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viernes, 28 de enero de 2022

#25 Mujercitas


 

Little Women o Meg, Jo, Beth and Amy

 

Autor: Louisa May Alcott

Año: 1868/1869

Género: Novela

Edad: juvenil

 

 

Las conocemos más por el cine

 

Este clásico de la literatura juvenil lo conocemos más por sus versiones cinematográficas, pero el libro también merece la pena. Siempre que asuman que tampoco te vas a encontrar con Gran Literatura.

Es una obra muy leída, con gran éxito desde su publicación. No quiero ni imaginar lo rompedora que debió ser en su momento: una novela doméstica, protagonizada por mujeres, cada cual con su propio carácter, pero todas ellas fácilmente imaginables como «la chica de al lado», esa muchacha normal y sin pretensiones, de buen corazón pero que, al mismo tiempo, tiene su propia personalidad y sueños. Posiblemente sea la primera aparición de chicas jóvenes norteamericanas tan de carne y hueso.

Está dividida en dos partes que, en origen, fueron dos novelas diferentes, publicadas en 1868 y 1869. En la primera son más bien adolescentes y la segunda empieza, se supone, tres años después, cuando son ya mujeres jóvenes que tienen que decidir cuál es su camino en la vida, con quién se casan, de qué van a vivir.

En la primera parte, toma como referencia El progreso del peregrino, de John Bunyan, un libro muy querido por los protestantes anglosajones. De hecho, los títulos de los capítulos son paralelos a lo que plantea Bunyan, solo que referido a la vida de mujeres adolescentes. Los personajes son todos creyentes, y en más de una ocasión, en su religiosidad hayan la fuerza o el sentido para lo que hacen.

Pero, ante todo, son lo que ellos consideran pobres, que ya me diréis, cuando tienen una sirvienta en casa. Y muy trabajadores. No pueden estar con las manos quietas. Siempre hay algo que hacer, limpiar, coser, cuidar a alguien, o dedicarse a actividades más creativas, como leer, pintar o escribir.

A ese elemento religioso que encuentras en algunos momentos, le suma trazas de la literatura sentimental e incluso de las novelas didácticas para niños, en las que les enseñaban buenos modelos. Así que es realista pero suavizado con un toque moralizador.

Cada vez que leo esta novela, descubro algo nuevo. También depende de los ojos con que la mires, pues no es igual leer esto a los quince años que a los cincuenta. Me fijo ahora más cómo los padres se esfuerzan en que sus hijas les salgan lo que ellos consideran buenas y también ejercen su influencia en su vecino, un tipo que rico y guapo podría perfectamente salirse de madre, pero entre todas contribuyen a hacer de él un hombre de provecho.

Sería un ejemplo de eso que llaman Bildungsroman en literatura, una novela que te cuentan el paso de la niñez a la adolescencia a la edad adulta, y cómo los personajes se enfrentan a los desafíos que la vida les lanza.

Se considera una novela autobiográfica o semiautobiográfica, inspirándose la autora en ella y sus tres hermanas.

Se supone ambientada en Concord (Massachusetts), en los años sesenta del siglo XIX. Cuando empieza, aún está la guerra de secesión, a la que ha ido el padre. Quedan en casa sola su mujer (la sra. March, o Marmee) y sus cuatro hijas (Meg, Jo, Beth y Amy), más la criada, Hannah. Trabarán amistad, sobre todo Jo, con el vecino, Theodore Laurence, al que llaman Laurie o, ella, Teddy. Cada una de las hermanas tiene su propia personalidad, y en el contraste entre ellas está uno de los encantos del libro. Además, entre ellas se relacionan por parejas: Jo y Beth, Meg y Amy.

Aun así, siguen siendo típicas mujeres estadounidenses. Esto se ve muy bien en la parte en que Amy viaja a Europa. Se refina en el sentido de que es aún más elegante, pero sigue siendo una mujer bastante segura de sí misma, activa (conduce su propio carruaje) y franca, desenvuelta en su trato con otras personas, incluidos los chicos. Se me hace difícil pensar en ese tipo de muchacha en novelas decimonónicas europeas.

