla es agridulce, no es exactamente
tristeza, ni nostalgia, sino un placer tranquilo unido a cierta desolación, por
la manera en que la vida al final, pese a las buenas intenciones, puede acabar
siendo dolorosa y un poco sin sentido.
Hoy os traigo un ejemplo de templo
budista situado en Tailandia. Voy a seguir, sobre todo, la Wikipedia en inglés,
que se detiene con un poco más de detalle en esta obra.
Wat Mahathat (วัดมหาธาตุ) se podría traducir como «templo de la
gran reliquia». Sería el edificio más destacado de los muchísimos que hay en
este lugar patrimonio de la humanidad.
He visto atribuida su fundación a Si Inthrathit,
pero eso no me acaba de cuadrar porque reinó del 1238 hasta 1270, cuando este
templo está datado entre el año 1292 y 1347, lo que lo situaría no bajo este
rey de Sukhothai sino un sucesor suyo, Phaya Loe Thai (r. 1298-1323). Estas
cosas siempre me dejan perpleja, y como no conozco en detalle la historia tailandesa, me quedo con que se construyó en tiempos de la dinastía Phra
Ruang, y así no hay error.
Sería el templo principal tanto de la
ciudad de Sukhothai como del reino, en general.
Cuando hablé del Templo del Sol en Konärak,
comenté un poco la arquitectura de lo que es un templo hindú. Porque claro,
aquí podemos tener más o menos clara la estructura de una iglesia, una mezquita
o una sinagoga, pero cuando se trata de templos religiosos de otras culturas,
pues no conocemos bien sus partes.
Voy a hacer lo mismo, un poco, con los templos budistas. Se extienden por diversos
lugares de Asia, y no todos son exactamente iguales, ni se llaman, ellos y sus
partes, de la misma manera.
Los templos budistas tailandeses se llaman wat, y si queréis saber algo más de este
tipo de edificación, podéis mirar la página de la Wikipedia.
Su diseño se basa en un mandala, que es una representación del universo,
concepto común al budismo y al hinduísmo. Por cierto que muchas de las palabras
que designan templos de una y otra religión proceden del sánscrito.
El elemento más conocido es, quizá, la estupa (chedi), con forma cónica o de campana. Sería un relicario,
destinado a contener reliquias de Buda, aunque obviamente, no todas las estupas
cuentan con ellas. La estupa principal de Wat Mahathat es del año 1345 y tiene
forma de capullo de loto, algo que es bastante característico de la
arquitectura de Sukhothai.
En la base de esta estupa se cuenta con
una ornamentación de esculturas representando a discípulos de Buda caminando en
el sentido de las agujas del reloj, con sus manos juntas en forma de saludo.
A ambos lados de esta estupa se alzan
sendas estatuas de Buda, de nueve metros de alto. Se les llama Phra Attharot
Alrededor de la estupa central, hay ocho
estupas más pequeñitas, cada una en una dirección. Las de las cuatro esquinas pertenecen
a un estilo que se llama Mon Haripunchai –
Lanna. Las otras cuatro que quedan entremedias muestran influencia jmer.
Los templos budistas tienen otra serie
de edificios digamos menores, que se pueden distinguir también en este templo:
·vihara o wihan: sala de reuniones
·mandapa o mondop: edificio cuadrado abierto por los lados, con techo
piramidal, que se usa para guardar textos u objetos de culto
·bot o ubosot: «sala de ordenación», donde prestan votos los nuevos monjes.
Hay otros elementos propios del templo budista, pero creo que estos son los esenciales.
Este templo se encuentra dentro del
parque histórico de Sukhothai. Sukhothai (que significa, al parecer, «Amanecer
de la felicidad») fue la capital del reino homónimo en esos siglos tardomedievales,
XIII y XIV. Queda en la parte septentrional del centro de la actual Tailandia.
Las ruinas están rodeadas por un muro de unos 2 km este-oeste
por 1,6 km (norte-sur), y con una puerta de entrada en cada uno de los cuatro lados. Además de este templo principal, se pueden ver otros, y el palacio real,... así, hasta casi
doscientas edificaciones.
Lógicamente, se trata de uno de los lugares más
visitados por los turistas que van a Tailandia. Es tan extenso que muchos
mochileros as los que he leído aconsejan recorrerlo en bicicleta.
La «Ciudad histórica de Sukhothai y sus
ciudades históricas asociados» está incluida en la lista de Patrimonio de la
Humanidad por la UNESCO desde 1991, y en su página web lo describe http://whc.unesco.org/es/list/574 de la siguiente manera:
Capital del primer
reino de Siam durante los siglos XIII y XIV, Sukhothai conserva espléndidos
monumentos ilustrativos de la primera época de la arquitectura tailandesa. La
gran civilización que floreció en esta ciudad fue producto de la rápida
asimilación de numerosas influencias y tradiciones antiguas locales, que dio
lugar muy pronto a lo que se ha dado en llamar el “estilo sukhothai”.
El lugar patrimonio de la Humanidad no
incluye solo esta ciudad, sino también otros dos parques históricos cercanos: el
de Si Satchanalai y el de Kamphaeng Phet.
De todo esto hay páginas en la Wikipedia,
y aquí os enlazo con la página del elemento más importante de este lugar
Patrimonio de la Humanidad, el Parque histórico de Sukhothai.
Por echarle una ojeada de mano de uno de
tantos viajeros que recorren el mundo y nos lo cuentan, os pongo aquí el vídeo
de Alanxelmundo en YouTube: