martes, 28 de julio de 2020

#3 Las legiones malditas

Ediciones B, S.A., 28.ª ed. (2013)




Autor: Santiago Posteguillo
Fecha de publicación: 2008
Parte de una serie: Trilogía sobre Escipión el Africano #2

En esta lista en la que hablo de cien novelas históricas, cuando de series se trata suelo hablar solo de una, la primera. Pero hoy voy a comentar la trilogía de Escipión, hablando sobre todo de la segunda, que es la que me parece más redonda.
Esta entrega narra la vida de Escipión desde 209 a. C., guerra en Hispania, hasta la batalla de Zama, incluida (202 a. C.). Es el apogeo del personaje, quien triunfa contra todo pronóstico en circunstancias muy complicadas. Tiene que luchar no solo en el campo de batalla sino también en el Senado, para convencerlos de la bondad de su estrategia: poner fin al conflicto con Cartago llevando la guerra a África. O, al menos, que le dejen intentarlo...
Tiene esa competence porn que a mí (y no soy la única) me resulta irresistible: ver a una persona superando, gracias a su inteligencia y sus habilidades, obstáculos que habrían derrotado a cualquier otra. Con un ejército pequeñito, ¿cómo va a enfrentarse con los poderosos ejércitos cartagineses en Hispania…? Y luego esa parte tan atractiva de un make over: cómo transformar unas legiones malditas, supervivientes de Cannas, exiliadas en Sicilia y escaso espíritu de combate, en unas legiones capaces de enfrentarse a los veteranos de Aníbal.
Este mes de julio de 2020 me he dedicado a releer toda la trilogía. Muy rápidas las dos primeras, demorándome en el tercero, porque es la parte que, bueno, a poco de historia que sepas… son tiempos de derrota, aunque con alguna brillante victoria. Me di cuenta de que la otra vez que leí estos libros, las dos primeras las esnifé y la tercera la dejé a medias. Esta vez conseguí apurar el cáliz de La traición de Roma hasta el final, y reconozco que soy muy llorona y mojé la pestaña, pero no con Escipión, sino con Aníbal. No sé qué tiene ese personaje histórico, que incluso cuando te lo ponen como el oponente del héroe, sigue cayéndote mejor. Con Escipión es un poco como con JC I, le reclaman los quinientos talentos del rey Antíoco, olvidando las cosas buenas que hizo; nadie vive del éxito pasado, por muy colosal que fuera. Cuando un jarrón chino estorba, hasta es un alivio que desaparezca.
Dentro del género de la novela histórica, esta trilogía de Escipión es estupenda. Reconstruye muy bien toda una época de la República romana, que es cuando esta aldea del Lacio se convirtió en un imperio territorial. Destacaría la descripción de las escenas bélicas, yo diría que es lo que más sobresale. Para un escritor, es muy difícil recrear batallas y guerras y que no te aburran. Posteguillo aprueba con nota. En esta novela, mismamente, revive Baecula y sobre todo Zama, con toda la tensión del combate, en escenas plenas de suspense, que te tienen en vilo, ¡y eso que el lector ya sabe cómo acaba la cosa!
Porque, en una narración, lo más importante no es el final, sino cómo te llevan a él.
Es la clase de novela histórica en la que casi todos los personajes existieron de verdad, no de esas que sitúan a un protagonista ficticio en un marco histórico auténtico. Eso te permite entrelazar sin problemas la parte histórica (que es mayoritaria) con la ficción. No tienes que insertar a un personaje imaginario en sucesos reales, sino solo convertir los hechos históricos en un cuento con sentido propio, prescindiendo de lo que no añade dramatismo al argumento y rellenar los huecos de la historiografía con tu imaginación de manera coherente. 
El obstáculo con el que puede encontrarse el autor es que tiene que respetar lo que dicen los libros de Historia, con lo que está más constreñido y, además, la Historia no siempre te pone cosas amenas o dramáticamente interesantes.
Sin embargo, Posteguillo lo resuelve sin problemas, apartándose un poquito de lo histórico en cositas sin importancia. La vida real de Escipión fue sobradamente heroica, hasta el punto de que te puedes creer que se lo inventa el autor, y no, es que fue así, alucinante, un personaje bigger than life.
La maravilla es dar con un narrador que es capaz de meterle vida y hacer que lo veas como si fuera una película. De esta serie se me quedarán para siempre en la memoria escenas grandiosas: 
... el adolescente que se mete a rescatar a su padre en mitad de la derrota, o que corta desesperado un puente de barcas; 
... un romano caído que rodeado de sus enemigos se esfuerza en ponerse en pie para morir espada en mano frente al general enemigo (escena del libro I simplemente sublime);
...la toma de las murallas de Cartago Nova; 
... las dos entrevistas entre Escipión y Aníbal; 
... la carga de los elefantes, la resistencia cuando se ha perdido toda esperanza y ser salvado al final por la campana,… o el Séptimo de Caballería, como quien dice; 
... los catafractos arremetiendo contra la caballería romana y ésta retrocediendo, retrocediendo… de nuevo sin esperanzas de sobrevivir… 
Y Aníbal, siempre Aníbal.
No hará mucho escuché un debate en You Tube sobre quién fue mejor general, si Escipión o Aníbal. Al fin y al cabo, el primero derrotó al segundo, ¿no? Bueno, yo soy de la opinión de que Rommel era mucho mejor que Montgomery, por mucho que el primero tuviera que largarse derrotado de África. 
El yutubero optaba por Escipión. Pero es a Aníbal al que han estudiado los militares durante siglos, es él quien hallaba soluciones creativas para problemas imposibles… y a él nunca se le amotinaron sus soldados, a pesar de años de guerra en territorio enemigo, dirigiendo un ejército heterogéneo, con todas las de perder. Si se ganó la Segunda Guerra Púnica no fue solo por los logros de Escipión, sino también por las tácticas dilatorias de Fabio Máximo Cunctator o los éxitos de Marcelo. Lo de Aníbal fue más cosa exclusiva suya. Personalmente me inclino más, mucho más, por Aníbal.
Escipión fue, por así decirlo, el primer y más aventajado alumno de Aníbal: aprendió de la derrota, comprendió cuál era su estrategia general, y supo asimilar sus tácticas en el campo de batalla... y aplicó con éxito ese conocimiento. Escipión, con una confianza en sí mismo monumental, mostraba un arrojo a veces casi suicida, desde joven, como se demuestra en diversos episodios: el rescate de su padre, lo de Cartago Nova a cientos de kilómetros de su base, la lucha colina arriba en Baecula (dificilísimo vencer así, me recordó otra batalla parecida que luchó César siglo y medio más tarde, también por Andalucía, la de Munda), el desembarco en África con ejército escaso, la propia batalla de Zama, la «solución» a los catafractos de Antíoco III…
Esta trilogía fue la primera que publicó el autor y es increíble que un escritor novel consiga semejante prodigio. He leído por ahí que se está pensando hacer una serie de televisión con estos libros. Si llega a buen término, a pocas ganas y (mucho) dinero que le pongan, tiene que arrasar, porque pocos personajes tendrás tan interesantes y monumentales con los que entretener al personal. Su vida fue legendaria. Escipión el Africano lo merece de sobra.