Es una pena que esta novela nos la han pasado al español con recortes, adaptaciones al público infantil o juvenil. Para releer la novela, me he decidido por una edición en inglés, y he visto que es más larga y tiene más cosas que la edición que tenía yo en casa de toda la vida, que era un formato más de libro para niños.

Ya digo que he descubierto más cosas, y he mirado de otra manera esta historia ahora, en la edad adulta, que de niña. Tampoco voy a entrar en detalles, porque la lectura de los clásicos es algo personal, y cada uno tiene que ver qué le dice la novela.

Como curiosidad, en plan Sálvame, diré que siempre pensé que Beth era la hermana pequeña y no, la peque es Amy, la mimada que es toda vanidad. Es un detalle menor, que tampoco te saca de nada. 

Lo que sí me ha sentado un poquito peor es que he descubierto que Laurie es alto, moreno de piel olivácea, su madre era italiana, y artista. Es un personaje algo diferente a lo que nos han mostrado las películas, que siempre es más tu tipo anglo estándar (Peter Lawford o Christian Bale): Supongo que con Timothée Chalamet sí buscaron algo un poquito más vagamente «mediterráneo», aunque no sé, me pareció el Laurie más antipático de la historia. Louis Garrel hace un Bhaer muchísimo más atractivo, Jo, sales ganando, hija mía, no sabes cuánto.

Este clásico lo descubrí, como tantos otros, gracias a las adaptaciones cinematográficas que pasaban por televisión. Serían las películas de Katharine Hepburn como Jo (1933, la Jo perfecta) y la de Elizabeth Taylor como Amy (1949, ridícula de rubia). Pero muy pronto me regalaron el libro, no recuerdo la edición, que leí varias veces, de niña y adolescente. Siento decir que no lo tengo por casa. En algún momento de mi vida lo perdí, o lo regalé a alguien. 

Actualmente se considera un libro juvenil, recomendable sobre todo para niñas, sí sesgo de género, qué le vamos a hacer, en torno a los doce años de edad.


Katharine Hepburn como Jo, de la RKO Pictures (fuente: Wikicommons)

miércoles, 10 de noviembre de 2021

#66 La fuerza del destino

 

Enrico Caruso (Don Álvaro) sostiene a Rosa Ponselle
(Leonora), escena final de la ópera
Nueva York (1918)



 


 

La forza del destino

 

 

Estreno: San Petersburgo, 10 de noviembre de 1862

Compositor: Giuseppe Verdi

Libretista: F. M. Piave, basado en la tragedia Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, y en una escena del drama Wallensteins Lager, de F. Schiller

Versión definitiva con el libreto revisado por A. Ghislanzoni, Milán, 27 de febrero de 1869

Género: drama

 

Tal día como hoy, del año 1862, se estrenó en el Teatro Imperial de San Petersburgo (el Bolshói Kámenny, luego Mariinski), la primera versión de esta ópera verdiana. Bueno, hay truco, en realidad era el 22 de noviembre, ya sabéis que el calendario ruso era diferente, el juliano, por eso la revolución de octubre en realidad ocurrió en noviembre.

Un dramón decimonónico ideado por el escritor español Duque de Rivas se convirtió en una estupenda ópera de Verdi, de esas que merece la pena ver en teatro porque, viejuneces aparte, tiene toda una trama de teleflín entretenidísima.

Se ambienta en la España y la Italia de la época imperial, cuando aquellas tierras itálicas pertenecían a la corona española. Hay drama: Álvaro y Leonora están enamorados, y ante la oposición de la familia de ella, deciden escapar; el padre de ella los sorprende y, por accidente, don Álvaro mata al padre de ella. Luego Leonora se traviste en caballero y acaba de ermitaña. Álvaro cree que Leonora está muerta, va a la guerra a Italia, y salva a un caballero que resulta que es don Carlos, hermano de Leonora. Desconocen cada uno quién es el otro y se juran amistad eterna. Ya está armado el pisto cuando don Álvaro se comporta heroicamente, parece que va a morir y confía sus cosas a don Carlos. Claro, así descubre este la identidad de aquel que mira tú, morir no se muere, porque todavía queda más de un acto. Don Carlos decide vengarse, of course, pero de momento no puede porque don Álvaro se mete a fraile. Pero don Carlos va provocando y acaban enfrentados en un duelo, justo al ladito de donde está Leonora. Al final, don Álvaro mata a don Carlos y éste, moribundo, a su hermana Leonora. No me digáis que no es un dramón romántico, de esos en que no queda ni el apuntador.

