Música:
he vuelto a ver un ballet, después de tantos años. «Giselle» de Adam, en una
versión tan vieja como yo, con la encantadora Carla Fracci.
Lectura:
sigo con Kinsale. Tiene tan poco escrito que hay que degustarla despacito.
These are a few of my favourite things. Son todos los que están, pero nunca pueden estar todos los que son.
Música:
he vuelto a ver un ballet, después de tantos años. «Giselle» de Adam, en una
versión tan vieja como yo, con la encantadora Carla Fracci.
Lectura:
sigo con Kinsale. Tiene tan poco escrito que hay que degustarla despacito.
Título
original: The physician
Autor:
Noah Gordon
Fecha
de publicación: 1986
Me parece a mí que esta es la novela histórica por excelencia de finales del siglo XX. Escrita
con un amenísimo estilo, de ese que yo llamo «superventas internacional», te
lleva desde la miserable Inglaterra medieval a la floreciente Ispahán por la
que transitó Avicena.
Por si
alguien no ha visto la peli, os cuento la historia.
Robert
J. Cole, un muchacho de Londres, se queda huérfano muy pronto. Acaban
colocándole como aprendiz de barbero. En aquella época un barbero era el que
hacía cirugías, extraía muelas, y, en este caso, entretenía al personal,
además, con malabares y venta de producto «milagroso» que como El elixir de amor de Donizetti, en el fondo era solo una bebida alcohólica.
Rob le
coge el gusto a eso de sanar a la gente, y quiere saber más. Pero si de verdad quieres conocer mejor cómo
funciona el cuerpo humano, y hacerte sabio en este campo, tienes que ir a
las mejores escuelas, que entonces eran las que estaban, lógicamente, en la
parte civilizada del globo.
Tenía
opciones, desde la península ibérica hasta la escuela de Salerno. Pero opta por
marchar a Persia, en concreto a Ispahán, donde entonces vivía el príncipe de
los sanadores, Avicena.
Pequeño
problema: ahí admiten a musulmanes y judíos, pero los cristianos lo tienen
prohibido. No tanto por los musulmanes sino por la propia iglesia. Así que a
Rob se le ocurre la idea de hacerse pasar por judío para poder formarse allí.
Asume el nombre de Jesse Ben Benjamín.
Hay una
larguísima primera parte en la que te cuentan las andanzas del niño y adolescente
Rob por la isla de la Gran Bretaña, formándose en diversos trucos que luego le serán útiles.
También pule un poco su misterioso «don» que le permite captar el grado de
salud de una persona.
Pero
el grueso de la historia se desarrolla en Persia, en la escuela-hospital en la
que aprende medicina, así como filosofía y religión para convertirse en hakim (o sea, médico). Se echa un amigo musulmán (Karim) y otro judío (Mirdin). Acabará aprendiendo tanto
preceptos judíos como islámicos. Claramente tibio en materia
religiosa, tanto le da aprender unas normas que otras.
Lo que
a él le obsesiona es el saber, descubrir cómo es el ser humano, qué le hace
enfermar, cómo puede sanar.
Como
novela histórica que reconstruye una época y unos lugares es apasionante. Sabe
crearte un marco totalmente creíble. Te descubre un mundo no muy frecuentado por la novela histórica occidental, la parte más desarrollada del mundo, la civilización islámica de principios del siglo XI. Me resultaba interesantísimo ver lo que hacen, cómo visten, lo que comen, cómo viven pero,
aún más, los entresijos políticos, las ideas de las personas, esas cosas tan
difíciles de aprehender.
Vale,
es verdad que tiene fallos históricos, la Inglaterra que reconstruye parece más propia de
siglos posteriores, con castillos de piedra o gremios, cosas que –tengo
entendido– no había en aquella pobretona isla antes de la conquista normanda.
Pero vamos son cositas que a mí no me molestaron y que realmente pillas si
sabes un poco de historia medieval.
Para mí, uno de los mayores aciertos es cómo transmite la idea que existía entonces de lo que era la medicina; y, de hecho, es lo que perduró hasta que el método científico empezó a hacerse cargo de este ámbito.
La medicina y la cirugía eran campos diferentes. La cirugía, es decir,
intervenciones corporales que hoy consideramos propias de odontólogos,
traumatólogos y cirujanos, las llevaban a cabo barberos como el que aparece en
el libro. Es la medicina que yo llamo de
chapa y pintura, justo el campo en el que menos tontería y charlatanería
puedes meter, porque necesitas un resultado: heridas que coser, huesos que
enderezar… Por eso era, a mi modo de ver, el único campo de la medicina que a
lo largo de los siglos hizo algo útil. Y en la que por ejemplo, a día de hoy, aunque las pseudoterapias pululan por todas partes, parece más a resguardo de ellas; aún estoy por ver anestesia homeopática.
La
medicina se consideraba, en cambio, casi como una rama de la filosofía, que tiraba de lo escrito por griegos y romanos mil años antes. Explicaban las cosas por los cuatro humores, mirando el horóscopo del
enfermo, haciéndole sangrías a tutiplén,... O sea, cosas bastante absurdas que
muchas veces mataban más que si hubieran dejado al cuerpo luchar por sí solo
contra la enfermedad. Pero eso era lo que daba caché al médico, porque un
barbero no podía analizar las estrellas a ver por dónde andaban en cada
momento.
Sin ser médico, de lo
poco a lo que le encuentro algún sentido es el análisis que hacían de la orina
o el aliento, para saber qué pasaba dentro del cuerpo humano.
Por
supuesto, abrir el cuerpo de una persona para ver cómo era en realidad por
dentro estaba prohibido por las tres religiones, algo que se ve aquí en este
libro.
Otro
detalle que me gustó, y que encontré más actual que nunca, es el
episodio de peste que estalla en una ciudad persa. La solución sigue siendo la
misma: aislar el lugar del brote hasta que se controla. Es una solución
medieval, pero la única cuando la cosa se te ha ido de las manos. Ellos no
sabían por qué ocurrían estas cosas, ni cómo se podía hacer algo por los
enfermos.
A esta
gente la idea de que hubiera microorganismos que causaran las enfermedades… no
sé, les estallaría la cabeza. La mayoría de la gente también rechazaba esa
idea, hicieron falta los microscopios para comprender que había vidas diminutas
que no vemos, y cosas que no están ni vivas ni muertas, como los virus, y que
son la causa de las enfermedades infecciosas.
Tener
una visión un poco detallada de cómo era esta medicina medieval a mí
sinceramente me deja impresionada.
Los
personajes, en general, están bien trazados y tienen una personalidad propia, no solo el protagonista, sino también Barber, el barbero cirujano con el que
hace sus pinitos, y sus amigos en la escuela de medicina, Karim y Mirdin.
Como suele
ocurrir con novelas escritas por hombres, la parte femenina se queda en el
cliché, y no le pases el test de Bechdel. Las mujeres son mero adorno al
servicio de este o aquel personaje masculino, interés sexual o romántico y nada
más.
Diréis
que tiene sentido, porque es la historia de él, y que todos los personajes
están a su servicio, pero en realidad no es así. Hay personajes que tienen sus
escenas propias desvinculadas de Rob. Recuerdo el detalle con el que se narra
una carrera en la que participa Karim, el chatir,
que leí con gusto porque me encanta el deporte, no me entendáis mal, pero tanto
detalle de lo que este piensa o siente o recuerda, que si le da una vuelta, que si le da otra,... es ajeno al hilo argumental
referente a Rob. Por lo tanto, podía perfectamente haberle metido algo más de
chicha a los personajes femeninos, y no lo hizo.
Hace
años, no me fijaba en estas cosas. No obstante, llega un momento en que caes en ello y ahora sí que lo echo en falta.
Así
que no, no esperéis encontrar mujeres de carne y hueso entre sus páginas. Hay
insinuación de lo que pudieron ser grandes personajes, si solo les hubiera
dedicado en algún momento alguna escena como la del chatir de Karim.
Me
llama la atención que este libro, escrito por un estadounidense, no tuvo demasiado
éxito en su país natal. En Europa arrasó, convirtiéndose en un superventas,
particularmente en España y Alemania.
Siempre
me ha llamado la atención que aquí adoramos la novela histórica, mientras que
en Estados Unidos la ignoran bastante. Yo a veces digo, a aquellos que
desprecian la romántica, que en EE. UU. es este género el que domina las
ventas, tanto como aquí la histórica, y así se hacen un poquito más a la idea.
Seguro
que hay un motivo para que nos atraiga más la historia que allí. No voy a
elucubrar. En Europa estamos enamorados de la novela histórica, en EE. UU., de la romántica. Y el suspense, o novela negra, en ambos sitios. Me resulta curioso que a los europeos nos encanta la histórica, con independencia de que sea historia de
la misma geografía que nosotros habitamos o no.
En
conjunto es una novela de las imprescindibles si te gusta el género.
Es entretenidísima, y fácil de leer.
El
autor, luego, escribió otras dos, Chamán
(1992) y La doctora Cole (1996). Las leí
cuando salieron, así que no recuerdo gran cosa de ellas. No me gustaron
particularmente, se dejan leer, sin más. Me parecen prescindibles.
Como a estas alturas es un clásico del género, tiene página en la Wikipedia.
Hoy
no hay música.
Lectura:
empiezo «The hidden heart» (1986) Segunda novela publicada por Laura Kinsale. Con una portada de esas muy ochenteras. Casi 400 páginas, creo que me llevará varios días.
Música:
Lied «Gretchen am Spinnrade» (Margarita en la rueca) D 118, de Franz Schubert. En
octubre de 1814 empezó el congreso de Viena para arreglar la política europea
al gusto de los vencedores de las guerras napoleónicas. Pero ocurrió algo aún
mejor, el día 19 vio la luz esta obra, primera gran realización de Schubert en
el campo liederístico.
Sobre
un poema de Goethe, Margarita, la de Fausto, está exaltada como adolescente con
su primer amor, el mundo para ella no tiene sentido sin él. Mientras el piano va reproduciendo la rueca que gira, ella
recuerda sus palabras seductoras, sus manos, ¡sus besos! (momento en el cual el
piano para, abrupto). Ay, qué calentón le dio a la pobre muchacha. Luego ya
vuelve en sí y repite aquello de que perdió el sosiego y tal.
«Obra
decisiva en el campo del lied… una obra maestra de síntesis tan innovadora e
intensa de la sustancia lírico–musical, de disposición tan firme de la
archipersonal forma del lied del maestro que desde este momento se puede hablar
con todo derecho de un nuevo período esencial en la historia de la evolución de
este género, dice Paumgartner».
Y
mi apreciadísimo Dietrich la considera su primera obra maestra y dice que «Algo
semejante no se había dado aún nunca en la música».
Diecisiete años tenía el muchacho, y estaba enamoradísimo de su Therese, soprano que acaba
de estrenar la Misa n.º 1 en septiembre. También él estaba viviendo su primera
gran amor.
(¿Se
nota que, con Mozart y Bach, Schubert es uno de mis compositores favoritos?)
Lectura
del día: «Burn for me», de Ilona Andrews. Una de las que me quedan del Top 100
AAR 2018. ¿Romance? paranormal.
Nascita di Venere
Fecha: h. 1485
Estilo: Arte renacentista
Autor: Sandro Botticerlli
Técnica: temple sobre tela
Ubicación: Galería de los Uffizi
(Florencia, Toscana, Italia)
Menos
mal que este no se lo cargaron
El
7 de febrero de 1497 se encendió una hoguera en Florencia, la «hoguera de las
vanidades» por excelencia.
En
un lugar de tanto refinamiento se llevaba un siglo creando objetos preciosos,
entre ellos magníficos cuadros del primer Renacimiento o Quattrocento. Pues bien, después les dio a todos por la manía
religiosa y entraron en un frenesí de destrucción de todos aquellos objetos que
se consideraban pecaminosos, vanidades
En
italiano se dice falò delle vanità, y
aunque hubo más de una «celebración» de este tipo, la hoguera de las vanidades
por excelencia es esa de febrero de 1497, donde seguidores del fraile dominico
Girolamo Savonarola quemaron miles de objetos, ropas, cuadros, libros… Porque
se consideraba que tentaban a la gente.
Entre
los cuadros que allí perecieron hubo más de uno de Sandro Boticcelli, de temas
paganos. Afortunadamente, este Nacimiento
de Venus no estaba entre
ellos. Cuando veo sus cuadros, siempre pienso en cuántos otros se destruirían
por el fanatismo religioso, y agradezco que estas joyas renacentistas sí nos
hayan llegado.
Es
una pintura realizada sobre tela, y no sobre tabla, que era lo más frecuente.
No obstante, la tela era un soporte no infrecuente en el Quattrocento para pinturas decorativas destinadas a las residencias
señoriales, o al menos así nos lo cuentan en la página web de los Uffizi. Es
una obra más bien grande, 172,5 x 278,5 cm, o sea, casi tres metros de ancho y
más de metro y medio de alto.
Se
le llama Nacimiento de Venus, pero en
realidad la escena es un momento posterior. Venus, nacida ya de la espuma del
mar, se alza sobre una concha y el viento la lleva hacia las costas de Chipre.
Allí la está esperando una ninfa para abrigarla con un manto de flores.
A la izquierda tenemos los vientos, un hombre y una mujer desnudos, ella abrazada a él y con telas flotantes tapándoles sus partes pudendas. Con sus cabelleras onduladas y alas, se les identifica tradicionalmente con Céfiro y Cloris. No obstante, a la mujer que abraza a Céfiro a veces la he visto identificada como Aura.
Caen
las rosas sobre el mar, fluyen, flotan… Es la flor de Venus, propia de la
primavera.
Al otro lado, la joven vestida con una tela floreada, con cinturón de rosas y una guirnalda de mirto, que es la planta de Venus, y los cabellos sueltos, descalza sobre un suelo con flores, sostiene un manto rojo en la mano, también bordado de flores.
Se la identifica como una ninfa, o una de las Gracias o de las
Horas, en concreto la Hora de la Primavera. Recordemos que en la mitología
griega las Horas (Horai en griego, Horae en latín) eran diosas del orden de
la naturaleza y de las estaciones, no se referían a momentos del día.
Parece
que está representado lo que cuenta Ovidio en sus Metamorfosis sobre el nacimiento de la Diosa, y cómo Hora, hija de
Zeus, la abriga con un manto. En otro sitio leí que en realidad es Flora, la
diosa del bosque y de las flores. E incluso en un tercer libro te cuentan que
se trata de una alegoría de la Tierra o de la Primavera. Pues eso, tú mismo, lo que más te guste.
Venus
Lo
que más te llama la atención del cuadro es esa mujer desnuda del centro: la
diosa Venus, sobre una concha, algo inestable. El pelo suelto le cae sobre el
cuerpo, enroscándose en curvas y arabescos; los reflejos de luz en la cabellera
se lograban aplicando oro.
Su
piel es marfileña, con toques rosadas, que recuerda más al mármol de una
estatua, o al brillo nacarado de una perla, que a la piel de una persona.
Sus
hombros son estrechos, algo caídos, lo cual queda raro, lo mismo que ese cuello…
demasiado alargado.
La
boca permanece cerrada y sus ojos claros tienen una mirada perdida.
El desnudo no era habitual en el arte occidental. No es que se desconociera, pero solía reservarse a la mujer pecadora, la Eva de turno. Pero aquí hay una diferencia. Venus no es una mujer culpable, sino una diosa de agradables formas, como las figuras femeninas de la Antigüedad.
Hablemos
un poco de la postura de la diosa: el peso sobre la pierna izquierda, el pie
derecho hacia atrás, un poco levantado. Procede de la estatuaria griega, sobre
todo de la época helenística, y se le llamaba contrapposto.
Con
ello parece flotar por encima de la concha, donde no aparece plantada sino un
poco levitando, formando una curva.
Sigue
el modelo de la Venus púdica de época grecorromana, con una mano en el seno y
otra en los genitales. En realidad, no lo tapa todo, porque uno de los pechos
lo tapa, sí, pero el otro no. Y a diferencia de las Venus clásicas, que suelen
tener el pelo recogido, esta lo tiene prácticamente suelto, y recoge parte para
cubrir los genitales, de manera que acaba transmitiendo la idea de vello
púbico, algo que no se solía representar.
La
sensación general, no obstante, no es de concupiscencia. No sé cómo se lo
tomarían en la Florencia de los Médicis, pero lo que es ahora nos transmite un
poco de movimiento, a través de las ondulaciones de los cabellos y de las telas pero nada exaltado, por esa melancolía o nostalgia que siempre comentan al hablar de los
cuadros de Botticelli.
Paisaje
El
paisaje consiste, principalmente, en un mar ondulado. Pero a la derecha tenemos
la línea de costa, con algún árbol disperso y en el extremo derecho un laurel.
Recordemos que la rama de laurel es un emblema tradicional de la familia
Médicis. Los árboles del fondo son naranjos y, leo en la página web de los
Uffizi, que los naranjos se consideraban otro emblema de la familia, por el
parecido entre el apellido y el nombre con el que se conocía a estas plantas, mala medica.
Como
los personajes están todos en el primer plano, la profundidad se logra gracias
a esa línea costera, a los árboles pequeñitos del fondo.
En
el suelo, en primer plano, un prado con flores, entre las cuales florece una
anémona azul.
Hay
un aire un poco irreal en esta parte, más como si representara un escenario ideal
que un lugar real. No hay ese minucioso detalle de la época del gótico internacional,
con sus hortus conclusus
representando a María. Se nota que a Botticelli el tema del paisaje no le
emocionaba, y él mismo lo reconocía.
Sentido
El cuadro trata un tema pagano, propio de la mitología grecorromana: la diosa del Amor y de la Belleza. Pero no falta quien le daba un sentido más cristiano. Hay quien identifica a Venus con la Humanitas.
Otros entienden que es un mito que recuerda el bautismo cristiano y cómo el
alma renace, hermosa, después de ser bendecida con agua.
O
puedes pensar que aquí se transmite la unión de espíritu y belleza, la Idea
abstracta frente a la Naturaleza.
O
que la belleza es, como todo, un don de dios, de manera que refleja el ideal
neoplatónico pasado por el filtro del cristianismo.
O
que toda esta belleza es transitoria, y por lo tanto la melancolía de Venus
transmite la idea de la fugacidad de la juventud, de la vida.
Si
nos ponemos en plan filosófico, puedes encontrar en el cuadro el mensaje que
quieras, que dentro de la aristocrática sociedad en la que nació este cuadro, se
admitían todo tipo de alegorías e interpretaciones.
Estilo
Es
una obra de colores suaves, sin mucha variedad cromática. Hay una luz dorada
que baña todo el cuadro, una luz que no se corresponde a una fuente real.
El
fuerte de los florentinos estaba en el dibujo, más que en el color, que es algo
más propio de la pintura veneciana. Botticelli no es una excepción, y en este
cuadro se ve. Si nos fijamos, traza una fina línea negra en torno a las
figuras, que le sirve para delimitarlas. Ese contorno preciso es muy distintivo
y nos ayuda a comprender lo excelente que era su dibujo.
Historia
del cuadro
Se
conoce la existencia de este cuadro desde que lo menciona Vasari en sus Vidas (1550). Estaba en una villa de los
Médicis en Castello, propiedad de una rama menor de la familia Médicis. Se cree
que fue un encargo de Lorenzo de Pierfrancesco de Médicis, pariente de Lorenzo
el Magnífico.
El
tema pudo proponerlo o inspirarlo el poeta Agnolo Poliziano, quien lo trató en
un poema, siguiendo una pintura de Apeles perdida pero que describió Plinio.
Tradicionalmente,
se consideró que fue un encargo conjunto con otro muy famoso de Botticelli, La Primavera, pues allí estaban juntos.
Incluso, que en el mismo paquete iba un tercero, Palas y el centauro. Actualmente se pone en duda, fijándose en las
diferencias de soporte, estilo, tamaño o composición y consideran que no, que
acabaron allí pero que no fueron encargadas ni pintadas al mismo tiempo.
