jueves, 11 de julio de 2019

#6 Cratera de Derveni



Objeto: cratera / urna funeraria
Material: aleación de bronce y estaño
Fecha: siglo IV a. C.
Lugar actual: Museo Arqueológico de Tesalónica (Grecia)
Época: Arte helenístico


Esto de las obras públicas, en según qué países, tiene que ser una pesadilla


En cuanto le metes la pala en Grecia, o en Italia, o incluso en la misma España, puedes dar con algún resto valioso. Toca parar la obra. Llama a que lo evalúen,... retrasos (algo que ningún contratista ni político quiere),... análisis a contrarreloj de un yacimiento que tienes que documentar mientras presionan otros intereses para que acabe destruido…

(«Aquí podéis leer sobre el «difícil equilibrio» entre el patrimonio, las obras públicas y la política). 

A todos los santos del cielo debió bajar el palista que, allá por 1962, en el desfiladero de Derveni, mientras excavaba en la obra de una carretera entre Tesalónica y Kavala, fue a dar con dos tumbas de la época clásica.

Fue todo un hallazgo, con un rico ajuar. Lo más valioso, el papiro de Derveni, que como se data hacia 340-320 a. C., parece ser el «libro» (o, al menos, el escrito) más antiguo de Europa. En 2006 se descifró y resultó ser un poema órfico.

Pero no voy a hablar de ese papiro sino de otra pieza, una cratera con volutas. Una cratera (o crátera) es un tipo de vaso griego en el que se mezclaba el vino con el agua para consumo humano. Si los bravos helenos de la Antigüedad no podían beber el vino puro, ya me imagino que sería un poco basto.

Y lo de las volutas es por esas asas que sobresalen de la boca del jarro y tienen forma de espiral.

Sirvió de urna funeraria, porque en su interior se encontraron los restos calcinados de huesos.

La maravilla es que, realizada con una aleación de bronce, y un 15 % de estaño, bien labrado y pulido, logra brillar como si fuera de oro. Algunos detalles decorativos se realizaron con metales preciosos como la plata.

Es una pieza que pesa los 40 kilos y resulta realmente excepcional que se conserven piezas tan grandes de la metalurgia clásica. Las hojas de metal se martillearon y unieron, mientras que las asas y las volutas se fundieron aparte y luego se unieron a la cratera.

¿Qué se puede ver, si nos fijamos en las figuras y elementos que hay representados? Pues bien, en la parte de arriba tenemos elementos decorativos como guirnaldas u hojas de acanto. También hay un friso de animales y cuatro figuras que se corresponden con el dios Dionisos, dos ménades y un sátiro durmiendo. En lo que sería la panza del vaso hay otro friso dedicado a Ariadna y Dionisos y lo que se denomina tíaso (θίασος) o sea, la comitiva extática de Dioniso: básicamente, un grupo de juerguistas borrachos.​

Se conoce el nombre del aristócrata al que pertenecieron las cenizas de su interior, porque su nombre está en una inscripción: Astiouneios, hijo de Anaxágoras, de Larisa.

Cuando pienso en el hombre y la mujer allí contenidos, en un vaso que exaltaba la vida, la sensualidad, el placer de la ebriedad, la danza,… pienso que debieron gozar de su paso por la tierra. Y que la mejor manera de honrarlos fue enterrándolos en una cratera en la que debieron mezclar muchos y ricos vinos a lo largo de los años.

La verdad es que no se sabe ni la fecha ni el lugar donde este vaso se elaboró. En la Wikipedia (que sigo en lo esencial para este artículo) te dan diferentes hipótesis: según la más antigua, se habría hecho en Atenas alrededor del año 370 a. C.; otros dicen que es de Tesalia, un poco más tarde (hacia el 350 a. C.); y, finalmente, no falta quien lo relaciona con la corte de Alejandro Magno, con lo que la datación se adelanta hasta el período 330 y 320 a. C.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

sábado, 6 de julio de 2019

#5 Modelo de carro del Oxus






Objeto: ¿juguete, exvoto?
Material: oro
Fecha: siglos V-VI a. C.
Lugar actual: Museo Británico (Londres)
Época: Aqueménida


De origen un poco novelesco…

La historia de cómo llegó a conocerse esta pieza, junto con las demás que constituyen el llamado tesoro del Oxus, es tan de película que hay quien dice que es precisamente eso: un cuento chino ideado para enmascarar algún saqueo, o algo peor, hasta unas falsificaciones.

En un momento de lucha, en mitad de la Segunda guerra anglo-afgana (1878-1880)... que no fue más que un episodio del Gran juego entre Rusia y Reino Unido por el control de Asia central... aparecen unos comerciantes de Bujará, que pretenden llegar a la India.

Parece que sus mercancías no son cosa de gran valor, pero todo es disimulo. Llevan consigo un auténtico tesoro con piezas de oro y plata. De repente, cerca del paso del Jíber, unos bandidos los atacan. Un criado pudo escapar y pedir ayuda a las autoridades británicas. Inmediatamente se embarcan en una operación de rescate y acaban encontrando en una cueva en las montañas, a los bandidos, los comerciantes y el tesoro, justo cuando los delincuentes estaban ocupados discutiendo entre ellos por el botín.

El ejército inglés los rescató y los comerciantes pudieron vender las piezas de su tesoro por los bazares de la India. Con el tiempo, un coleccionista británico, Sir Augustus Wollaston Franks, fue comprando estas piezas y acabó legándolas, en 1897, al Museo Británico. Allí se expone, actualmente, el conjunto llamado tesoro del Oxus, entre los cuales se puede ver este carro en miniatura.

El carro está labrado en oro. Tiene unos veinte centímetros de largo, 7,5 cm de alto y un peso de 75,5 gramos.

Como se ve, representa un carro tirado por cuatro caballos, bastante pequeños. Les faltan unas cuantas patas, solo se pueden contar nueve. El carro está abierto por detrás. Dos personas viajan en él: el auriga y un pasajero de calidad, quizá un sátrapa persa de visita por las provincias. Ambos llevan torques.

Hay una partición longitudinal que posiblemente fuera un asiento.

La parte delantera del carro es ancha por arriba y estrecha por abajo. Hay dos bandas incisas en cruz, probablemente representando puntales de refuerzo en diagonal. Estas bandas están decoradas con triángulos y en la intersección aparece representado un dios egipcio, Bes. El suelo del carro tiene un entramado que quizá representa correas entrelazadas. Las dos grandes ruedas tienen nueve radios y están hechas de tal forma que, en el pasado, debieron poder girar. Todo su diámetro está recubierto por bolitas.

Posiblemente fuera un exvoto, una especie de ofrenda a un templo, de donde fue cogido, o saqueado en el siglo XIX. También podría ser simplemente algún juguete, si consideramos que Bes era una deidad que se suponía protegía a los jóvenes, como atestiguan muchos amuletos encontrados por todo el territorio que en su tiempo formó parte del imperio persa.

Si nos fijamos en el contexto histórico, es verdaderamente complejo. Se supone que se encontró en algún lugar en las orillas del Oxus, hoy conocido como Amu Daria, en Asia central, una zona que se conocía como la Bactriana. Todavía hoy es zona fronteriza, entre Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán...

Era una de las satrapías del imperio persa de la Antigüedad, que llegó a extenderse desde Turquía y Egipto en el Oeste hasta el límite con la India en el Este. Como entidad política, se distinguió por respetar las creencias y la organización propia de cada uno de los territorios conquistados, siempre que respetaran la autoridad del rey de Reyes y le pagaran los impuestos debidos.

Es uno de esos artefactos que conocí gracias al programa A history of the world in a hundred objects. Hablan precisamente de esa característica del imperio persa. Cuando conquistaron Babilonia, por ejemplo, liberaron a los judíos, y por eso se habla de ellos tan bien en la Biblia. Integraban a los diversos pueblos de su territorio. En el capítulo dedicado a este carro lo ponen como ejemplo de diversidad: el carro es persa (muy parecido a los representados en la Apadana de Persépolis o en el carro de Darío del mosaico de Issos), la ropa que llevan las figurillas son típicas de los medos, y el dios representado, egipcio.

Otra de las piezas del tesoro, un brazalete con ese motivo tan
persa de animales enfrentados. Ha perdido los esmaltes y las
piedras preciosas incrustadas


También recuerdan que era un imperio muy bien comunicado, con una red de carreteras y mensajeros envidiable.

En realidad, es algo muy propio de los imperios (hasta el imperialismo europeo del siglo XIX, que era otra cosa, más colonialismo que otra cosa): integrar bajo un solo poder personas diversas, sin pretender uniformidad, pero sin poner en peligro la autoridad. Para ello hacía falta unas buenas comunicaciones que conectaran el poder central con la periferia, vías seguras que permitieran el comercio, el intercambio de mercancías y personas, a grandes distancias. Que el comercio, en definitiva, es motor de riqueza. Es algo que de una u otra forma se ve también en el imperio romano y en español, por ejemplo.

El arte aqueménida es un claro reflejo de estas influencias del Este y del Oeste, de mezcla de muchos elementos. Su orfebrería era, simplemente, espectacular. Se cree que fueron tan buenos que llegaron a la producción en serie de este tipo de pequeños objetos en metales preciosos como los que forman el tesoro del Oxus. Así que el objeto en sí bien pudo haberse elaborado en un lugar tan alejado de su hallazgo como por ejemplo los talleres de orfebrería de Susa o Persépolis. Ya sabemos que el hecho de encontrar un determinado objeto en un lugar no significa que fuera realizado allí, sino que pudo llegar de muchas maneras.

Siempre me han fascinado las organizaciones políticas que, como el imperio aqueménida, eran capaces de integrar a gente muy diversa, primero por conquista claro, pero luego en pacífica coexistencia para crear riqueza. Un imperio no se aguanta si solo se basa en la fuerza. Tiene que haber ventajas materiales para todos los que están bajo la égida unificada de un rey de reyes.

¿De dónde proviene este objeto, en realidad? No se sabe. De algún lugar en la ribera norte del Amu Daria. Se ha teorizado que pudo venir de Takht-i Kuwad, en lo que hoy es Tayikistán. Eso es, al menos, lo que decía la primera noticia del hallazgo, publicada en un periódico ruso en 1880: que el tesoro se había encontrado en las ruinas de ese antiguo fuerte y vendido a comerciantes de la India. Otros indican que pudieron provenir del templo de Takht-i Sangun. Y hasta quien contó que se encontró simplemente en el lecho del río. De algún modo, los lugareños se hicieron con estas valiosas piezas de orfebrería y se las vendieron después a los comerciantes del emirato de Bujará. Que tuvieron aquel episodio tan novelesco (o no) a finales del siglo XIX...

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

jueves, 4 de julio de 2019

#12 Apoxiómeno de Lisipo


ἀποξυόμενος
Copia romana del s. I
Por Jean-Pol Grandmont [CC BY 3.0]
vía Wikimedia Commons

Ubicación: Museo Pío-Clementino (Ciudad del Vaticano)
Fecha: 330-325 a. C. (original) / s. I (copia)
Época: Arte griego
Autor: Lisipo


  
Una estatua capaz de crear un alboroto nada menos que a Tiberio 

Como ya se mencionó, Lisipo fue el más prolífico en sus obras, e hizo más estatuas que cualquier otro artista. Entre ellos, está el Hombre que usa el raspador, que Marco Agripa había erigido frente a sus Termas, y que agradó maravillosamente al emperador Tiberio. Este príncipe, aunque al comienzo de su reinado se impuso cierta moderación, no pudo resistir la tentación y se llevó esta estatua a su dormitorio, sustituyendo a otra en los baños: la gente, sin embargo, se opuso tan resueltamente a esto, que en el teatro exigieron clamorosamente que el Apoxiómeno fuera devuelto a su lugar; y el príncipe, a pesar de su apego a él, se vio obligado a restaurarlo.

Plinio: Historia Natural, XXXIV, 19.


Un apoxiomeno (o apoxiomenos, que de las dos formas lo he visto escrito en mis libros de arte) es una estatua de un atleta limpiándose el sudor y el polvo con un estrígil. De hecho, su nombre significa, en griego, «el que rasca».

Es uno de los temas de la escultura griega. La mayor parte de las estatuas griegas las conocemos por copias romanas. Los originales en bronce, descubiertos al conquistar la Hélade en el siglo II a. C., fueron copiados a lo largo de los siglos en mármol. Por eso de un determinado tema puede haber distintas copias o versiones. Plinio menciona en el libro XXXIV, unos cuantos ejemplos del botín que se llevaron a Roma.

El más famoso Apoxiómeno es esta copia romana del siglo I a partir del modelo original de Lisipo. Actualmente puede verse en el Pío-Clementino, uno de los museos en los que se divide la riqueza patrimonial de Ciudad del Vaticano.

Lo encontraron en el Trastévere en el año 1849, y pronto fue identificada con aquella escultura de la que hablaba Plinio –el cotilla que todo lo sabe– en su Historia Natural.

Realizada en mármol pentélico, se alza hasta los 2,05 metros. Se ve a un atleta en postura de contraposto, una pierna recta y otra avanzada o doblada; extiende el brazo que va a limpiar, mientras que con el otro va raspando la suciedad.

Si os acordáis, el arte griego se dividía en tres períodos: arcaico, clásico y helenístico. Lisipo, que fue el escultor favorito de Alejandro Magno, está situado ya al final de la época clásica, rozando con el helenismo. Plinio cuenta que Alejandro Magno ordenó que no lo retratara ningún otro que Apeles, no lo esculpiera otro que Pirgóteles, ni lo reprodujera en bronce otro que Lisipo (Historia Natural, libro VII, 125). Se incluye en la llamada segunda fase del clasicismo, junto con Scopas y Praxíteles.

Estamos ya en el siglo IV a. C., con los ideales clásicos en crisis, incluyendo el modelo anatómico que había dominado en el siglo anterior. Lisipo propone un nuevo canon. Los músculos son, a un tiempo, fibra y grasa. Estiliza las formas: en vez de un cuerpo de siete cabezas, establece un modelo de cabeza más pequeña, siendo su canon el de ocho cabezas (1:8). Así los miembros de alargan. Rompe con la frontalidad, y puede verse desde cualquier ángulo.

Es una pieza más que se puede ver conforme vas recorriendo los Museos Vaticanos, y puede que en tu ansia por llegar a la Sixtina, no repares en esta parte maravillosa de estatuaria. Como todo el recorrido, está más lleno de gente de la que desearías (porque al fin y al cabo, también quieren ver lo mismo que tú, ¿no?). Merece la pena dedicar un buen rato a estas obras y, entre grupo y grupo, quizá alcances a tener un momento de respiro en el que puedas contemplarlas con cierta tranquilidad.

Aquí, un pequeño clip de un par de minutos sobre esta pieza, que he encontrado en You Tube.

martes, 2 de julio de 2019

#4 Campana china de bronce






Objeto: instrumento musical
Material: bronce
Fecha: siglo V a. C.
Lugar actual: Museo Británico (Londres)
Época: Edad de bronce


Parece el campanu de una vaca, pero no…

Conocí esta pieza gracias al programa de la BBC (y libro incluido) A history of the world in a hundred objects. Eran unos podcasts en los que Neil MacGregor, director del Museo Británico, escogía cien objetos expuestos y construía, a partir de ellos, una historia del mundo.

Tú lo miras y te dices, «vaya, es como el campano de una vaca. Una campana china, ¿y…?».

Pues esa es la maravilla del programa, que hace que mires de verdad las cosas, te fijes en lo que son, cómo pudieron producirse, qué significaban, qué implicación tiene cada cosa...

Este instrumento musical se remonta al siglo V a. C., en una época que se llamaba dinastía Zhou oriental. Posiblemente fue un producto de las destacadas fundiciones Houma del estado Jin

Moldeada en bronce, la foto no permite hacernos a la idea de sus dimensiones, pero para eso ya os lo digo yo: 55 centímetros de alto. O sea, bien grande. No tiene forma redondeada como las de nuestras iglesias, sino más bien elíptica.

En la parte inferior hay una serie de monstruos. Luego hay unas franjas en el cuerpo de las campanas, con unas protuberancias que parecen pequeñas criaturas enroscadas que parecen unos pájaros. Y en la parte superior, un asa formada por dos dragones enfrentados.

Estas campanas chinas forman parte de un conjunto, cada una afinada distinta, y se tocan juntas, en armonía. No se tocan con badajo sino golpeándolas con martillos.

Algo tan sofisticado era todo un signo de estatus. No sólo demostrabas que te podías permitir comprar objetos de metalistería fina, sino también mantener a los músicos que las tocaran. Conservar instrumentos musicales tan antiguos nos permite saber, más o menos, cómo sonaba aquella música tan antigua, con más certeza que lo que nos ocurre –por ejemplo– en la música occidental.

Este tipo de campanas cumplían otra finalidad secundaria. Como su tamaño y su peso estaban estandarizados, podían usarse también como unidades de medida.

En el episodio de A history of the world in a hundred objects relacionan este instrumento musical con las ideas confucianas de unidad y concordia. En una época insegura, dominada por los reinos combatientes, defendía una sociedad no enfrentada, sino en paz, en que cada uno trabajara complementándose con otros. Implicaba la idea, más bien conservadora, de que cada uno aceptara su lugar en el mundo y colaborara con otros. De ahí que un conjunto de campanas, cada una de su tamaño y afinación, pero sonando armoniosamente con las otras, pareciera una metáfora muy apropiada.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

domingo, 30 de junio de 2019

#43 Los tres mosqueteros

Maurice Leloir / Jules Huyot:
Ilustración de la edición Appleton (1894)
vía Wikimedia Commons


Autor: Alejandro Dumas
Título original: Les trois mousquetaires
Fecha de publicación: 1844
Parte de una serie: Las novelas de D'Artagnan #1