Admito que se le pueden poner reparos a esta obra. Desde el punto de vista del lenguaje pues no, no está al nivel literario de Galdós, Pérez-Reverte, Yourcenar, Graves, Renault, Druon o Haase, por mencionar un puñado de lo mejores escritores del género. Es muy práctico en su forma de contar las cosas y tiende a recurrir a lo trillado, ya sabéis, lo que yo llamo «incendio pavoroso y espectáculo dantesco», radiante hermosura, enigmático hechizo y tal. A mí lo que más me rechinaba era el constante uso de suave en referencia a la anatomía femenina, particularmente la piel, repitiendo varias veces lo de terso y suave, lugar común que convierte las novelas en anuncios de crema hidratante.
Narra de forma desmañada, («por la ambición de un ambicioso rey extranjero», leí en la tercera novela, si eso no es descuido...). Sí, ir a lo esencial y sin florituras, le va muy bien a una historia ante todo bélica. Lo que pasa es que para eso haría falta ser más aséptico aún: si no vas a meter adjetivos un poco más pensados, pues no los metas. 
Aún así, es un «defecto» que se sobrelleva.
Quizá lo menos logrado son los personajes femeninos. Entiendo que una historia bélica de la República romana tiene que ser protagonizada por hombres, pero puede reconstruirse ese pasado y meter algún personaje femenino con personalidad propia, como demostró Colleen McCullough. Aquí hay pocos, unidimensionales y no superan, a mi modo de ver, la tradicional dualidad santa/puta, o sea, el ángel del hogar (Emilia) versus la perdición de los hombres (Sofonisba). No, no hablo ya de superar o no el test de Bechdel, sino simplemente de que los personajes femeninos no estén al solo servicio de uno masculino; deberíamos encontrar mujeres con enjundia, encarnaciones con intereses propios y parte activa en la trama. Chicas reales, en suma, y no muñequitas recortables. Carece de chicha hasta el personaje femenino más trabajado, Cornelia la Menor.
A ver, no es un problema exclusivo de Posteguillo. La representación de las mujeres –y, como se les asocia tradicionalmente con amor y sexo, la consecuente parte sentimental y la sexual– no les suele salir a los escritores varones tan bien como el resto del libro. Por ejemplo, las mujeres de Pérez-Reverte son absurdamente tópicas y duales (santa/puta... a veces, lo que yo llamo «superlativa concentración de todas las perfecciones» frente a las «tordas que no valen ni para un polvo»). Y ya tiene «mérito», oye, pues Pérez-Reverte fue capaz de construir toda una novela en torno a un cliché femenino (La reina del Sur), sin convertirla en ningún momento en alguien creíble de carne y hueso. En esto, mi Pérez Galdós del alma, en cambio, fue tan, pero tan bueno…
(Ya podrían leerlo un poco más y ver cómo se pueden crear mujeres de ficción tan auténticas como los hombres. Si Pérez Galdós se les escapa, yo les aconsejaría una de Kleypas (o a Kinsale, Hoyt o Eloisa James) para que entendieran un poco lo que es crear mujeres de carne y hueso dentro de lo que es ficción comercial y lograr tensión narrativa en la parte romántico-erótica de las historias).
A ver, que me aparto de lo que quería decir.
Si te gusta la novela histórica, en particular la de la Antigüedad clásica, estos libros de Santiago Posteguillo son imprescindibles. Narra de manera atractiva la asombrosa vida de un tipo que supo luchar y ganar en los campos de batalla contra todo pronóstico, gracias a su ingenio y coraje, muy orgulloso de su estirpe, y al que lo político no se le dio tan bien, teniendo en el Senado romano a enemigos rastreros que atacaron la dignitas de Escipión con más saña que los cartagineses su vida.
(Vamos, esto de la dualidad guerrero/político es algo que también le ocurriría a Julio César, cuando Catón el Joven debió querer hacer con él lo mismo que Catón el Viejo con Escipión solo que… Bueno, para entonces habían pasado muchas cosas, los Graco, Mario y Sila, Pompeyo... y César había aprendido del pasado).
((Por no hablar de esa fría serpiente calculadora, Octaviano, que supo ser el más hábil de todos)).
Yo aconsejo leer toda la serie en orden, pero si simplemente coges uno de ellos, este de Las legiones malditas se puede leer independiente. Merece la pena.
Si no, siempre puedes esperar a que hagan la serie para que te cuenten la epopeya de Escipión el Africano. Cruzo los dedos.
Este libro tiene página en la Wikipedia. 

domingo, 19 de julio de 2020

#66 Seven


Seven (Se7en)

Año: 1995

País: Estados Unidos

Dirección: David Fincher

Música: Howard Shore

 

Como es domingo, nos vamos al cine a ver… una peli de culto.