Como
otros cuadros de Botticelli, se cree que la modelo pudo ser Simonetta Vespucci,
amante de Juliano de Médicis y muerta como se suele decir in belleza, a los 23 años. Corría el año 1476; había sido, y siguió
siendo musa de los artistas de la época, habiéndola cantado poetas como
Poliziano.
En
la Villa di Castello estuvo hasta el año 1815. Entonces, se trasladó a la
galería de los Uffizi, donde permanece hasta el día de hoy, siendo una de sus
obras destacadas.
El
autor: Sandro Botticelli
Sandro di Mariano Filipepi, llamado Botticelli, nació en Florencia en 1445.
Fue discípulo de fra Filippo Lippi y le influyó Verrocchio. Lo protegió Lorenzo el Magnífico y gracias a ello, participó en la intensa vida intelectual y artística de la época. Un ambiente brillante, espléndido. Florecía el neoplatonismo, la belleza se consideraba un ideal…
En pintura, se corresponde con
la llamada segunda generación florentina del «Quattrocento». Aunque la
producción artística sigue siendo, mayoritariamente religiosa, se dejaba sentir
el influjo del humanismo, de los temas de la Antigüedad clásica. Desde 1475,
más o menos, había desarrollado su propio estilo, ese dibujo preciso, los
colores nítidos y una leve melancolía bañando sus escenas.
Luego
llegó la conjura de los Pazzi (1478), y ya se veía que aquella sociedad estaba en riesgo, o que todo aquello podía no durar. Botticelli realizó las efigies de los conjurados ahorcados. Aunque he de reconocer que los dibujos más famosos de estos ejecutados son los de Leonardo da Vinci, en particular el del ahorcamiento de Bernardo Bandini Baroncelli.
En 1481-82, Botticelli estuvo en Roma, pintando Historias de Moisés en la parte baja de la Capilla Sixtina. Sí, ya sé que cuando vamos todos nos podemos a mirar la parte de arriba, y el testero, con las impresionantes obras de Miguel Ángel, pero en las paredes hay obras de otros grandes maestros renacentistas.
Volvió a su ciudad natal,
donde vio el fallecimiento de Lorenzo el Magnífico (1492), y vivió las soflamas
de Savonarola. Durante un tiempo la Florencia aristocrática y refinada se
volvió un centro de fanatismo religioso donde se quemaban las obras de arte, y
ya se sabe que cuando se empiezan quemando libros se acaban quemando personas.
Con todo esto, y ya la edad que iba teniendo, cambió el ánimo de Botticelli. En esos últimos años se retrajo en la
religiosidad. El ambiente era otro y le convenía ser
prudente. Llegaron a denunciarlo «como sodomita», aunque la cosa quedó en
nada. Le convenía ser más bien discreto, no llamar la atención, en tiempos tan
revueltos.
Por cierto que Savonarola también acabó de mala manera. Se metió demasiado con el papa, y éste, como buen español, no perdonaba una ofensa con facilidad. Lo excomulgaron, pero él seguía chulito, porque lo protegía el rey de Francia, los gabachos, ya se sabe, siempre liándola. Carlos VIII, no obstante, murió, y el que le sustituyó, Luis XII, estaba liado en otras cosas, en particular, que ese mismo papa Borgia le concediera la anulación de su matrimonio con Juana de Valois, así que pelillos a la mar.
Acabaron arrestando a Savonarola, lo ahorcaron y su cuerpo lo quemaron en la hoguera, lanzando sus cenizas al Arno. Era el año 1498.
Botticelli le
sobrevivió una década, pues murió en 1510. Dos años después, los Médicis recuperaron el gobierno de Florencia.
Lo
que todos los libros de arte destacan de Botticelli es su dibujo preciso,
aunque algo nervioso, y esas formas ondulantes que sugieren movimiento. Los
rostros, no obstante, no son hieráticos como en la estatuaria clásica, ni
arrebatados y exagerados como en el helenismo. No, lo que transmite es un
cierto decaimiento, tristeza, melancolía un estoy
aquí pero no estoy, todo esto es muy bonito pero tarde o temprano desaparecerá,
ay, el sufrimiento no me es ajeno, y si no llega ahora, llegará después.