Bueno, sí, queda el pobre Álvaro, el príncipe inca, para desesperarse.

Destacaría la orquestación, desde esa briosa obertura que te mete en situación, a esos temas que te caracterizan muy bien a cada personaje. La obertura es una de esas piezas que gustan tanto que se interpreta como pieza de concierto para orquestas.

Y mi debilidad son los dúos tenor-barítono, es que las voces masculinas me enamoran. Por ejemplo cuando en el Acto III, cuadro I, Álvaro y Carlos, sin saber quién es el otro, se juran amistad eterna Amici in vita o Solenne in quest’ora.

Otros momentos muy alabados son el coro de monjes con el que finaliza el acto II, «La Vergine degli angeli», el aria de Álvaro «La vita è infierno… O tu che in seno agli angeli», el aria de Carlos «Morir, tremenda cosa… Urna fatale» así como, al final, la intervención de Leonora «Pace, pace, mio Dio».

De esta ópera hubo una versión inicial, la de San Petersburgo, con presencia del compositor. Al año siguiente se representó en el teatro Real de Madrid. La segunda versión, que es la que hoy se representa, implicó retoques hasta en el libreto. Cuentan en la Wikipedia que la primera versión era demasiado gore, «debemos buscar la forma de evitar todos esos muertos», le escribió al libretista Piave. Se estrenó en La Scala en el año 1869.

Por cierto para los supersticiosos diré que es una de esas óperas que se dicen de mal farío, como que siempre ocurre alguna cosa en sus producciones. Un ejemplo que ponen en la Wikipedia es la muerte del barítono norteamericano Leonard Warren mientras cantaba É salvo! O gioia! (¡Está a salvo, qué alegría!) si eso no es irónico… Era la noche del 4 de mayo de 1960, en el Met de Nueva York.

Como grabación recomendada de esta ópera, escogería la que dirigió Riccardo Muti en 1986, con la orquesta y coro del Teatro alla Scala para la EMI. Son sus intérpretes principales Mirella Freni (Leonora di Vargas), Plácido Domingo (Don Álvaro), Giorgio Zancanaro (Don Carlo), Paul Phishka (Padre Guardiano), Sesto Bruscantini (Fra Melitone) y Dolora Zajick (Preziosilla).

Para saber más, la Wikipedia. El libreto, en español y italiano, así como discografía de referencia, en Kareol

En You Tube he encontrado esta representación, en Bruselas, del año 2008. Subtitulada en… creo que es neerlandés.

 


miércoles, 26 de febrero de 2020

#14 Guerra y paz

Alianza Editorial (2015)


Autor: León Tolstói
Título original: Война и мир, Voiná i mir)
Fecha de publicación: 1865–1869

No estáis de suerte.