            He visto este thriller varias veces. La primera vez me dejó tan impactada que, simplemente, no pude procesarlo todo. Y cuando vuelvo a ella espero, ¿por qué?, que las cosas sean diferentes, y no lo son.

Es una de esas películas de intriga, en la que hay una serie de asesinatos y un par de policías que intentan identificar al asesino en serio antes de que sea demasiado tarde.

Le llaman también neo-noir. Yo las llamo «suspense gritty», término que me parece muy adecuado. Así es Seven: triste, descarnada, con sufrimiento no tanto gore como psicológico. No me entendáis mal, sí que hay casquería, pero aquí no se trata tanto de eso como de intentar comprender el cerebro de la cruel persona detrás de los asesinatos. Pronto captan que el asesino sigue una pauta: los asesinatos representan, cada uno, uno de los pecados capitales.

Al mismo tiempo, es una de esas películas de colegas, compañeros, de «extrañas parejas»: por un lado el teniente Somerset, personificado por el impresionante Morgan Freeman, veterano que lo ha visto todo y no se hace ilusiones sobre la naturaleza humana. Es la parte reflexiva de la pareja, el que intenta comprender para poder identificar y anticiparse al malo.

Por otro lado, tenemos al policía joven, David Mills, encarnado por Brad Pitt. Más impaciente, tiene su propia carga en la mochila. A pesar de que se supone que es impulsivo, no hace una interpretación histérica, à la Mel Gibson en Arma letal. No, Brad Pitt siempre te gana con una mirada intensa, unas emociones reprimidas, un cuerpo tenso,… es un actor fabuloso, la verdad, que está al nivelazo de Morgan Freeman, cuya mirada inteligente me encanta, como creo que quedó claro cuando comenté aquí Cadena perpetua, película que había hecho Freeman justo el año anterior.

Esas interpretaciones tan intensas pero al tiempo comedidas, es una de las cosas que hace especial este thriller de asesino en serie. Debería añadir una tercera interpretación, pero entonces,… quizá… destripo algo… mejor no, aunque sea una peli de hace cinco lustros, si alguien no la ha visto, le dejo descubrir por sí mismo esa otra interpretación memorable.

            Añádele un guion ingenioso, con sus giros inesperados y un final de antología (what's in the box...?) y ya tendrás todos los elementos para una película de culto como es ésta.

¿Todos? ¡No! Me falta hablar de esa impresionante puesta en escena, esa fotografía oscura que transmite todo lo que de inquietante tiene esta historia. Las sombras y la lluvia son unos personajes más. 

Así que no es solo el fondo, sino también la forma, lo que hace de esta una película tan especial. Y la trascendencia, lo que nos hace sentir y pensar más allá de las imágenes de ficción.

Cada vez que la veo, se me queda esa desesperanza, el nudo en el estómago que te deja a la que salta, como si lo único que nos quedara es comprender la maldad, la tristeza de ver que las personas somos así y que hay psicópatas por ahí que saben tocar nuestros puntos débiles como un virtuoso arranca maravillas del teclado.

            Tanto si eres un cinéfilo de pro, como si te van las pelis, esta es una de las que te va a… ¿gustar, disfrutas? Es difícil emplear esas palabras. Es un must, de las que te alegras de haber visto, suponen toda una experiencia dejarte atrapar por esta historia tan bien interpretada y fabulosamente contada. Se te quedará en la memoria para siempre.

            Suelo hablar de los premios de las películas. Esta peli ganó pocos galardones. Las películas de género, como es esta, no suelen acabar premiadas, aunque tengan un mérito impresionante. En los Óscar solo tuvo nominación al mejor montaje, y lo ganó Apolo 13, que bueno, que vale, también me gusta pero no, de verdad, no hay color. Para que veáis lo desencaminados que están muchas veces esos premios de la Academia de Hollywood: la mejor del año fue... Braveheart. Deja que me descojono. 😂😂😂 No creo que haya un solo cinéfilo que considere que las películas nominadas ese año para mejor película (podéis revisarlo aquí) sea realmente superior a esta. La única duda que yo tendría sería con Sentido y sensibilidad de Ang Lee, otra de género en que las interpretaciones, el guion, la música, la fotografía, la puesta en escena... todo encajó estupendamente. Lo cuento porque no es una película de la que vaya a hablar aquí.

Ese secundario al que no he mencionado obtuvo el premio del National Board of Review y el del Círculo de Críticos de Nueva York. Poco tiempo en escena pero marcado en nuestra retina para siempre. Por su parte, la Asociación de Críticos de Chicago tuvo muy buen ojo al premiar la fotografía.

Para saber más: consúltese la Wikipedia, Film Affinity o la Internet MovieData Base.

domingo, 12 de julio de 2020

#90 La misión




The mission
Año: 1986
País: Reino Unido
Dirección: Roland Joffé
Música: Ennio Morricone

Domingo, toca ir al cine. Hago mi homenaje particular a Morricone.

            A poco cinéfilo que seas, sabrás que hace una semana, el 6 de julio, falleció Ennio Morricone.

            Esto me hizo recordar que aún no había hablado aquí de esta película, la que muchos consideran su mejor banda sonora. Con motivo de su 90 cumpleaños, Sinfonía de la mañana le dedicó un programa en el que los oyentes votaban por la que les parecía la mejor banda sonora de Morricone, y acabaron escogiendo esta. Oye, merece la pena que se escuche todo el programa, que comienza con una historia muy cinematográfica (y bastante divertida) sobre su primera colaboración con Sergio Leone.

