domingo, 14 de febrero de 2021

Otras obras de Durero


La obra de Alberto Durero, como pintor, grabador, y dibujante, es enorme, y se difundió muchísimo. No es de extrañar que muchas obras suyas aparezcan en los libros de Historia del Arte. Es uno de los grandes maestros, aunque creo que su nombre no es tan conocido entre el gran público. ¿Por qué? Bueno, en mi opinión, la Historia del Arte se ha escrito, sobre todo, por lo que los historiadores encontraban en Londres, París, Florencia y Roma, así de simple. Hablaban de eso, y dejaban de lado cositas que había en otras ciudades italianas, o en España o por Alemania.

Y claro, a Durero lo tienes que ver en Viena y en Alemania. Aunque haya obras suyas en El Prado o el Louvre, el turista va a esos macromuseos a mirar otras cosas.

Bernard Zumthor firma el artículo sobre Durero en el Diccionario Larousse de la Pintura y dice de él:

Durero hace una síntesis, prácticamente única en la historia del arte, de los principios del Renacimiento y de un lenguaje plástico muy elaborado, encrucijada compleja de influencias renanas y holandesas. Así, y no sin ambigüedad, es el último representante de la generación gótico-flamígera, de la que procede, al mismo tiempo que proyecta en su tiempo y para el futuro el genio humanista de un pensamiento que le define como «el primer artista moderno al norte de los Alpes» (L. Grote).

Por cierto, que de algunas obra que voy a comentar aquí pondré transcripción de lo que cuenta el Larousse.

Ya comenté el Autorretrato con guantes de El Prado y sus autorretratos. Hoy me toca hablar de otras obras. Pero ya digo que su obra es enorme. ¿Cómo escoger…? ¿Lo más visto, lo que me gusta más…? Creo que ordenaré según técnica y temática, de lo que más me gusta a lo que no me llama. O sea, lo que sigue a continuación es una selección puramente personal entre lo mejor de este maestro, a caballo entre el siglo XV y el XVI.

Acuarelas

Empezaré con alguna de las acuarelas que pintó reflejando animales, plantas y paisajes, que me dejan alucinada, porque a mi el mundo natural me fascina.


Empiezo por mi favorita, La liebre que se conserva en el Museo Albertina de Viena. Es del año 1502, una acuarela sobre papel que mide 25 cm × 22,5 cm. Al parecer, en detalle, en el ojo, puede verse el reflejo del taller del pintor. Se hicieron numerosas copias de esta obra, fue un auténtico éxito de ventas. La liebre original es ésta, que llegó en 1796, al palacio del duque Alberto de Sajonia-Teschen, la actual Albertina. El duque lo recibió a través de un intercambio de obras de arte con el emperador Francisco II. El cuadro se considera una de las obras de arte más importantes de la colección debido a su representación excepcionalmente realista.

Creo que Durero es quien mejor representa la naturaleza en aquella época. Hay que mirar mucho en los fondos de los cuadros de los maestros italianos para encontrar algo del mundo natural, pero es parcial e idealizado. No he encontrado en ninguno de ellos nada parecido a la obra acuarelística de Durero. Me parece algo más propio de la sensibilidad nórdica, quizá porque al norte de los Alpes eran más rurales, mientras que al sur todo era urbano y civilizado, les interesaban más los jardines cuidados que la naturaleza fragorosa e indómita.


Del año siguiente, 1503, es esta Gran mata de hierba, otra acuarela del Albertina. Mide 40,3 cm × 31,1 cm. No se me ocurre nada más sencillo que pueda estar mejor representado.

Ese interés científico por observar y reproducir la naturaleza en sus dibujos es de un auténtico naturalista. No se ceñía a animales y plantas, sino también al conjunto de un paisaje, que captaba con su acuarela así, rápido, del natural. Os pondré un ejemplo nada más.


Vista de un castillo sobre rocas a orillas de un río (1494). Kunsthalle, Bremen.

Leo en mi libro de Pintura paisajista, de Norbert Wolf, que Alberto Durero hizo sus primeras acuarelas de paisajes en su primer viaje a Venecia in situ.

Nadie antes había trabajado con tal libertad y precisión con la acuarela. Durero, así parece, se deleitó especialmente en el carácter transitorio de la impresión visual, se entregó a una belleza marcada por la inmanencia efímera.

Aunque advierte el autor que nuestro entusiasmo actual no debe hacernos olvidar que no eran obras con una finalidad en sí misma, sino que servían para preparar paisajes que pondría en el fondo de sus cuadros.

Esta habilidad con el dibujo encajaba perfectamente con su actividad como grabador.

Grabados

Aprendió el oficio siendo muy joven. Es uno de los mejores grabadores de todos los tiempos. Según el Diccionario Larousse, «fue su obra gráfica la que le dio fama internacional durante su vida y en el siglo XVI toda Europa copiará su infinidad de dibujos, madera y cobres grabados».

Ejecutó obras xilográficas (grabado en madera) y calcografías (sobre cobre). Estos métodos permitían sacar varias reproducciones de la obra, las láminas con sus dibujos se extendieron por toda Europa rápidamente.