Es
tentador hacer un paralelismo con la situación política de la época: sí,
Florencia produce maravillas artísticas, y filosofía, y pensamiento, y ciencia,
y llevaba siendo tan increíblemente creativa más de un siglo, recordemos a
Dante, y luego a Maquiavelo… Pero no dejaba de ser una república enana,
decorativa y poco más, entre grandes potencias que se disputaban a la dividida
península italiana.
La
triunfadora de esas guerras de décadas fue al final la España de los Austrias,
que dominó buena parte de aquella geografía, y consiguió expulsar al otro perro
con el que peleaba por ese hueso, la Francia de los Valois.
La
Toscana siguió dando sus frutos científicos y artísticos. No olvidemos al
pisano Galileo Galilei, grande entre los grandes, posiblemente el científico number one de la historia. Pero
políticamente, en toda la Edad Moderna, no dejó de ser un territorio de escasa
relevancia.
Otras
obras
Creo que esta es la obra más conocida de Botticelli, aunque hay otros cuadros suyos que
suelen aparecer en los libros de Historia del Arte. Por ejemplo, las otras dos
obras que se dice que acompañaban a esta:
«La
Primavera» (h. 1477-78), temple sobre tabla, 203 cm × 314 cm, Uffizi,
Florencia.
«Virgen del Magnificat» (1481), temple sobre tabla, 118 cm × 118 cm, Uffizi, Florencia.
«Palas y el centauro» (1482-83), temple sobre lienzo, 148 cm × 207 cm, Galería Uffizi, Florencia.
Como
vemos, para poder disfrutar de lo mejor de Botticelli parece inevitable ir a
Florencia, a la Galería de los Uffizi. En España sí que tenemos en el Museo del
Prado un ciclo de tres tablas titulado La
historia de Nastagio degli Onesti (1483), técnica mixta sobre tabla, que
miden 82,3 x 139 cm. De las cuatro tablas que representan la historia de Nastagio
degli Onesti que nos cuenta Boccaccio en el Decamerón,
tres están en el Prado; la cuarta, en una colección privada. Entraron en el
Prado en 1941, gracias a donación de Francisco Cambó.
Las
del Prado son estas tres:
Por meter algo de lo que pintaba a finales de siglo, después de muerto Lorenzo el Magnífico…
«La
Calumnia de Apeles» (1495), temple sobre tabla, 62 cm × 91 cm, Uffizi,
Florencia. Cuadro alegórico que pretendía reconstruir un cuadro del pintor de
la Antigüedad, Apeles, tal como se le describía en las fuentes clásicas.
«Piedad» (1495), temple sobre tabla, 107 cm × 71 cm, Museo Poldi Pezzoli, Milán.
Música: Cantata BWV 202 «Weichet nur, betrübte Schatten» (Cantata nupcial) de Johann Sebastian Bach. El título es algo así como «¡Apartáos, tristes sombras». Las cantatas son normalmente litúrgicas, pero esta es más bien secular. Se cree que con ocasión de una boda en torno al año 1714. No obstante queda muy goloso decir que es cuando él se casó con Anna Magdalena en 1721.
Leyendo: «Cómo leer paisajes», de Robert Yarham. Una aproximación muy visual a la geología más básica a partir de lo que vemos en la naturaleza. El subtítulo ya lo dice: Una guía para interpretar los grandes espacios abiertos.
Un libro que estoy leyendo: «El médico» de Noah Gordon (una relectura).
El ritmo en el que se está vacunando a la gente no es una buena noticia.
Estoy cansada, después de un año en constante alerta. ¿Cuándo nos quitaremos las mascarillas...? ¿O podremos viajar de nuevo con libertad? Deseo que esto acabe ya, pero racionalmente sé que no es así.
Hay que hacer de tripas corazón y darme tiempo. Dárselo a todos. Me he dicho que como siempre, cuando algo parece muy cuesta arriba, lo mejor es ir paso a paso, día a día. Así lo he conseguido todo en esta vida, así que... Estoy haciendo cálculos... a este ritmo... año y medio... Así que me voy a dar 500 días, por redondear.