La misión es una película histórica que recrea un episodio poco conocido del siglo XVIII: las consecuencias de un trazado de la línea fronteriza separando el territorio de la corona española de la portuguesa, y cómo eso iba a afectar a las misiones jesuitas que estaban en territorio que acabaría cedido a Portugal. Si queréis más, podéis buscar el tratado de Madrid (1750) o la Colonia de Sacramento.

La compañía de Jesús, dependiente del papado, siempre fue una institución incómoda para las monarquías. Con el tiempo acabaría prohibida en distintos lugares, incluida España.

            Ese es el marco en el que debe entenderse esta historia, las misiones jesuíticas.

            El argumento en sí básicamente se refiere a la redención de un español, interpretado por Robert de Niro. Capturaba indios para venderlos como esclavos; hay que recordar que en España no podían ser esclavizados por ser súbditos de la corona, pero en Portugal sí. El poder miraba para otro lado si un español cogía a indios a este o a aquel lado de la frontera siempre que los vendiese en otro sitio. La cosa es que este personaje acabará en una de esas misiones, intentando redimirse.

Reconozco que si no estás un poco puesto en historia te puede resultar confuso. Pero a mí me encantó desde que la vi por primera vez. Recuerdo que fue la primera película que fui a ver sola al cine, sin amigas, ni novios ni nada, yo solita, porque esta peli es de las que tocaba muchos palos de los que a mi me gustaban. No es de extrañar que me dejara totalmente impresionada, porque unía mi gusto por la historia, las pelis y los maromos de buen ver, de los cuales hay un puñadito en esta historia: Robert de Niro, Jeremy Irons, Liam Neeson y (un poquito de) Aidan Quinn.

Lo que todo el mundo recuerda de esta película es su banda sonora. Para mí es la mejor de Morricone. Que no le dieran el Óscar es el mayor robo de la historia de esos premios, y creo que esto no es victimismo, sino una opinión generalizada entre los cinéfilos. La música de Morricone lleva décadas interpretándose por orquestas sinfónicas, y seguirá, porque es simplemente maravillosa. Según comentaba Martín Llade en el programa de radio antes mencionado, al parecer la recaudación del disco fue mayor que la película que, simplemente, cubrió gastos.

Ganó el óscar a la mejor fotografía. En los Globos de Oro premiaron el guion y la banda sonora. En el Festival de Cannes tuvo la Palma de Oro a la mejor película, aparte de obtener el Premio Técnico. En los británicos BAFTA obtuvo tres: mejor actor secundario (McAnally), montaje y banda sonora.

Si tienes la oportunidad de ver esta película, no te la pierdas, porque es realmente una de esas con enjundia, que disfrutas y te remueve un poco el corazón y la conciencia; te emocionará, seguro.

Y es que aunque lo mejor es la música, no podemos olvidar que las interpretaciones son fantásticas, así como la realización y la fotografía… Admito que si la historia no te llama, es posible que el argumento en sí te puede dejar frío. Pero si te metes un poco en lo que te están contando, puedes encontrar lecciones para cualquier contexto de la vida: de si merece o no luchar por lo que uno cree, arriesgarte a desafiar el poder cuando, luches como luches, hagas lo que hagas, quizá te acaben aplastando.

Yo soy de esas idiotas épicas que cree que solo te derrotan si no luchas, que haya batallas que tienes que pelear de todas formas, por mucho que las probabilidades de victoria sean mínimas... Aunque siempre manteniendo la idea romana de sobrevivir para luchar un día más.

Para saber más: consúlteme usted la Wikipedia, Film Affinity o la Internet MovieData Base.

Morricone es uno de mis compositores favoritos de cine, junto a Doyle, Preisner, Bregovic, Zimmer y Williams, por mencionar unos pocos. Aunque reconozco que su producción, como la de todos estos autores, acaba siendo irregular porque no siempre se alcanza la maestría en un tipo de composición tan utilitaria. La música para el cine está sobre todo al servicio de la historia y por eso resulta desigual. Pero las mejores composiciones acaban siendo tan buenas como la mejor música clásica. De hecho, siempre he creído que Wagner, de haber vivido ahora, se dedicaría al cine.

Morricone tenía una sólida formación clásica, y eso se nota. Cuando alguien ha nacido en Roma, no tiene nada que demostrar absolutamente a nadie, ni que nadie se lo reconozca, porque es grande ya de nacimiento. Ahora bien, siempre me dolerá que no le premiaran el fantástico trabajo que hizo en esta peli.

sábado, 4 de julio de 2020

#56 Salvar al soldado Ryan

Póster en Film Affinity




Saving private Ryan
Año: 1998
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Spielberg
Música: John Williams


Hoy adelanto la visita al cine, en vez del domingo, el sábado… otra peli de guerra
         
   Es un lugar común decir… bueno, a alguien se le ocurriría por primera vez, pero es tan atinado que luego todos lo repetimos… que los primeros veinte minutos de la película son del mejor cine bélico de la historia.
            
Y es cierto, empieza con unas escenas impresionantes, cuando el ejército estadounidense desembarca en Normandía y aquello es una escabechina. El personaje de Tom Hanks, el capitán John Miller, conseguirá llevar a unos cuantos soldados de su compañía hasta un nido de ametralladoras. Así se harán con una cabeza de playa.

Luego ya es un poco aventuras de guerra. La excusa argumental que permitirá a Spielberg pasearse por una guerra impecablemente rodada, es la búsqueda de un soldado Ryan, a quien buscan para salvarlo tras la muerte de sus tres hermanos mayores.

Spielberg tiene una forma tan competente de contarte una historia, cualquier historia, que te pilla por el cogote y no te permite dejar de mirar. Esta película no es una excepción.
       