Si me dijérais una sola obra de Literatura imprescindible, os diría: El Quijote, obra ya mencionada aquí
Si me contestarais: «¡no, que es muy larga!», dinos otra,… ya digo que no estáis de suerte, porque la segunda que diría sería esta Guerra y paz de Tolstói. 
Si os pareció larga El Quijote (unas mil páginas, 381.734 palabras), Guerra y paz la supera (unas mil trescientas páginas, 561.304 palabras).
Si me parece tan importante, diréis, ¿por qué no la pongo en la lista de cien obras de literatura universal, o de cien novelas? Ciertamente, debería estar en esas dos listas, pero la he puesto en esta específica de novelas históricas porque eso es, sobre todo, lo que Guerra y paz significa para mí.
Y el motivo por el que, creo yo, sigue ganando lectores entre las nuevas generaciones. Las guerras napoleónicas del siglo XIX son como la Segunda Guerra Mundial del XX: los aficionados a la historia nunca nos cansamos de leer sobre ellas.
Básicamente, Tolstói recrea toda una época, la Rusia de principios del siglo XIX, durante las guerras napoleónicas: de 1805 a 1813. Junto a personajes históricos como el zar Alejandro I o Kutúzov, pone en escena a varias familias de la aristocracia, más algunos personajes del pueblo que se te quedan grabados a fuego, como Platón Karataiev, que aparecerá como prisionero de guerra en la segunda parte.
Hay miles de páginas en Internet que comentan, analizan, exaltan y destripan esta novela, así que solo contaré mi experiencia. 
La primera vez que leí esta novela fue hace más de treinta años. Era joven y leía muy rápido: me duró menos de una semana. Seguí apasionadamente las descripciones de las batallas, la campaña rusa de Napoleón, con mapas y todo, quedándome en lo épico y en las reflexiones de Tolstói sobre la Historia.
Ahora la he releído demorándome a lo largo de las semanas, y los meses. En esta lectura pausada me fijé más en la evolución interior de cada uno de los personajes principales. La guerra ya no la veía de aquella manera sino como un lamentable desperdicio de vidas humanas. 
Lo que Tolstói opina sobre la ciencia histórica me pareció un poco como la pseudociencia de un Goethe: relleno que ralentiza la historia y que la evolución posterior del pensamiento y conocimiento humanos ha convertido en cenizas que oscurecen la obra literaria.
Sobre todo pensaba yo en Hitler. Sin despreciar la idea tostoyana de que hacen falta un cúmulo de muchos eventos menores, en que intervienen cientos o miles de personas, para que se produzcan los grandes hechos históricos, me parece descabellado entender que es irrelevante la acción de hombres concretos e individuales. Soy de las convencidas de que, si Hitler hubiera muerto en la Primera Guerra Mundial, lo más probable es que no se hubieran producido la Segunda ni el Holocausto.
Me parece a mí que Tolstói, al criticar la «Historia del Gran Hombre» decimonónica, pensaba que por grandeza y genio se refieren siempre para el bien o lo épico, cuando igualmente se puede ser muy gran hideputa y genio del mal.
¿Qué puede encontrar el lector de hoy entre los Rostov y los Bolkonsky? Historias de gente que cambia y aprende de las experiencias. También las personas buenas y virtuosas tienen defectos y se dejan llevar por pasiones como la ira o el deseo,... y conviven con otras malévolas en plan el escorpión de la fábula, simplemente porque nacieron así. Nadie es perfecto.
Hay momentos para el amor y otros para el llanto, la esperanza, la diversión, la felicidad inconsciente de ser joven, la preocupación de las madres por el futuro de sus hijos, y el desgarro de la pérdida. La guerra es lo que tiene, que la gente sufre y muere en ella. Reconozco que mojé la pestaña más de una vez.
Los letraheridos (véase la Historia de la literatura universal de Riquer-Valverde) reprochan a esta novela que tenga un «happy end con resolución y matrimonio para todos». A diferencia de ellos, opino que los finales felices no degradan un libro. Yo me los tomo como el premio al lector que ha invertido tanto emocionalmente en estas vidas de ficción. Además, no es cierto que haya matrimonio para todos: solo cuatro de los personajes principales que terminan casados. Estas dos parejas serán las únicas que tengan en esta historia un pleno final feliz, incluidos prosperidad y matrimonio. El resto habrá muerto o viven con cierta amargura, tras sufrir pérdidas y dolor.