En mi repaso de las novelas históricas, doy con una que este clásico ambientado en la Francia de Luis XIII y el cardenal Richelieu.
Aunque se titula Los tres mosqueteros, y ciertamente tienen un rol destacado, la novela sigue más bien los pasos de d’Artagnan, joven gascón, algo ladino, y muy buen espadachín, que aspira a convertirse en mosquetero.
Acudirá a París, pero no consigue entrar de buenas a primeras en ese cuerpo; de hecho, al principio logra enemistarse y acabar retado a duelo de los tres mosqueteros, que responden a los nombres de Athos, Porthos y Aramis. Pronto se convertirán, no obstante, en amigos, compartiendo con el joven su archifamoso lema de «Uno para todos y todos para uno».
Seguro que habéis leído el libro o, al menos, visto alguna de las diversas adaptaciones cinematográficas de la obra. Parece que cada generación ha de tener sus mosqueteros. Una de las últimas ha sido la de 2011, con Orlando Bloom en el papel de duque de Buckingham y que es claramente la «versión videojuego», con los mosqueteros y Milady (Milla Jovovich) con una estética entre el Assassin's Creed, y el steampunk.
Esta historia de aventuras contiene más o menos dos intrigas sucesivas. En la primera, unos diamantes imprudentemente entregados por la reina Ana de Austria al duque de Buckingham podrían ser su perdición, lo que les obliga a recuperarlos; en la segunda, es protagonizada casi totalmente por Milady de Winter, una dama bellísima y astuta, a quien se encarga el asesinato de Buckingham. En medio, como un fulcro, aparece el asedio de La Rochela por los ejércitos realistas. Y poco antes, una farsa erótica algo boccacciana, en la que d'Artagnan se hará pasar por otro en el lecho de Milady.
Es una historia de capa y espada, relatada de manera muy ágil: mucha acción, diálogos fluidos, nada de infodump tedioso sobre la época para demostrar lo mucho que el autor ha leído. Víctor Hugo peca un poco de esto, por ejemplo.
Los personajes que aparecen son, en su mayoría, históricos: el cardenal, los reyes, el propio d’Artagnan (basado en el histórico Charles de Batz-Castelmore d'Artagnan)... Ahora, si fueron así o no, si la reconstrucción histórica es fiel o no a la época, no importa tanto. Si las cosas no pasaron así, bien podían haber sucedido.
Claro que se tomó más de una licencia, hechos que ocurrieron posteriormente se sitúan en esta época, como que los mosqueteros eran mandados por Tréville, o que la condesa de Chevreuse estuviera desterrada a Tours.
Creo que lo que hace aún seductora esta historia, consiguiendo nuevos lectores con cada generación, son los personajes en sí. Aparte de que la novela sea muy amena, cada uno queda retratado tan finamente que reconocerías por ejemplo, al melancólico y noble Athos si te lo encontraras por la calle.
O al valentón Porthos… O al enamoradizo abate Aramis.
Destacaría, por supuesto, al personaje femenino más poderoso, en una novela en la que no faltan mujeres de relevancia. Pero, así como la reina, o Constanza Bonacieux (amada por d’Artagnan) son ejemplos de la mujer medio «idealizada» decimonónica, más carnales, por supuesto, pero al fin y al cabo significadas prácticamente de forma exclusiva por su amor a un hombre, en el caso de Milady de Winter encontramos una mujer mucho más poderosa, inteligente,… y mala, of course!, la perdición de los hombres.
Es una intrigante al servicio del cardenal Richelieu, que no duda en recurrir al hurto, al engaño, al veneno, lo que haga falta, para lograr su propósito. La forma en que hábilmente sabe manipular a los hombres que la rodean es sobresaliente, de una perfidia y una habilidad inigualables. Estas mujeres, como los esclavos en las comedias grecolatinas, han de desarrollar la capacidad de penetrar psicológicamente en la mente de aquellos que son más fuertes, o que simplemente tienen la riqueza y el poder, mientras que ellos no pueden recurrir más que al ingenio.
Si lo miras desde su perspectiva, cómo d'Artagnan la humilla, te explicas bien la frase que yo veo más como una burla de ella: «Os reunís diez hombres para degollar a una pobre mujer», solo le faltaba añadir «...y diez hombres medio muertos de miedo».
La historia de d'Artagnan continúa en otras dos novelas: Veinte años más tarde y El vizconde de Bragelonne
Hay que recordar que la novela histórica, como subgénero literario, nació precisamente en el siglo XIX, como un rasgo más del Romanticismo, que tan bucólico e idealista se ponía con el pasado. Cogían un acontecimiento histórico real y lo envolvían en una trama novelesca más o menos lograda; era realmente (y sigue siendo) un género superventas.
Después del éxito de Walter Scott en el Reino Unido, en Francia lo cultivaron Alfred de Vigny, Víctor Hugo y este Alejandro Dumas (padre) –con sus colaboradores–, que destacaba sobre todo, a mi modo de ver, por lo ameno, lo entretenido, al estilo folletinesco de la época, claro.
Aunque he situado esta novela en mi lista de cien novelas históricas, no hubiera desentonado en otras como la de las cien obras de la literatura universal, o clásicos de literatura infanto-juvenil.
Como este libro es un clásico, tiene página en la Wikipedia. 

sábado, 29 de junio de 2019

#3 Carro solar de Trundholm




Solvognen


Objeto: ¿exvoto?
Material: bronce y oro
Fecha: 1400-1300 a. C.
Lugar actual: Museo Nacional de Dinamarca (Copenhague)
Época: Edad de bronce


A veces por puro azar, en una turbera, vas y te encuentras esto que parece un juguetito

Muchos hallazgos arqueológicos se dan de manera aleatoria, por azar, porque alguien está arando, o construyendo una casa o una carretera, y de repente sale un objeto inesperado.

Es lo que ocurrió un día de septiembre del año 1902, en una turbera (o marisma, o pantano, que de las diferentes maneras lo he visto escrito) del noroeste de la isla de Selandia. Un paisano estaba arando; se ha guardado su nombre, Frederik Willumsen, Este señor encontró este objeto de medio metro, brillantito.

Estaba allí solito, sin más objetos. Muchos años después (en 1998) les dio por pasar por allí un detector de metales, y se encontraron en el mismo lugar otros fragmentos de las ruedas.