     Creo que he visto este film media docena de veces, y siempre me deja atrapada por ese grupo de hombres, cada uno con su personalidad, con su propio origen, caminando por una Normandía insegura en los primeros días del frente occidental. Cada actor además está cuidadosamente escogido, todos excelentes, con esa forma de interpretar que tanto me gusta: contenida, sabia, sin esparajismos, en general. Actores de esos que, con una mirada, o una inflexión de la voz, te lo dicen todo.

            Creo que destacaría, sobre todo, la manera tan hábil en la que el guion va pasando de un episodio a otro, manteniendo el interés del espectador y esa magnífica interpretación de cada uno de los actores que encarnan a los soldados que el capitán Miller se lleva consigo buscando a Ryan… y los que se va encontrando por el camino.

¿Es mi peli bélica favorita? No, ni siquiera de entre aquellas que tratan la Segunda Guerra Mundial. Es tan sutil como un tanque Sherman, no te aporta ninguna trascendencia especial,… Creo que lo que digo es fácil de entender si la comparas, por ejemplo, con el clásico como el que comenté aquí la semana pasada, El puente sobre el río Kwai. Posiblemente sea mera cuestión de gusto, de diferencia entre una mirada europea y otra estadounidense. Mi modo de ver, vaya.

Pero que sea una mirada sencilla no significa que no sea honesta. Refleja de manera excelente lo que debió ser el conflicto para tantos miles de estadounidenses que vinieron a Europa y a los que siempre deberíamos estar agradecidos. Tom Hanks personifica, como otras veces, un hombre común que hace cosas nada ordinarias en circunstancias excepcionales. Admito que también me encantan Tom Sizemore, sólido, confiable, y siempre he tenido debilidad por Edward Burns, que suele hacer este tipo de personajes «sobrados» y listillos.

Tiene partos geniales, como cuando el personaje de Ted Danson comenta con Miller que Monty aún no ha sido capaz de tomar Caen, y sueltan eso de que está sobrevalorado. Más de un friki de la SGM coincide.

O esa apuesta tonta de saber quién era, qué hacía, de dónde venía el capitán Miller… Y es que la guerra es un gran nivelador, puede convertir en colosos a personas perfectamente normales, y en irrelevantes a otros que se dan mucha pompa. Espero poder hablaros algún día de Capitán Conan.

Según leo en la Wikipedia, en 2014 fue incluida en el Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para ser preservada por ser «cultural, histórica o estéticamente importante».

Una película tan notable no puede dejar de recibir premios, porque es de esas que encanta a todo el mundo y difícilmente va a molestar a nadie. No es de extrañar, pues, que se llevara cinco premios Óscar: director, fotografía, montaje, sonido y efectos sonoros. También tuvo dos Globos de Oro, a la mejor película: Drama y director. Los dos premios BAFTA que se llevó fue a los mejores efectos visuales y sonido. El Círculo de Críticos de Nueva York la consideró la mejor película. Por último, la Asociación de Críticos de Los Ángeles la premió como mejor película, dirección y fotografía.

A pesar de lo competente de sus interpretaciones, como veis no ganó ningún premio en esa categoría, lo que suele ocurrir con las películas corales. Porque, ¿con cuál de los intérpretes te vas a quedar…? Ahora, que a Tom Hanks le derrotara en los Óscar el simple de Roberto Benigni aún no lo he digerido.

Para saber más: consúltese la Wikipedia, Film Affinity o la Internet Movie Data Base.

domingo, 28 de junio de 2020

#34 El puente sobre el río Kwai

© 1958 Columbia Pictures Corporation




The bridge on the river Kwai
Año: 1957
País: Reino Unido
Dirección: David Lean
Música: Malcolm Arnold


Hoy domingo, toca ir al cine a ver un clásico del cine bélico

            Hay películas que ves una vez en la vida y te marcan, pero no te entran ganas de volver a verlas. Otras, en cambio, te enganchan en cuanto las ves de pasada en la parrilla de programación. Esta es una de esas películas.

            Ayer volví a verla. Y de nuevo me quedé atrapada en esta historia de un hombre (varios hombres) y sus circunstancias, en mitad de la jungla del sudeste de Asia. Saito, el comandante japonés de un campo de prisioneros, tiene que construir un puente para el tren que se pretende que enlace Bangkok y Rangún. Allá llegan un montón de prisioneros británicos, de esos que se rindieron bastante ignominiosamente en Singapur.

Mantienen, no obstante, cierto espíritu, y a ello se esfuerza el coronel Nicholson (un inmenso Alec Guinness en uno de los papeles de su vida). Estarán prisioneros, sí, pero a esos soldados sólo los manda él y sus oficiales. Cuando se entera de que todos tienen que trabajar en el ferrocarril, Nicholson se opone: los oficiales, según la Convención de Ginebra, no pueden dedicarse a trabajos forzados manuales.
      
      A poco que sepas de historia, convendrás conmigo que nada podía importarle menos al ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial que la Convención de Ginebra. Pero Nicholson es claro, se trata de una cuestión de principios y, aunque quizá fuera mejor para todos tener la fiesta en paz, se niega.

Luego las cosas se complican y se le va un poco la olla. Pero por si alguien aún no ha visto la película, tampoco voy a destriparla aquí, aunque tenga ya más de medio siglo de existencia. 

Es de esas pelis que disfrutas mientras las ves, siempre que el cine bélico sea lo tuyo, claro. Y luego tiene ese punto de las grandes obras de arte, que es su trascendencia, te permite reflexionar más allá, en este caso, sobre el ser humano, cualquiera, y en cómo reaccionaríamos según qué caso. El personaje de Alec Guinness es un hombre absolutamente convencido de estar en lo cierto, con su pundonor, su dignidad, y se esfuerza en hacer en todo momento lo que él cree que será bueno para la moral de la tropa: llegan silbando y es su tarea que sigan silbando al final, y no ve más allá. Se habrán rendido, pero no están derrotados.