De sus dos epílogos, uno es muy de novela romántica: parejas con sus retoños. Es casi un cuento en sí mismo que titularía «escenas de matrimonio»; proporciona el contrapunto algo desencantado de la cotidianidad después de tantas páginas de batallas, contratiempos, ilusiones y esperanzas no siempre cumplidas, y muertes.
Para ser justos con Riquer-Valverde, también reconocen que:
Guerra y paz es seguramente, si dejamos el Quijote aparte, la novela europea máxima, un prodigioso libro al cual hemos de volver de vez en cuando y cuya primera lectura queda en nuestra vida como un viaje feliz o unas vacaciones mágicas.
Pues eso, de verdad, dadle una oportunidad a esta novela que lo tiene todo: peripecias entretenidas, personajes inolvidables, estilo muy dinámico (ágil en los diálogos o minucioso en las descripciones, según lo exija el momento), la reconstrucción fidedigna de una época (hasta las parrafadas en gabacho de aquella nobleza tan francófila) y la trascendencia, ¡oh, sí! Cualquier reflexión que quieras hacer sobre el destino individual o social del hombre, la búsqueda de un sentido para la vida, el amor, la lealtad, el interés y la hipocresía, cualquier sentimiento o acto humano,… posiblemente encuentre su ejemplo aquí.
Quizá lo que más puede hacer torcer un poco el morro, en esta época, es el clasismo y el sexismo. Pocos personajes aparecen que no sean nobles; los campesinos y los criados son mero decorado, y rara vez tienen entidad propia. Karataiev es una excepción y, a veces, pienso que está ahí solo al servicio de la odisea personal de Pierre.
En cuanto a las mujeres, es cierto que están retratadas psicológicamente con la misma profundidad y atención al detalle de su vida íntima que los personajes masculinos. Destacaría a Natasha, y la princesa María. De joven te quedas más con la encantadora y adorable Natasha, comprendes sus errores, sus pasiones,… Con los años, admiras más a la princesa María, su paciencia, generosidad, cómo soporta el maltrato de su padre, cómo se pone al servicio de los hombres de su vida y, sin embargo, consigue mantener un alma resplandeciente que es sólo suya, y muy superior al resto de los personajes.
Lo que ocurre es que no dejan de ser imágenes tópicas de la mujer decimonónica hecha para el amor, a un hombre, a su familia, al prójimo. La guerra les pasa por encima y no dedican ni medio segundo a pensar en la sociedad o la política, todo les resbala, no les interesa nada.
Puedes decir que eran cosas de la época, pero… Las mujeres del Quijote, dos siglos y medio más antiguas, resultan mucho más variadas. Por no hablar de las coetáneas de Tolstói que se pueden encontrar en las novelas de Pérez Galdós.
Pero vamos, que todo eso son cosas que simplemente te llaman la atención desde una perspectiva del siglo XXI.
Adaptaciones de esta historia o de partes, hay muchas. Desde la película de King Vidor con la inolvidable Natasha de Audrey Hepburn hasta la miniserie de 2016 de la BBC protagonizada por Paul Dano, Lily James y James Norton.
Aquí, la Natasha de A. Hepburn con el Bolkonsky de M. Ferrer
Milton H. Greene para la revista LOOK [dominio público]
Vía Wikimedia Commons
De la adaptación operística, hecha por Prokófiev ya hablé aquí
Como este libro es un clásico, tiene página en la Wikipedia. Y acabo con una cita de quien es, al final, mi personaje favorito, incluso con sus arrebatos cuando se le cruza el cable:
Durante su cautiverio en la barraca, Pierre descubrió, no por medio de la inteligencia, sino con todo su ser, con la vida misma, que el hombre ha sido creado para la dicha, que ésta reside en él, en la satisfacción de las necesidades naturales, y que todas las desgracias provienen del exceso y no de la falta de cosas. Pero después, durante aquellas tres semanas de marcha, se enteró de otra verdad consoladora: que no hay nada temible en este mundo. Supo que lo mismo que no existe en la tierra una situación en que el hombre sea feliz y completamente libre, tampoco hay ninguna en que sea totalmente desgraciado y esclavo. Comprendió que hay un límite para el sufrimiento y otro para la libertad y que ambos están muy cerca; que el hombre que sufre porque en su lecho de rosas se ha doblado un pétalo, sufre exactamente igual que sufría Pierre al tratar de dormirse en la tierra húmeda y de calentarse por un lado mientras se le enfriaba el otro. Cuando se ponía zapatos de baile demasiado estrechos padecía igual que ahora que iba descalzo (hacía bastante que sus botas se habían destrozado) y tenía los pies lacerados. 
Guerra y paz, Vol. 2, pág. 517. Traductoras: Irene y Laura Andresco. Alianza Editorial, 2015.