¿De cuándo es? Bueno, a la hora de datarlo el Museo Nacional lo pone como remotísimo, se tiran a lo más viejuno, 1400 a. C, aunque otros lo adelantan unos mil años (1300 a. C.). En cualquier caso, se enmarcaría en aquella época que se llamaba Edad de Bronce, la nórdica tardía. A muchos les suena raro porque algo así sería más bien posterior en el tiempo.

Por eso hay quien dice que recuerda que una cosa es encontrar el objeto en un sitio y otra distinta que se haya realizado allí. Esto pasa mucho, como los restos griegos que se encuentran en España. Y dicen, en esta hipótesis, que pudo tener procedencia danubiana.

Si se hubiera encontrado en una época con otro tipo de excavaciones más científicas, que tienen en cuenta en qué capa del suelo se encontró, se analiza la tierra, los restos, el polen, lo que permite ubicar algo mejor en el tiempo. Pero bueno, como no fue así, pues tendremos la duda hasta que haya alguna otra técnica que permita datarlo, o quizá que se encuentren otros objetos de estilo análogo que se puedan datar mejor por su contexto.

Como las fotos no siempre permiten que te hagas una idea de cómo son las cosas, os cuento que de un extremo a otro son unos 60 centímetros. Delante hay un caballito y detrás un disco cuyo diámetro es, aproximadamente, 25 centímetros.

Del caballito de delante hasta el disco hay una especie de vara y luego hay tres ejes, con una rueda en cada extremo: dos delante y uno detrás. Las ruedas tienen cuatro radios, aunque solo una de ellas se ha conservado completa.

Está hecho de bronce, con la técnica llamada de cera perdida. En realidad son dos discos de bronce unidos por un anillo exterior de bronce.

Una de las caras del disco, como se ve, tiene una fina lámina de oro, que ha sido labrado o repujado. Ahí se ven adornos muy elegantes de espirales, y círculos concéntricos, bandas en zigzag y bordes que son como rayos o flecos. La otra cara es oscura, no tiene oro, aunque sí que se pueden encontrar allí también espirales y círculos.

Vale, un caballo y un disco, pero esto, ¿qué es, qué representa? Pues se supone que es un caballo divino que tira del Sol, de una deidad solar. Así, el disco dorado sería Sól, una divinidad solar de la mitología nórdica, la diosa del Sol, hija de Mundilfari y Glaur, y esposa de Glenr. Cada día, esta diosa dirige su carroza a través de los cielos, tirada por dos corceles llamados Arvak y Alsvid.

Se supone que la cara brillante sería el día, del este a oeste, y la otra, la oscura, representaría la noche.

Esta figurilla, este objeto ¿con qué finalidad se hizo? Se ha considerado tradicionalmente que era una ofrenda votiva, como muchas otras figurillas que por toda la Edad de bronce se encuentran en tantos enterramientos por toda Europa.

Podría haberse usado en ceremonias religiosas, imitando con el movimiento del carro el rastro del Sol en el cielo. Últimamente hay una teoría que habla de que podría ser un calendario.

Ya sabéis, si queréis verlo, podéis ir marchando a Copenhague, en cuyo Museo Nacional se encuentra.

Como siempre, salvo otra indicación, las imágenes proceden de Wikimedia Commons.

miércoles, 26 de junio de 2019

#1 Máscara de Agamenón





Objeto: máscara mortuoria
Material: oro
Fecha: 1550-1500 a. C.
Lugar actual: MAN (Atenas, Grecia)
Época: micénica


Este Schliemann, era un genio… a su manera


Heinrich Schliemann (1822-1890) fue un tipo muy peculiar. Este prusiano, hijo de un pastor, de origen humilde, salió adelante con diversos trabajos, fue tendero, marinero náufrago, agente comercial, luego empresario por su cuenta,… estuvo por todas partes, desde la Rusia imperial hasta la California de la fiebre del oro.

Políglota, aprendía idiomas como quien colecciona cromos: inglés, francés, holandés, español, italiano, portugués,… Se lamentaba de que, debido a sus muchos trabajos y viajes, «Hasta el año 1854 no me fue posible dedicarme al estudio del sueco y del polaco».