Este personaje contrasta con el que interpreta William Holden, un soldado estadounidense que se esfuerza por sobrevivir a cualquier precio, luchando con todas sus fuerzas y su ingenio. No es que no tengan principios, es que los suyos son otros. Su visión del mundo se nos antoja más realista, parece más lúcido, que comprende mejor el conjunto de las cosas que las estrechas miras de un oficial inglés muy del Raj, claramente racista, que incluso como prisionero tiene esa actitud de querer demostrar la superioridad británica sobre los que considera bárbaros.
Aquí, Holden enseñando pechote

Por cierto que esta película nos regala más de un momento de la espléndida anatomía de Holden en plena madurez, esa sonrisa algo canalla y sus ojazos, más brillantes que nunca destacando sobre la piel tostada. Ains, qué hombre tan pero que tan atractivo.

Visto con la perspectiva del tiempo, quizá me faltó un poco poder ahondar en el personaje de Saito, el comandante japonés, saber quién era él en tiempos de paz, conocerlo un poco más. Para ser el antagonista, acaba resultando un poco plano. Su crueldad y su desprecio para aquellos a que ve como malos soldados, que se rinden sin luchar hasta la muerte, quedan claros. Al bushido lo de sobrevivir para luchar otro día, como que no le va. Y tiene que cumplir su deber, pero no va más allá, no reconoce la humanidad de sus prisioneros en ningún momento, es tan inflexible como Nicholson. No le veo yo evolución alguna al personaje a lo largo de la película; ni siquiera puede decirse que haya sabido utilizar hábilmente en su favor la actitud de Nicholson, no, eso es algo en lo que este último se mete él solo. 

Una de las cosas por las que más es recordada esta película es por su banda sonora del compositor Malcolm Arnold. Y sí, ciertamente es de esas pegadizas que tuvo que ser un bombazo en su momento. Ganó, por cierto, el óscar a la mejor banda sonora, una de esas veces en las que la Academia realmente acertó a la hora de distinguir la excelencia en el arte cinematográfico.

Aquí, los muchachos silbando…, la entrada de los prisioneros británicos en el campamento.


Aunque para nosotros es la Marcha sobre el río Kwai, en realidad es la Marcha del coronel Bogey, y fue compuesta por un tal teniente Ricketts en 1914. Arnold la metió en la partitura por aquello de que era un tema muy famoso durante la Segunda Guerra Mundial. Era un tema alegre que contrastaba con las inhumanas condiciones de los prisioneros en el campo japonés.

Hay géneros que me gustan más y otros menos. Así, las del Oeste no suelen gustarme mucho. Me suelo decir que porque el papel de las mujeres es pequeñito y bastante cliché. Pero las de guerra, que tienen el mismo «problema Bechtel», en cambio, son mi tipo de peli favoritas. Supongo que aquí puedo pasar más por alto la habitual ausencia de personajes femeninos importantes porque me interesa más lo que me cuentan: la del individuo en las peores circunstancias imaginables.

Este Puente sobre el río Kwai es una de las mejores películas del género, que sabe muy bien ejemplificar cómo podemos comportarnos en medio de las circunstancias más atroces.

Fue una película muy premiada. Ganó siete premios Óscar, incluyendo mejor película, director, actor (Guinness), guion, fotografía, montaje y música. Tuvo tres Globos de Oro, en las categorías drama, director y actor (de nuevo, Guinness). También en los británicos BAFTA se llevó mejor película, actor y guion. Se ve que a Lean sus compatriotas no le querían tanto; en cambio, el Sindicato de Directores, sí que lo escogieron como mejor director. El National Board of Review la escogió como mejor película, director y, fíjate tú, actor secundario, por la interpretación que Hayakawa hizo de Saito. El Círculo de Críticos de Nueva York también la galardonó como mejor película, director y actor (Guinness, of course). Acabo con los premios italianos David di Donatello, que la escogieron como la mejor producción extranjera.

Como veis, hay un par de premios al guion, cuando la historia es cuando menos curiosa. La película se basa en un relato del francés Pierre Boulle (que, por cierto, tenía un final diferente a la peli). Los guionistas que adaptaron la novela al cine, Foreman y Wilson, no pudieron aparecer en los títulos porque estaban en la lista negra (ya sabeis, la caza de brujas de McCarthy, etc). Así que en teoría el premio al guionista iba al novelista, que en realidad no intervino en el guion. Solo en 1985 la Academia les reconoció el premio a los guionistas, que para entonces ya estaban muertos. Total, que es un Óscar que al parecer no recogió ninguno de los galardonados.

Para saber más: consúlteme usted la Wikipedia, Film Affinity o la Internet Movie Data Base.

domingo, 21 de junio de 2020

#61 Los maestros cantores de Núremberg

Hans Sachs (1906) Yorck Project



Die Meistersinger von Nürnberg


Estreno: Múnich, 21 de junio de 1868

Compositor: Richard Wagner

Libreto en alemán: R. Wagner

Género: ópera cómica


Tal día como hoy se estrenó, en el Königliches Hof-und National Theater de Múnich la única ópera cómica de Wagner


Dentro de la producción de Wagner, esta es especial, por ser la única cómica, así como por inventarse la historia el propio compositor, aunque fuera basándose en la historia del zapatero y maestro cantor renacentista Hans Sachs. Ojo, cómica en el sentido wagneriano, no esperéis encontrar aquí el salero de un italiano. No, esto es humor a la alemana, o sea, que la gracia igual se la ves donde yo te diga.