martes, 26 de julio de 2016

#29 El oro del Rin



Loge finge asustarse ante la serpiente
Arthur Rackham, 1910
[Dominio público], via Wikimedia Commons
Das Rheingold

Estreno: Múnich, 22 de septiembre de 1869

Compositor: Richard Wagner

Libreto en alemán: el compositor

Coincidiendo con el Festival de Bayreuth, he decidido hablar de la Tetralogía. Hoy mismo, a las 17:57 h, se retransmite en directo, por Radio Clásica, la velada preliminar.

Esta ópera en un acto dura unas dos horas y media. Es el comienzo de la Tetralogía “El anillo de los nibelungos”.

Wagner escribía sus propios libretos, inspirándose en leyendas nórdicas, que aparecen en las Eddas escandinavas y en La canción de los nibelungos, cumbre de la poesía épica medieval en alemán. ¿El resultado? Una historia llena de magia, una fantasía épica con enanos avariciosos, dioses llenos pasiones humanas, y humanos nobles y heroicos. Hay amor y pasión, pero al final, en la cuarta y última ópera del ciclo, todo desaparecerá.

¿Qué nos cuenta? Pues el robo del oro del Rin que guardan las ninfas. Alberich, un enano nibelungo, persigue a las hijas del Rin con ánimo libidinoso, pero al final prefiere llevarse el oro. Wotan y Loge emprenderán la búsqueda del oro para pagarles a los gigantes que han construido el Valhalla, el rescate de la diosa Freia. Lo recuperarán (gracias a la astucia de Hiddleston, digo Loge), pero no antes de que el enano le marque un hechizo al anillo forjado con el oro del Rin. Todos sabemos dónde acaba esto de los anillos de poder: atraen la muerte. Para recuperar a Freia, Wotan entregará a los gigantes el tesoro y el Tarnhelm, un yelmo mágico que hace invisible al que lo lleve. Pero se queda con el anillo. Mal hecho, Sauron. Peor cuando los gigantes Fafner y Fasolt se lo disputan, “su tesssoro” no les hará bien a ninguno.

Las óperas de Wagner son diferentes al resto del repertorio habitual: más orquestales, con un tejido musical continuo en el que no siempre es fácil distinguir números cerrados como arias. Sí que se distinguen los leitmotive o temas musicales que se van repitiendo en diferentes momentos. No me parecen recomendables para nadie como entrada a este género. Lo mejor, aunque ya sé que habrá quien me llame hereje, es escuchar coros o fragmentos orquestales, y así ir haciendo, poco a poco, oído.

Para saber más, la Wikipedia, y el libreto en alemán-español y discografía de referencia, en Kareol.

Hay grabaciones magníficas de esta ópera, y del Anillo en general, que datan de los años grandes, los 50-60 del siglo pasado. ¿Cómo escoger una? Del Anillo en su conjunto, destacaría la de Krauss (Rodolphe, representaciones públicas, 1953) con Hotter, Uhde, Neidlinger, Kuen, Weber, Greindl, Vinay, Resnik…También, cualquiera de las de Knappertsbusch (representaciones públicas, 1957-1958). Y, finalmente, una que no es de Bayreuth, la de Solti (1958-1965) con el Coro de la Ópera de Viena y la O Filarmónica de Viena, para la Decca con cantantes como London/Hotter, Fischer-Dieskau, Neidlinger, Stolze, Kreppel…

Pero por escoger una en particular de esta ópera El oro del Rin, indico la de Karl Böhm en 1967 para Philips, con Theo Adam, Gerd Nienstedt, Gustav Neidlinger, Wolfgang Windgassen, Martti Talvela, Kurt Böhme, Anja Silja, Vera Soukupová, Erwin Wohlfahrt,  Dorothea Siebert, Helga Dernesch y Ruth Hesse. El coro y la orquesta son, claro, los del Festival de Bayreuth, pues es una grabación en vivo.