En xilografía realizó las series del Apocalipsis, la Pasión y la vida de la Virgen.


Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1498) aún conservan un fuerte toque gótico. Mide 39,9 cm x 28,6 cm. Esta serie sobre el Apocalipsis está considerada como «una de las maravillas de todo el arte alemán» (D. Larousse).


Grabado xilográfico es también una de las obras más famosas de Durero, su Rinoceronte, creado en 1515, y muy copiado en los siglos siguientes. El tamaño de la lámina es 21,4 cm × 29,8 cm. Las imprecisiones anatómicas evidencian que no vio ningún ejemplar, sino que se basó en una descripción y dibujo esquemático hecho por otros de un rinoceronte indio que había llegado a Lisboa, el primer ejemplar vivo visto en Europa desde los tiempos del Imperio romano.

Frente a las xilografías, el grabado sobre cobre permite una línea más flexible, lo cual es más acorde con un dibujante tan excelente. A este método debemos grabados como la Melancolía o El caballero y la Muerte, que son consideradas sus obras maestras.


El caballero, la muerte y el diablo (1513), grabado de 24,8 x 10,1 cm. Es uno de sus grabados más logrados. En una placa, a la izquierda, se distingue el monograma de Durero.


San Jerónimo en su estudio (1514) representa el ideal de sabio humanista. Grabado sobre papel verjurado, hoja de 25,4 x 19 cm, National Gallery of Art, donación de R. Horace Gallatin

 


¿Y qué decir de esta Melancolía I (1514), grabada a buril? Museo Städel. Una figura femenina, sentada, en el primer plano, ejemplifica el temperamento oscuro, el “perro negro” de la depresión. Es un cuadro que ha de interpretarse en sentido alegórico. La melancolía tiene alas y de su cinturón cuelgan llaves y una bolsa de dinero (poder, riqueza), con instrumentos de medición alrededor (sabiduría) y herramientas a sus pies. Un panel de números "mágicos" suman 34 en todas las direcciones. Pese a todo eso que la rodea, se abstrae en sus pensamientos, hundida en su tristeza.

Retratos

De su obra pictórica la que me resulta más interesante es su retratística. Voy a poner un ejemplo de su arte, uno femenino y otro masculino:

Retrato de una joven veneciana (1505). Óleo sobre tabla, 35 x 26 cm. Viena, M.º Kunsthistorisches. Dice el Larousse que esta obra, inacabada, es de una delicadeza y valor tonal evocadores del Carpaccio.


Retrato de Bernhart von Reesen (1521). Óleo sobre tabla, 45,4 x 31,5 cm. Dresde, Staatliche Kunstsammlungen.

 Acabo por lo que en su época era muy apreciado aunque actualmente nos puede dejar más fríos: sus cuadros religiosos. A mí me pasa también con muchas obras de los maestros italianos como Rafael o Leonardo, que admiras la técnica, pero realmente no emocionan porque esto de la espiritualidad no es lo mío.


La Natividad (h. 1502-4), tabla central del Retablo Paumgartner. Temple sobre madera, 155 x 126 cm. Alte Pinakothek (Múnich). Leo en el Laurosse:

Natividad concebida según la fórmulas góticas tradicionales, pero, por primera vez, Durero racionaliza la construcción de la decoración aplicándole muy rigurosamente las leyes de la perspectiva.


La adoración de los magos (1504). Óleo sobre madera, 100 cm × 114 cm. Galería de los Uffizi (Florencia). Pintada para Federico el Sabio, es aún más notable [que la anterior]; en ella, es estudio de la perspectiva y las proporciones se lleva con una precisión difícilmente superable, con la dirección del punto de fuga diagonalmente orientada según un movimiento que será característico del arte Barroco. Por la sabia composición de los contrastes y el diálogo natural de los personajes con su entorno, Durero… logra aquí una síntesis límpida que recuerda irresistiblemente a Leonardo (D. Larousse).

La fiesta del rosario (1506). Óleo, 162 cm × 194,5 cm. Galería Nacional (Praga), obra que constituye la terminación y síntesis de su obra anterior y, sin duda, la obra más importante de su carrera. La composición, una vez más, deriva ampliamente de las «sacras conversaciones» de Bellini; pero Durero cambia el lado solemne, angélico y meditativo de las representaciones tradicionales de dicho tema, por una atmósfera de efervescencia ordenada como en las composiciones de Stephen Lochner, en torno a la pirámide central –Virgen, papa, emperador- equilibrada poéticamente por el paisaje etéreo abierto en el plano del fondo. El color, más que la estructura, da a la composición su orden supremo. Tratada con agilidad, con modelados flexibles y sugerencias luminosas logra el contraste y la unidad profunda de su explosión «veneciana» y del lirismo grandioso heredado de los pintores renanos del siglo XV que encargan el ceremonial de la escena (D. Larousse).