La ópera es entretenida, con una música fabulosa y muy agradable de ver. Aunque, eso sí, hay que ir con el bocadillo, porque es una ópera larga: más de cuatro horas, cuatro y cuarto, cuatro y media…

Walther von Stolzing, un caballero, se enamora de Eva, la hija de un orfebre de Núremberg. Para ganar su mano, intervendrá en un concurso de canto. Otro pretendiente, el conservador Beckmesser, intenta que Walther no participe, por lo heterodoxo de su canto. Pero el final feliz está asegurado, sobre todo cuando a uno le echa una mano el menor de los cantores, el zapatero Sachs, que le ayuda a mejorar su arte lírico y entorpece a Beckmesser. Sachs también respeta la tradición, pero entiende que se pueden introducir novedades y de esta manera combinar lo mejor del pasado con las novedades del presente.

Como se ve, la parte femenina es un mero adorno, lo sé, lejos están las pizpiretas heroínas de un Rossini o más de una mozartiana, que tenían carácter, inteligencia, empuje, participación en la trama como algo más que el premio para el chico.

En fin, que el test de Bechdel no nos impida ver el bosque. La historia permite a Wagner dan una versión romántica de los gremios medievales de la Alemania del siglo XVI. 

La ópera es una larga maravilla de músicas increíbles. Es, creo yo, la más asequible de las de Wagner para el aficionado tibio que no desee meterse a todo el Valhalla entre pecho y espalda. Aquí no habla de dioses, ni héroes, ni magias o encantamientos. No, es una historia de gente más o menos normal, cotidiana, que además de sus oficios se dedicaban a cantar.

La parte del león se la lleva el barítono, intérprete de Hans Sachs. Hay dos momentos que me gustan especialmente. Uno, cómico, cuando le amarga a Beckmesser la serenata dando golpes en su zapatería (Den Tag seh). Y el otro, algo desencantado, el monólogo de la primera escena del Acto III (Wahn! Wahn!: ¡Ilusión, ilusión!).

Pero bueno, eso es debilidad mía por esa voz masculina grave. Tal vez porque mi cantante favorito es Dietrich Fischer-Dieskau y empecé a cogerle gusto a piezas sueltas de Wagner gracias a él. Y eso que dudó bastante antes de enfrentarse a este papel, porque no tenía claro si le iba o no a su voz (eso contaron en Grandes Ciclos). 

De lo que todo el mundo te hablará es de la obertura y de la «canción del premio» (Morgendlicht), una de esas piezas con las que se lucen los tenores, y que sí, también es excelente, terriblemente romántica.

Como cotilleo, he leído que era la ópera favorita de Hitler, y puede que sea por aquello de que es más asequible, o que también que al final se exalta al arte alemán, del que los maestros cantores serían custodios.

Y como grabación recomendada, pongo una de Bayreuth en directo que quizá viese el propio Hitler en 1943, por lo que el coro y la orquesta son los del festival, aunque he leído en Operadisc que le falta la escena 1 del acto I y el quinteto. Dirigía Furtwängler y la protagonizaron: Maria Müller (Eva), Camilla Kallab (Magdalena), Jaro Prohaska (Hans Sachs), Max Lorenz (Walther von Stolzing), Eugen Fuchs (Sixtus Beckmesser), Josef Greindl (Veit Pogner), Erich Zimmermann (David) y Fritz Krenn (Fritz Kothner). La escenografía fue de Wieland Wagner, y al parecer el público estaba lleno de soldados heridos del frente.

Por si te da un poco de tirria escuchar una versión tan ligada a un momento terrible de la historia, una opción más políticamente correcta sería la de Knappertsbusch de 1960, también en vivo, con Elisabeth Grümmer (Eva), Josef Greindl (Hans Sachs), Karl Schmitt-Walter (Beckmesser) y Wolfgang Windgassen (Walther von Stolzing).

Para saber más, la Wikipedia. El libreto, en español y alemán, así como discografía de referencia, en Kareol

Es una ópera muy apropiada para estos días, porque se ambienta en torno a la fiesta de San Juan. Aparte de eso, creo que Wagner se relajó por fin por aquello de estar en un momento de su vida bastante relajado y resuelto, con lo cual no se cortó a la hora de escribir toda la música que le dio la gana para esta ópera, y más, de ahí que te lleve cuatro horas y media verla. Pero, de verdad, que merece la pena.

viernes, 12 de junio de 2020

#41 Jarrón de Hornos







Objeto: jarrón
Material: arcilla y vidrio
Fecha: 1351–1375 (s. XIV)
Lugar actual: Museo Arqueológico Nacional, Madrid (España)
Época: Edad Media

Un rico símbolo de poder

En el siglo XIII se puso el gran salto adelante en la Reconquista peninsular, pudiendo ponerse el punto y aparte con la toma de Cádiz, en 1262, reinando Alfonso X el Sabio.

Entonces las fronteras se estabilizaron. Lo que quedaba en la parte musulmana era el reino nazarita de Granada, que se extendía aproximadamente por las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería. Sobrevivió gracias a que se constituyó en vasallo de Castilla, pagando tributo.

Este objeto es producto de esa refinada cultura islámica tardomedieval. Es un jarrón tipo Alhambra que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, que ya he dicho cien veces que es uno de mis museos favoritos. Es grandote, 134 centímetros de alto y con un diámetro de 65 centímetros.

Si nos fijamos, tiene una base muy estrecha, motivo por el cual se le suele colocar sobre un soporte, luego tiene una panza abombada y un cuello estrecho que se alarga hasta un gollete vuelto. Tenía dos asas tipo aleta, una de ellas rota actualmente.

Lo decoran bandas verticales, alternando las azules de cobalto con las doradas, con motivos geométricos y también decoración de tipo vegetal que llaman ataurique. Su vidriado se parece al jarrón de las gacelas que se conserva en Granada. Esa decoración es vertical, frente a las franjas horizontales de los otros jarrones de la Alhambra conocidos.

En las alas la decoración es nuevamente ataurique y sebka (retícula oblicua) en azul y dorado sobre fondo blanco.