Se enriqueció con la guerra de secesión estadounidense y con la de Crimea, porque ya se sabe que las guerras son oportunidades estupendas para que algunos tipos concretos se enriquezcan, aunque en general son un desastre, tanto para la sociedad del ganador como la del perdedor. Como decía el duque de Wellington, «Salvo una batalla perdida, no hay nada tan triste como una ganada».

La cosa es que, rico, y en su madurez, pudo dedicarse a lo que le gustaba, que era el tema histórico. Se largó a Grecia y Turquía, se casó con una pizpireta muchacha griega (como podréis comprender, para entonces ya dominaba el griego clásico y contemporáneo de corrido) llamada Sofía, de diecisiete años, o sea, treinta años menor y juntos se dedicaron a la búsqueda de tesoros perdidos.

Para él, a diferencia de los científicos de su época, los poemas homéricos no eran mitos o fantasías literarias, sino hechos ocurridos en la realidad y él tenía el empeño de encontrar Troya. Y la encontró, siguiendo ciertas descripciones de la Ilíada, en la colina de Hisarlik.

Más tarde marchó a Micenas, donde estuvo excavando. En 1876 halló una serie de tumbas. Siguiendo esa manía tan suya de pretender que los personajes homéricos eran reales, decidió que una de ellas era la de Agamenón, el rey de los hombres. Precisamente a la que pertenece esta máscara.


Schliemann en 1879


Y aquí su mujer, Sofía Schliemann, h. 1873, adornada con joyas halladas en las ruinas troyanas, el llamado «tesoro de Príamo», porque digo yo que para qué descubrir un tesoro de más de tres mil años si no te lo vas a poder poner…

La máscara de Agamenón se creó a partir de una sola hoja de oro, gruesa, calentada y golpeada con el martillo contra un fondo de madera en las que estaban grabados los detalles grabados posteriormente con una herramienta puntiaguda.

Es una máscara funeraria, un objeto que se colocaba encima de los muertos para protegerlos de las influencias exteriores, lo mismo que los petos. Suelen guardar un parecido con ellos, y aquí sí que se ve que no es un modelo ideal como se vería más tarde en la estatuaria griega, sino que parece corresponderse a una persona real, con su bigotillo y su barba.

No pudo pertenecer a Agamenón porque se ha datado en unos trescientos años antes de cuando se supone que ocurrió la guerra de Troya. Pero sigue conservando el nombre, por motivos históricos.

Dado que es de oro, y por la riqueza del ajuar funerario, que incluía espadas, diademas y otros muchos objetos, era evidente que se trataba de gente rica, noble, que gozaba de estatus y poderío dentro de la sociedad micénica.

Debo señalar que hay gente que duda de su autenticidad, unos porque piensan que igual Schliemann coló en esas tumbas algo que había hallado en otro sitio, y otros porque creen que igual hizo fabricar una moderna a imitación de las antiguas. A día de hoy, me parece que la postura general es no dudar de la realidad del hallazgo, que como he dicho no incluyó solo esta máscara, sino otras, además de objetos valiosos.

Se guarda en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, y menos mal, porque los fondos de Schliemann que acabaron en Alemania resultaron muy dañados como consecuencia de la guerra mundial y acabaron en gran medida dispersos o destruidos.

Por cotillear un poco, Heinrich y Sofía tuvieron tres hijos a los que llamaron Andrómaca, Troya y Agamenón. Permitió que se les bautizara, pero solemnizó –dicen en la Wikipedia en inglés– la ceremonia a su manera, colocando una copia de la Ilíada en la cabeza de los niños y recitando cien hexámetros.

(No, en serio, pensadlo un momento. Tratad de imaginar la escena).

He podido escribir gran parte de este artículo gracias a un clásico de la divulgación arqueológica, Dioses, tumbas y sabios de C. W. Ceram. Un libro entretenidísimo, muy adecuado para aquellos que no somos expertos en estos temas arqueológicos, pero nos gusta leer sobre ellas. Además, es muy recomendable el artículo en la Wikipedia en inglés, del que también he cogido cosas.

Por lo demás, como siempre, y salvo otra indicación en contrario, las imágenes son de Wikimedia Commons.