Jesús entre los doctores (1506). Óleo sobre tabla, 64,3 cm × 80,3 cm Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid), contraste expresivo entre la belleza juvenil de Cristo y la vejez, a veces caricaturesca, de los doctores (D. Larousse). Hay aquí un toque muy flamenco, muy a lo que vemos en un Bosco o en un Brueghel.

Y paso ahora a una de sus obras maestras: Adán y Eva (1507). Óleo sobre tabla, 209 cm × 81 y 80 cm; Museo del Prado (Madrid). 

Expresan el ideal de belleza de Durero: clásica, pero pasada por el tamiz de una sensibilidad germánica.

Sigue los modelos italianos, pero la fluidez del contorno, la suavidad que le da a las formas, dan como resultado unos seres más de carne y hueso que las escultóricas pinturas de, por ejemplo, un Miguel Ángel. En esta obra, realizada después de su segundo viaje a Italia, se comprueba que Durero tenía conocimiento del desnudo clásico. Son de los primeros desnudos a tamaño natural de la pintura alemana. ¿Y cómo es que estas maravillosas tablas están en El Prado?

El cuento merece la pena. Han viajado un poquitillo. Eran propiedad del Ayuntamiento de Nuremberg, que se las regaló al emperador Rodolfo II, que gustaba de los desnudos. Estaban estas tablas en el castillo de Praga cuando, en el curso de la guerra de los Treinta Años, ejércitos suecos y sajones lo saquearon (1648); la he dicho mil veces que el arte es un botín muy goloso en tiempos de guerra. Adán y Eva pasaron a ser propiedad del rey de Suecia, apareciendo en un inventario en 1652. Un par de años después, la reina Cristina de Suecia se las regaló a ese gran coleccionista que fue Felipe IV de España. Estaban en el viejo Alcázar de los Austrias, aquel que ardió (1734), y de allí lo llevaron al Palacio del Buen Retiro, y luego a finales de siglo fueron a parar a la Academia de San Fernando para los estudiantes de arte. Y, en fin, en 1827, en tiempos del rey felón, pasaron al Museo del Prado, aunque como eran desnudos estaban en una sala especial que solo podía verse con permiso especial. No se expusieron públicamente hasta el año 1838.


Seguimos con otras obras que realizó después de su segundo paso por Italia: el Martirio de los diez mil cristianos (1508), un tema muy popular en la Alemania de la época. Óleo sobre lienzo, 99 cm × 87 cm, M.º Kunsthistorisches, Viena.



Adoración de la Santísima Trinidad (1511), Temple y óleo sobre madera, 135 cm × 123 cm; M.º Kunsthisrorisches, Viena. Este retablo de Todos los Santos, como el anterior, tiene una abigarrada acumulación de personajes, a los que ubica en un espacio copernicano, esférico, lo que le concede un carácter visionario anunciador de Altdorfer, Bruegel, Tintoretto y los Maestros del Barroco (D. Larousse).



Y acabo con su última obra maestra, Los cuatro Apóstoles (San Juan, San Pedro, San Pablo y San Marcos, 1526) que se conservan en la Alte Pinakothek de Múnich. 

Los ejecutó después de su viaje a los Países Bajos, en la última etapa de su vida. Algún eco flamenco se aprecia por ejemplo en el plegado de los paños. 

Son monumentales, más de dos metros de largo, un tamaño mayor que el natural. Estas dos tablas tienen la misma anchura, 76 cm, aunque la altura es un poco distinta: 215,5 cm de alto la una y 214,5 cm la otra.

Reduce a los personajes a lo esencial: sus rostros intensos, representando cada uno de ellos a una edad del hombre y a un temperamento (sanguíneo, melancólico, etc.), a tamaño casi natural, sobre un fondo oscuro.

Toma el valor de testamento espiritual. Juntos, los cuatro apóstoles encarnan al hombre, sus edades, sus estados de ánimo: en la hoja izquierda, Juan, joven y sanguíneo, acompañado por Pedro, flemático, con la espalda encorvada por los años; a la derecha el activo Marcos con Pablo, grave e inquebrantable. El color, lleno de modulaciones plásticas, completa el mensaje esotérico de la obra por el contraste entre los acordes complementarios cálidos, rojo-azul-oro, y las tonalidades frías, blanco y gris-azulado. Apariciones intemporales, estas figuras son por su presencia espiritual la encarnación, los pilares y las garantías de una fe y una moral nuevas y del estado universal y profundamente natural que fue el del maestro de Núremberg (D. Larousse).

Acabo con esto mi viaje por el universo pictórico de Alberto Durero. Un artista que reivindicó la nobleza de su arte, como algo más complejo que la mera artesanía. Que se retrató una y otra vez, quizá no tanto por narcisismo (aunque ese Autorretrato desnudo no deja detalle de su cuerpo serrano) sino porque necesitaba reflexionar, experimentar, examinar la realidad de esa manera. 

Era un artista que miraba el universo y reflexionaba sobre él con ojos de artista, intentando encontrarle su sentido. Sus dibujos, grabados y cuadros eran su forma de pensar y explicarse el mundo, de intentar darle un sentido. Es algo más que un pintor de cromos, de colorines, es el pintor como intelectual humanista.



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