Ya sabemos que en el arte islámico, al no aprobarse la representación humana, se tiraba mucho de motivos geométricos y vegetales, y también las propias letras árabes, que con sus sinuosidades resultaban particularmente elegantes. Y aquí encontramos también un ejemplo de adorno en escritura cúfica, en el arranque del cuello.

Según leo en la página del Ministerio de Cultura, dice así, en traducción de Eduardo de Saavedra:

Toda fuente brota pareciendo la más perfecta corriente
y acrece benignidad abundante y excelentes dichas.
Y afirma el recuerdo de la felicidad y de la pobreza
que desvaneció mañana y tarde la fortuna del tiempo.

Este tipo de jarrones se conocen como «Jarrones de la Alhambra», desde que llamaron la atención de los coleccionistas de la Edad Moderna. No significa que se crearan para ese palacio granadino, ni siquiera que se elaboraran allí; en realidad el taller principal de la loza dorada nazarí estaba en Málaga. Data de mediados del siglo XIV.

Se elaboró en arcilla y vidrio. Primero se torneaba y modelado y después se vidriaba y se cocía. Llevaba, al parecer, tres cocciones (cochuras que se dice en alfarería): las dos primeras para fijar la decoración («bizacochado» y vidriado) y la última para que quedaran esos reflejos dorados. Leo en la Wikipedia que el color dorado se consigue aplicando una solución de cobre y plata a la decoración.

¿Para que servía? Pues se consideró durante mucho tiempo que eran meramente ornamentales, objetos de lujo que daban tronío a una estancia y que el rey de Granada regalaba a otros poderosos. En el año 2006-2007 se celebró una exposición en el palacio de Carlos V en Granada, titulada «Los Jarrones de la Alhambra. Simbología y poder», que consiguió que se reunieran por primera vez estos jarrones, desperdigados en diversas colecciones. Con motivo de la misma, se estudió el tema y alguien llegó a la conclusión de que en realidad se podía usar como filtro de agua, porque la base estaba sin vidriar.

Este en concreto lo hallaron en un campo de la localidad jienense de Hornos, en la comarca de la Sierra de Segura. Lo llevaron a la iglesia de la Asunción, donde lo usaron, incrustado en el suelo, como sostén de un pila de agua bendita.

Son un producto lujoso, muy ansiado por los coleccionistas, lo que ha dado lugar a un gran mercado de réplicas. En sí, el número de jarrones de la Alhambra que se conservan más o menos enteros son, al parecer, ocho, que están perfectamente localizados.

Toda la cerámica islámica influyó en las artesanías populares de los países mediterráneos, como Portugal, España o Italia. La excepcional calidad y virtuosismo de los artesanos islámicos justifican que se imitara en formas más básicas en estos países.

A continuación os enumero los otros jarrones que se conservan, más de uno ligadao al pintor Fortuny, un auténtico fan de este tipo de objetos.
  
1. Jarrón de las gacelas, que se encuentra en el Museo de la Alhambra, en Granada, auténtica obra maestra de la cerámica andalusí. Tiene una preciosa decoración que le da el nombre: dos gacelas enfrentadas, en blanco y dorado en uno de los frentes, y azul en el otro.
2.    Jarrón Simonetti o Fortuny-Simonetti, también en el Museo de la Alhambra (Granada), que es uno de los que perteneció al pintor Fortuny.
Vaso de Fortuny que se conserva en el Museo del Ermitage de San Petersburgo

3.    Jarrón del Ermitage, de Fortuny o del Salar, otro de los que fuera propiedad del pintor y que ha acabado en San Petersburgo. Es uno de los que se conserva íntegro, y nos sirve para comprender la forma que debió tener el jarrón de Hornos al que dedico esta entrada.
4.    Jarrón de Osma, nazarí o del Instituto de Valencia de don Juan, Madrid.
Foto en Europeana

5.    Alhambravasen o Jarrón del Nationalmuseum de Estocolmo o de la Alhambra. Tiene una historia de lo más aventurera. Estaba en Chipre en el siglo XVI, donde se veneraba como reliquia: se consideraba que era una de las jarras de agua que Cristo trasformó en vino en las bodas de Caná, por lo que a veces la llaman «La tinaja de Caná». Cuando los turcos tomaron la isla en 1571, lo llevaron a Estambul. Allí lo compró el embajador del emperador y se lo envió a su señor, Rodolfo II, en su corte de Praga. Pero los suecos saquearon la capital imperial en 1648, en el marco de la guerra de los Treinta Años, lo cogieron como botín de guerra y de esa forma pasó a las colecciones de los reyes de Suecia. Toda esta peripecia dejó huella en el objeto, pues le fueron haciendo añadidos a lo largo de los siglos: un dragón de bronce en la parte alta, un soporte, una base de granito y una guirnalda de flores.
6.    Jarrón del Museo Nacional de Palermo (Palazzo Abatellis) es el otro que está completo, con sus dos alas.
7.    Jarrón de Jerez, o de la Cartuja de Jerez, que está también en el M.A.N. de Madrid.

Luego hay otros restos desperdigados por esos mundos de Dios; por ejemplo, al otro lado del charco tenemos un gollete en la Hispanic Society de Nueva York y un jarrón en la Freer Gallery of Art de Washington D.C.

Si quieres saber más, hay un artículo dedicado a ellos en la Wikipedia

Y la página dedicada al jarrón de las gacelas en la página web del patronato de la Alhambra, de donde cojo la siguiente imagen:

Un poco más de historia sobre el jarrón de Hornos, la encuentro en este blog del Chilanco Elías.

Y para saber algo más de otro de los jarrones del M.A.N., el jarrón nazarí llamado de la Cartuja de Jerez, tenemos este artículo de cuando fue escogido como pieza del mes. 

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.